Días después me encontraba en la entrada de la terraza, sintiendo el abrazo fresco y húmedo de la brisa marina sobre mi piel desnuda bajo la sedosa bata blanca que me cubría hasta los tobillos, contemplando el horizonte infinito donde el cielo se fundía con el océano Atlántico en una línea perfecta de melancolía azul. El sol de media mañana, ya fuerte y brillante, pintaba la superficie del agua con destellos de platino que hipnotizaban mi mirada, ofreciéndome una visión engañosa de calma que mi mente, sin embargo, se negaba rotundamente a aceptar, pues sabía que esta paz era tan fina y frágil como el cristal soplado; aquel silencio rotundo solo era la pausa tensa entre dos acordes de una sinfonía peligrosa que ambos habíamos compuesto con pasión y obstinación. Aspiré profundamente, inundan

