EL REGRESO DE JANE | PARTE 1
German White recorrió los largos pasillos de su empresa como ya era costumbre hacerlo cada día a la misma hora. Su actitud siempre seria, casi molesta, tal vez como la de todo reconocido hombre de negocios cuando no se encontraba en medio de una reunión ejecutiva.
Tan pronto llegó a la oficina se dejó caer de golpe sobre su cómoda silla, donde giró cual infante tratando de pensar qué hacer con su vida, concretamente en el ámbito amoroso. Bien, quizá amoroso no sería el término correcto, no si tomaba en cuenta que cada noche había una mujer distinta compartiendo su lecho.
Con cuarenta y un años a cuestas German White bien podría ser la definición de hombre perfecto. Guapo, talentoso, poseedor de un brillante y seguro futuro, bendecido por la propia mano de Dios con un cuerpo de infarto y catalogado como uno de los solteros más codiciados del momento. Aún vistiendo formal, siempre de traje sastre y zapatos lustrados, no perdía el aspecto de chico rebelde mezclado con la sonrisa de niño bueno, atento, inocente, que le caracterizó en sus años mozos. Sus orejas aún mostraban las perforaciones hechas durante su juventud, y era común verle con un pequeño arete color azul celeste en el lóbulo derecho, el cual siempre le hacía lucir condenadamente sexy.
—¿Señor?
Se escuchó la voz de su guapa secretaria a través de la puerta entre abierta y German alzó la mirada hacia ella. Alice además de guapa resultaba ser una excelente asistente, al menos no le daba problemas y, para un hombre de negocios como el señor White, eso ya era ganancia. Alice, para German, pese a ser bastante bella era una mujer prohibida, si algo tenía muy claro a estas alturas de su vida era que los negocios y los enredos de cama iban separados.
—¿Qué sucede?
—La señora Smith llamó hace una hora completamente segura de que olvidaría su compromiso de las trece horas.
—¿Compromiso? ¿Natalie? —preguntó extrañado pronunciando el nombre de su eterno primer amor, la que siempre sería su amiga consentida pese a tener la misma edad y cada quien una vida hecha, ambas completamente distintas y alejadas la una de la otra. El nombre de la mujer más importante en la vida del guapo empresario. Esa que ni con el paso de los años había logrado ser desbancada del pedestal donde él la colocó en su juventud.
Natalie Smith siempre sería la reina de su corazón. Al menos eso era lo que seguía pensando. Le parecía completamente irreal que luego de haber tenido una gran variedad de damas, sexoservidoras y demás en su cama satisfaciendo sus más bajos deseos carnales pudiese llegar alguien capaz de hacerle caer en las redes de lo que el mundo llamaba amor.
German White era hombre de una sola mujer, llevaba veinticinco años siendo de esa forma, y no existía motivo alguno, a su parecer, que pudiese cambiar el profundo amor que tenía por aquella a la que se refería como mejor amiga. Casi hermana.
—Sí, usted quedó de ir al aeropuerto por la señorita Jane.
—Jane —susurró como si no recordara de nada aquel nombre antes de pasar ambas manos por su rostro con pesadez.
Joder, Jane. Esa Jane.
Oh, Jane.
—Sin embargo es mi deber informarle que como no me pidió que lo anotara en su agenda ya tiene un compromiso muy importante. A las trece horas tenemos reunión con Lee Corp. y Asociados. Esa es la prioridad en las actividades del día de hoy, señor.
—¡Maldita sea! ¿Cómo es posible que haya ocurrido esto? Natalie me matará si no voy por Jane al aeropuerto.
—¿Quiere que le ofrezca disculpas a la señora Smith en su nombre?
German White permaneció largo rato en silencio y tomó una gran bocanada de aire. Sus facciones se endurecieron y pareció concentrarse arduamente en cuales fuesen los pensamientos que surcaron su mente en ese preciso momento.
Al no obtener respuesta por parte de su jefe Alice volvió a hablar.
—Entonces le avisaré a la señora Smith que le es imposible ir por su hija al aeropuerto.
—¿De qué estás hablando, Alice? —Reaccionó de golpe—. Llámale al presidente de Lee Corp. y Asociados, y dile que por razones personales es menester posponer la cita con sus accionistas.
La voz del hombre eternamente teñido de rubio era pausada y tranquila, mas los ojos de su secretaria se abrieron tanto que daban la impresión de ser dos grandes platos. Su jefe jamás cancelaba una cita. Jamás. En los cinco años que llevaba trabajando a su lado podía jurar que no había poder humano que hiciera cambiar de parecer a ese hombre al que llamaba jefe, sin embargo venía a descubrir que aquel par de mujeres de apellido Smith podían hacer que German White cancelara una importante cita entre dos de las empresas más exitosas en el campo de la comunicación como lo eran la suya y la del señor Lee.
—Señor, es una reunión importante. Usted sabe que…
—Limítate a seguir mis órdenes. He dicho que se cancela y punto. Despreocúpate, yo tomaré la responsabilidad, además sé que el señor Lee entenderá. Ahora retírate.
—Por supuesto, licenciado. Con su permiso.
German soltó un enorme suspiro cuando la puerta de su despacho se cerró tras el cuerpo de su joven secretaria y buscó una llave dentro de su pantalón para abrir el último cajón de su escritorio. El cajón que llevaba tanto tiempo sin abrir debido al contenido que albergaba, un contenido que había preferido olvidar por la mezcla de extrañas sensaciones que causaba en él. Tiró con algo de fuerza y su diestra entró cuidadosamente en el interior extrayendo la foto allí oculta, en ella se encontraba un German White de treinta y cuatro primaveras sonriendo a la cámara mientras abrazaba a una linda joven de dieciséis años, a una copia exacta de Natalie Smith.
Sí. Jane era idéntica a Natalie, a su madre.
German miró nostálgico aquella fotografía y tragó en seco antes de cerrar momentáneamente sus ojos como si deseara pensar en todo menos en la imagen, mas ya era tarde. Todo pensamiento surcando por su mente en aquel preciso instante se relacionaba con la fotografía que tenía entre sus manos, la misma que había sido tomada siete años atrás, el día que Jane partió hacia España por instrucciones de su madre y aún en contra de su propia voluntad.
German recordó el día, la hora y el llanto.
Recordó todo.
Recordó el día que en vano trató de borrar por lo sinceras y abrumadoras que le habían resultado las palabras de Jane Smith, las palabras de una adolescente aparentemente enamorada del hombre equivocado. El mejor amigo de su madre, su padrino, quien juró ante Dios cuidarla fraternalmente hasta el final de sus días. Trató, al igual que siete años atrás, de convencerse de que las palabras dichas por Jane carecían de valor alguno, que habían sido dichas sin pensamientos profundos ni sentimientos complejos. De todas formas, el tiempo seguramente había hecho su labor y la menor no recordaría absolutamente nada de lo dicho a su padrino, al hombre que solamente tenía ojos para la hermosa Natalie Smith, la mujer que siempre le miraría como a un hermano, nunca como algo más.
Sí, seguramente el tiempo había hecho su labor y la habría cambiado por entero tal y como sucedía con las niñas que se convertían en mujeres.
Y a pesar de convencerse del cambio en los pensamientos y sentimientos de Jane, su mente siguió jugando en su contra llevando hasta él los recuerdos de aquel día tan frescos como si se hubiesen dado apenas unas horas atrás.
Y volvió a ver a Jane caminando junto a su madre por los enormes pasillos del Aeropuerto mostrando una mueca de disgusto en su rostro de muñeca, aún infantil, recién entrada a sus sweet sixteen. No quería irse a vivir a España. Se lo dijo mil veces a su madre, pero Natalie no la escuchó. Natalie quería crecer en su carrera como modelo, quería tener paz y tranquilidad para manejar su vida a su antojo sin preocupación alguna, sin las exigencias que una hija siempre daba a su madre. Jane no era más que una piedra en el camino, una piedra que la eterna princesa de hielo prefería apartar antes de dar otro tropiezo con la misma.
Jane a su corta edad estaba consciente de los sentimientos de su madre, desde niña aprendió a guardar silencio cada que Natalie se lo pedía, aprendió a convertirse en una sombra capaz de fundirse con las paredes donde su joven madre se encontraba. Aprendió a no ser vista ni escuchada cuando así convenía a su madre. Aprendió a esperar sola en casa, con su espalda recargada contra la puerta de la habitación de Natalie, donde la esperaba con la esperanza de que le leyese un cuento, pero eso nunca pasó. Horas más tarde despertaba en su cama y su madre en la propia.
Jane nunca fue feliz con Natalie, eso German lo tenía muy claro, era por eso que dejaba de lado sus ocupaciones en la empresa para ir a hacer compañía a su pequeña ahijada, para cuidar de ella como el padre que las había abandonado pretextando que cuando Natalie resultó embarazada ambos eran demasiado jóvenes para criar un bebé y que él tenía sus estudios y trabajo asegurados en España, su lugar de origen. Así fue como Felipe se deslindó de su responsabilidad como padre y huyó como todo buen cobarde lo haría.
Sin embargo, allí estaba Jane Smith con dieciséis años a punto de coger un vuelo a España para quedar bajo el supuesto cuidado de su padre, al menos eso le dijo Natalie tanto a ella como a German.
‘Sigo pensando que estás loca’. Dijo German a su amiga, quien únicamente atinó a mirarle sin comprender sus palabras. ‘No puedo creer que envíes a tu hija con un hombre que en dieciséis años no ha tenido la decencia de comportarse como un verdadero padre’.
Ante tal afirmación Natalie se encogió de hombros diciendo apresuradamente que nunca era demasiado tarde para hacer bien las cosas y que Felipe quería acercarse a su hija, cosa que ella no iba a impedir, después de todo era su padre.
—Recuérdame por qué tengo que irme a vivir a España.
—Ya hemos hablado de esto, ¿no es así?
—¿Hemos? Me suena a multitud. Has hablado tú, a mí jamás me has tomado en cuenta ni en esto ni en nada.
—No digas tonterías, bien sabes que no es así. Lo mejor es que estés…
—En España porque allá está papá, ya lo sé —la cortó su hija girando la mirada hacia otra parte—. Tú crees que lo mejor es que esté con un hombre que me negó cuando estaba en tu vientre y que según tú ahora quiere redimirse. No dejas de repetirlo a mañana, tarde y noche desde hace dos meses.
—Jane.
—¡No quiero!
—No se trata de querer, Jane, se trata de que es tu padre y él también tiene responsabilidades contigo. Yo ya hice mucho durante estos dieciséis años, es justo que haga su parte. ¿No lo crees?
—¡No me importa! ¡Ya te lo dije! Él me abandonó, no tiene ningún derecho a decir que quiere que vaya a vivir con él, mucho menos a querer redimir su culpa al pagarme mis estudios y tenerme a su lado como si no tuviese otro lugar en donde estar. ¡Todo esto es por ti! Tú no quieres tenerme contigo.
—¿Y si así fuera qué? —Preguntó Natalie a modo de respuesta mirando a su hija de forma seria y la menor luchó por contener el llanto acumulado en sus bellos ojos—. Yo era demasiado joven cuando te tuve, no tenía claro lo que quería en la vida y justo ahora no te puedo ofrecer lo que necesitas, no sin arriesgar lo que yo busco.
—Deja de recordarme que fui un error, un condón roto en una noche de calentura.
—¡Te prohíbo que te expreses así de ti, de mi, de tu padre…!
—¿Importa cómo hable de él?
—¡Es tu padre! ¡Juntos te dimos la vida!
—¡Yo no se los pedí!
La palma abierta de Natalie fue a parar en estruendosa bofetada sobre la de su hija. Eran idénticas. Los mismos labios de corazón en tono rosado, los mismos ojos pequeños, la piel tersa y las mejillas pálidas, casi de un color fantasmal. Sólo había una diferencia. Mientras el cabello natural de Natalie era castaño oscuro, su hija había heredado el rubio de su padre. La pequeña tuvo ganas de huir, de escapar, de quedarse. De todo y nada a la vez. Dio media vuelta cubriéndose el rostro con ambas manos, pero al dar el primer paso chocó de frente contra un cuerpo mucho más grande. Trató de empujar a quien fuera que estuviera interponiéndose entre ella y su libertad, mas grande fue su sorpresa cuando los brazos de aquel extraño la apretaron contra su pecho.
Cuando sintió el aroma de su fragancia varonil y la calidez de su cuerpo supo que era él, y se echó a llorar.
—Todo va a estar bien, pequeña —susurró tiernamente German contra su oído sin dejar de abrazarla con tanta fuerza que casi le hacía daño.
—Mentira… —respondió la contraria incapaz de detener el llanto. Natalie desvió la mirada, odiaba pelear con su mejor amigo a causa de su hija.
German mantuvo aquel abrazo en silencio. Sus brazos se negaron a separarse de la pequeña anatomía de Jane a pesar de la oposición que puso al comienzo antes de acurrucarse como un pequeño felino en el pecho de su amo. Sus grandes manos dejaron amorosas palmadas en su espalda y su aliento chocó de golpe contra los largos cabellos de su ahijada. Cabellos que olían a vainilla, a chicle, a dulce.
La abrazó largo rato como siempre acostumbraba a hacer cuando la encontraba vagando triste por los enormes pasillos de la empresa de Natalie. La abrazó largo rato como había hecho desde que Jane Smith abrió sus ojos en este mundo. Como cuando la tomó en sus brazos por vez primera, aquella ocasión en que Jane estaba envuelta en una pequeña sábana rosa y pesaba poco más de dos kilos y medio. Dicen que cuando un padre toma la mano de su bebé por vez primera no la soltará jamás, y cuando German cargó a la pequeña Smith por vez primera supo que la tendría en brazos toda una vida, por toda la eternidad y un día más.
“Pasajeros con destino a Madrid, España, con horario de 11 horas y 35 minutos, se les pide que pasen a la sala contigua donde se formarán para abordar el avión. Por favor, pasajeros con boleto de avión a Madrid, España, de 11 horas y 35 minutos, pasar por la puerta número 3. Puerta número 3, por favor. Gracias por su atención y preferencia”.
La voz de la chica resonó a través de las bocinas de la sala de espera ocasionando que German se separara lentamente de la anatomía femenina limpiándole las lágrimas con la yema de sus dedos.
—Eres más bella cuando sonríes.
Jane asintió con la mirada gacha sin sentirse capaz de dedicar una sonrisa sincera al mejor amigo de su madre. German la miró triste pero siguió.
—Es hora, pequeña. ¿Estás lista?
Jane permaneció en silencio mordiendo ligeramente su labio inferior. Quería responderle: “No, no estoy lista. No quiero estar sin ti, German. No quiero”, pero no pudo. Las palabras se negaron a salir.
—¿Pequeña?
—Sí, padrino.
German sonrió y el corazón de la hija de Natalie se quebró. Padrino. Eso era German White, el padrino de la hija de su mejor amiga. Y ella, Jane Smith, era su ahijada, la hija de su mejor amiga. Un hombre de casi treinta y cinco años y una adolescente de dieciséis. Dieciocho años de diferencia. No había más. Y Jane quería mucho más de lo que el mundo le ofrecía. ¿Por qué debía conformarse con mirarlo si podía crecer y tenerlo?
—Jane, es hora de irte. Despídete de tu padrino.
—Jane, despídete de tu madre —habló tranquilamente German tomando la pequeña maleta que llevaba la menor en su diestra y la cargó en gesto caballeroso yendo hacia la puerta número 3 con paso decidido.
—Pero…
—Nada —cortó el mayor a su amiga logrando que Natalie lo mirara con recelo—. Ya estás haciendo demasiado con enviarla a Madrid, no le hagas más difícil su despedida.
—Soy su madre.
—Despídete rápido, Nat. Mi paciencia se agota.
Natalie suspiró molesta, pero le dio la razón a su amigo y se acercó a su hija envolviéndola en un suave abrazo, gesto al que la adolescente no correspondió. Después de ello la mujer vio perderse a los otros dos por la puerta correspondiente. German caminó muy cerca de Jane, casi hombro con hombro. Una vez en la sala la ayudó a registrarse para posteriormente dedicarse a aguardar que el turno para abordar de la menor llegara. De esa forma se observaron largo rato en silencio mostrando apenas una pequeña e inocente sonrisa. German maravillado por el extraordinario parecido de la chica con su madre y la menor grabándose cada línea del perfecto rostro de quien era su primer amor.
—Padrino —susurró con timidez clavando la mirada en sus zapatos—… Quiero pedirte algo.
—Claro, Jane. Lo que quieras —sonrió sólo como sabía hacerlo cuando estaba a su lado, amplio y gentil—. ¿Qué pasa?
—Promete que vas a esperarme.
Al mayor aquella frase le confundió por un momento. No comprendió a qué se refería con prometer esperarla, por lo que dejó escapar una risa suave tratando de restarle pesadez al momento.
—Qué cosas dices —la miró con ternura levantándole tiernamente su mentón para observar aquel bonito rostro infantil—. Siempre voy a esperarte. No lo dudes. Eres mi niña consentida.
—No te rías —reclamó formando un tierno mohín con sus labios al tiempo que soltaba un suave golpe al hombro de su padrino—… Hablo en serio.
—Yo también —aseguró aún sin comprender del todo lo que la chica decía.
—Espérame. Siete años, German… Siete años.
German. Aquella palabra hizo eco dentro de su cabeza. Siempre era llamado padrino, nunca German.
—Jane…
—Siete años, por favor —suplicó mientras un par de lágrimas resbalaban por sus pálidas mejillas y sus manos fueron hasta la tela del saco de su padrino aferrándose a la misma a la altura de su ancho pecho—… Siete años. Volveré, lo juro. Espérame y cuando regrese no me dejes ir de nuevo, por favor.
“Jane Smith, favor de tomar de vuelta su boleto y abordar el avión que espera en la puerta interior C”.
Se escuchó la voz de la encargada a través de las bocinas sin poder sacar a la pareja del tenso ambiente en el que se encontraba.
—No olvides a la niña que se enamoró de ti, German. Espérame… y seré tu todo. Tu princesa, tu reina, tu mujer. Tuya nada más.
German sintió un nudo en la garganta al escuchar aquello y aunque quiso decir algo su mente se quedó en blanco. El tiempo se detuvo y lo siguiente que ocurrió jamás quedó claro para ninguna de las partes.
Un beso.
Apenas un pequeño e inocente roce entre los labios vírgenes de la más pequeña de los Smith y el mejor amigo de su madre. Fue inútil tratar de adivinar en menos de un minuto quien había iniciado aquel acercamiento aunque, por la confesión, siempre pensaron que fue la menor quien lo hizo como un acto-reflejo, como el cumplimiento de su sueño antes de partir hacia un lugar del que desconocía todo.
La joven se alejó corriendo para abordar su avión y el mayor se quedó de pie sin salir de su ensimismamiento hasta que su móvil sonó anunciando la llegada de un nuevo mensaje y en la pantalla apareció la foto de su ahijada sobre su espalda.
Indeciso abrió el pequeño sobre y leyó:
7 años. Dame años 7 para crecer. Entonces podremos estar juntos. Entonces nada ni nadie podrá separarnos.
German White leyó más de tres veces aquellas palabras y lanzó el teléfono móvil lejos con tanta fuerza que al caer la pantalla se hizo añicos. ¿Quién demonios se creía aquella niña para decir tales cosas? ¡Tenía dieciséis años! ¡Era la hija de su mejor amiga, del amor de su vida, de su primer amor!
Estaba loca. Definitivamente, aquella niña había perdido la cabeza, se repitió luego de abandonar a Natalie sin palabra alguna en aquel aeropuerto siete años atrás y volvió a hacerlo ahora en la soledad de su oficina, con su espalda descansando en el acojinado respaldo de su silla, con la foto de Jane en una de sus manos y los dedos de la diestra deslizándose en hormigueantes caricias sobre sus cerezos.
¡Quién le viera! Nervioso como un mocoso que ve a la novia luego de mucho tiempo.
Frustrado lanzó la fotografía nuevamente al interior del oscuro cajón y lo cerró nuevamente con llave. Tomó su saco y salió de la oficina yendo en busca de su chofer tratando de olvidar todo sobre el último día que vio a Jane.
Sin embargo, en el trayecto al Aeropuerto las palabras de aquel último mensaje hicieron eco, involuntariamente, dentro de su cabeza.
7 años. Dame 7 años para crecer. Entonces podremos estar juntos. Entonces nada ni nadie podrá separarnos.