ESPERADO REENCUENTRO

1378 Words
German White permaneció pensativo dentro del auto. Su chófer respetó el silencio de su jefe como siempre lo hacía, era bastante común que el CEO se mantuviera en silencio mientras trabajaba desde su tablet o conversaba vía w******p con sus amigos. Incluso solía cerrar los ojos para dormir un rato en el trayecto, pero esta vez era distinto. German White observaba a través de la ventana del auto como si fuera un pequeño niño en día de viaje familiar, solo que no era consciente de las estrechas calles atiborradas de gente que cada vez se hicieron más anchas y más pobladas de autos, a medida que se acercaban al aeropuerto. German estaba perdido en sus pensamientos, enos recuerdos que le unían a Natalie y Jane. Tan absorto se encontraba que ni siquiera se percató del momento exacto en el que arribó a su destino. —Señor —escuchó la voz de su chófer sacándolo de sus pensamientos—. Llegamos. ¿Quiere que baje a ayudarle con el equipaje de su ahijada? El hombre negó de inmediato. —No, está bien, Peter. Yo mismo la ayudaré. —Pero, señor, yo podría... —Solo orillate lo suficiente para que me pueda bajar, luego busca dónde estacionarte. No necesitó mirar el rostro de su chofer para saber que había puesto la misma cara de Alice cuando le dijo que iría él mismo al aeropuerto a recoger a Jane Smith aunque eso significara cancelar la reunión con Lee Corp. y Asociados. Afortunadamente su empleado supo reservarse cualquier otro comentario e hizo según sus instrucciones. Pronto se detuvo frente a la enorme entrada del aeropuerto y German descendió. Cientos de miradas de posaron en él. No se consideraba lo suficientemente famoso como para que le reconocieran en el aeropuerto, pero sí se sabía bastante atractivo, lo suficiente para provocar suspiros en chicas y grandes. Sonrió con algo de coquetería a las atrevidas que le saludaron al pasar por su lado, luego volvió a su expresión seria. Estaba ansioso por el regreso de la joven, no tenía demasiadas ganas de ponerse a posar para extraños. Una joven bastante guapa se le acercó. —Caballero. German se giró para observarla. Llevaba el uniforme de un restaurante. —¿Le gustaría comer algo? Nuestro menú es bastante completo. La chica se notaba nerviosa, así que German trató de ser amable. —Por ahora no, gracias. —¿Gusta un café? La mirada de German se posó en el pequeño local algo vacío y en las ansiosas miradas de las compañeras de la chica quienes parecían murmurar entre ellas. German creyó que podría hacer su buena acción del día. Corroboró que aún faltaban por lo menos quince minutos para que el avión de Jane aterrizara, así que aceptó. —De acuerdo. Un café con Baylis estará bien. La señorita sonrió entusiasmada y caminó frente a él para guiarlo hasta la mejor mesa del lugar. Pronto el local estuvo lleno y German degustó un exquisito café. Cuando creyó que Jane ya debería estar por aparecer pagó la cuenta y caminó elegantemente hacia el área de llegada. Había bastantes personas cerca de las escaleras eléctricas por donde bajaban los pasajeros, así que buscó un pilar cercano en el cual recargarse mientras esperaba un poco más. Esperó y esperó analizando el rostro de todas y cada una de las jóvenes que llegaban, pero ninguna tenía cara de ser su ahijada. —Maldita sea... —murmuró un tanto desesperado—. ¿Dónde estás, Jane? No podía creer que había cancelado una reunión tan importante para estar más de media hora aguardando por la joven. Se supone que ya debería estar ahí. ¿Y si le había pasado algo? ¿Y si ni siquiera había tomado el avión? Quizá debería llamar a Natalie y contarle, ella podría conocer el paradero de su hija. Justo cuando estaba a punto de llamar a su amiga, el rostro perfecto de un chico rubio platinado le llamó la atención. Un momento… Su cabello era suficientemente corto para ser un corte de chico y lo suficientemente largo para revolverse adorablemente a su alrededor confiriendo un aire angelical al rostro que enmarcaba. Su belleza resaltaba entre los pasajeros. Los ojos de German White se abrieron debido al asombro, un ligero temblor recorrió su espalda y tragó en seco. Miles de recuerdos comenzaron a inundar su mente. No fue necesario acercarse hasta aquella visión, pues el hermoso joven se detuvo frente a él. Era más bajito, así que alzó su cabeza para mirarlo mientras le regalaba una dulce sonrisa. German lo miró confundido. —¿Natalie? —Preguntó de golpe con el hilo de voz que logró salir segundos más tarde. No había sido su intención, pero el rostro de aquel chico le había regresado veinte años atrás, cuando Natalie y él compartían aula. Natalie solía cortar su cabello justo de esa forma. —Es mi madre —respondió el chico con voz dulce, delgada y sumamente angelical. Al menos así le pareció al hombre. —¿Jane? No podía ser... —La misma que viste y calza, German. Pero... ¿Cómo? Que se pareciera tanto a su madre debía ser considerado un delito. Llevaba un short blanco por encima de las rodillas, unos converse rosas sin calcetas, una cadena dorada en torno a su tobillo y una camisa de dama azul cielo con manga a tres cuartos. Un look bastante casual. Se miraron con seriedad durante segundos que parecieron horas para ambos. German podía jurar que quien estaba frente a él era Natalie… su pequeña Natalie, su primer amor. La chica tomboy de la que estuvo secretamente enamorado durante toda su vida. La chica que nunca le correspondió. Tanto parecido no podía ser real. —Vámonos de aquí —habló secamente tratando de romper la tensión y arrebató el bolso de mano y las dos maletas que la menor llevaba arrastrando para cargarlas con facilidad. Jane lo escuchó sin hacer ningún gesto de negación o aprobación, y German se preguntó si sería tan fría como Natalie en su adolescencia, cuando nunca sonreía, y se notaba vacía, distante, toda una diva universitaria. Una muñeca plástica con un corazón más congelado que un témpano de hielo. —German —escuchó la dulce voz a sus espaldas y se giró despacio hacia la bella joven de veintitantos años—. ¿No te alegra verme? —Claro que sí, Jane —le dedicó una cálida sonrisa—, pero tengo mucho trabajo. Debemos darnos prisa. Realmente le urgía dejar a Jane en su casa. —German. Ahí estaba de nuevo llamándolo. El CEO estuvo a punto de decirle que dejara de llamarlo por su nombre, que le dijera padrino como siempre, pero no tuvo tiempo. De improviso, unos brazos delgados y tibios le rodearon el cuello y el peso de otro cuerpo, de menor tamaño, le venció hasta hacerlo caer de espaldas sobre el frío suelo del aeropuerto. —¡¿Pero qué…?! Lo que el mayor estaba tentado a decir se cortó de golpe. Lo que vio nuevamente le dejó sin habla. Sobre él estaba sentada a horcajadas su pequeña ahijada y una gran sonrisa se le dibujaba en el rostro. Era una sonrisa amable. Una sonrisa sincera. Una sonrisa feliz. Una sonrisa como la que Natalie jamás había tenido, y se veía… hermosa, pensó. —Siete años, German. Ya pasaron los siete años. Las personas, el ruido del aeropuerto, las miradas, todo se fue perdiendo a lo lejos. Solo estaban ellos. El sonido de su respiración, el latido de su corazón y sus profundas miradas. German maldijo para sus adentros. Su más grande miedo estaba materializado frente a él: Jane Smith no lo había olvidado. 7 años pasaron y Jane Smith aún lo recordaba... aún recordaba su adolescente amor infantil. 7 años y se reunían otra vez. 7 años y volvía a sentir el roce de los labios de Jane... Y esta vez, Jane sí fue consciente de ser ella quién lo inició. Apenas un roce, apenas un momento. Un beso que provocó que German se quedara en el suelo, aún cuando Jane ya estaba de pie. —¿Te comieron la lengua los ratones, German White? Solo aquella carcajada le hizo regresar al presente. Estaba perdido.
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