Dieciséis. “Una cita llena de adrenalina”

1541 Words
TANIA ROBERTS Mi corazón golpeaba con fuerza en mi pecho, haciendo que mi respiración se entrecortada. Will y yo nos metimos en lo más profundo de aquel bosque, en donde ahora, justo ahora nos encontrábamos escondidos tras la raíz de un enorme árbol, manteniendo pegadas nuestras espaldas a la vez que nos dedicábamos a mirar a nuestro alrededor en señal de alerta. La luna estaba en su máximo esplendor, por lo que, aquello se había convertido en una gran ventaja para nosotros. Pude sentir como los hombros de William, subían y bajaban con gran rapidez, lo que me hizo odiarme una vez más, al haber arrastrado conmigo a tanta gente que era inocente. —¿No hay alguna posibilidad de que esos sean tus guardaespaldas? —le pregunté en un susurro, aún teniendo la esperanza de que aquello no era otra cosa más que un gran susto. —No lo sé —mencionó, mientras se inclinaba para levantar el ruedo izquierdo de su pantalón. Lo miré, él se encontraba sacando un arma de fuego muy pequeñita, la cual la mantenía prensada con su media. Fruncí el ceño en cuanto él se levantó, metió una mano en uno de los bolsillos de sus pantalones y sacó el cargador para después comenzar a prepararla. William parecía ser un experto en armas, pues manipulaba de ella con gran profesionalismo que sin duda alguna me había dejado muy sorprendida. Yo me sentía segura al mantener mi pequeña navaja en mi cabello, pensando que con ello podía defenderme de William, cuando él, si hubiese querido, me hubiera apuntado con su arma desde hacía mucho tiempo. ¡Que idiota había sido! —Pasa que no conozco a mis guardaespaldas —me contó, moviendo su cabeza para mirar a su alrededor—, solo conozco al que puse a seguirte; los demás… podrían ser cualquier persona. —¿Cómo es que no conoces a las personas que cuidan tu espalda? —cuestioné con molestia, mientras él sonreía con nerviosismo. —Necesito mi espacio, es todo —comentó, antes de hacer completo silencio para volver a enderezarse. Hice lo mismo. En ese instante me puse en alerta, podía sentir sus pasos a pocos metros, por lo que, opté a cerrar los ojos para poder concentrarme; había aprendido aquello en la cárcel, desde la ocasión en que trataron de acorralarme en el área de la lavandería. Me concentré únicamente en aquellos pasos, podía escuchar las ramas al quebrarse cada vez que avanzaban, eran al menos cuatro pares de pasos, viniendo en diferentes direcciones, lo que definitivamente me indicaban que no eran los custodios del magistrado. Abrí mis ojos y lo miré, asentí hacia él, indicándole con un movimiento de cabeza que era tiempo de separarnos. Justo cuando me dispuse a correr hacia la raíz de otro árbol, su mano se envolvió en mi muñeca, me atrajo hacia su cuerpo y sin siquiera pedir mi aprobación, pegó sus labios con los míos, quitándome de forma inmediata todo el aire que alguna vez tuve en mi cuerpo. Aquel beso tan solo había durado un segundo, pero había sido lo suficientemente intenso para desorientarme, al punto de haber debilitado mis extremidades. Él me sonrió y luego retrocedió, en sus labios pude leer la frase: “No moriremos aquí” para después desaparecer tras un arbusto. Inhalé y exhalé con pesadez, tratando de tranquilizar los fuertes latidos que azotaban con fuerza en mi pecho, a la vez que me maldecía por mostrar un pequeño atisbo de debilidad. Levanté una mano y traté de alcanzar mi navaja, pero aquel maldito temblor que tenía en mis manos, me lo impedía. Estúpido senador por intentar matarnos, estúpido William Clark por debilitarme. —Te tengo —murmuró un alto hombre de piel trigueña al detenerse frente a mí, levantando un arma de fuego en mi dirección. El solo ver la forma en que cargó aquel aparato, fue lo que me hizo reaccionar. Hice una mueca en cuanto sostuve mi navaja para terminar por lanzarla y clavársela en la frente. No supe qué tan mortal había sido aquel golpe, pero lo cierto era, que justo ahora, aquel hombre se encontraba tirado en el suelo, inmóvil, con un hilo de sangre cayendo de su frente. Me acerqué a él y me agaché a su lado, acerqué mis dedos a su cuello, donde comprobé que había muerto. Dejé escapar lentamente la respiración, un horrible peso se puso sobre mis hombros al darme cuenta de que ahora ya no era un solo hombre al que había asesinado, si no dos. ¿En qué clase de monstruo me había convertido? Un disparo resonó en mis oídos, levanté la cabeza al ver a un nuevo sujeto de pie frente a mí, rabiando del dolor mientras cubría su hombro izquierdo con su otra mano, la sangre había comenzado a deslizarse de su hombro, manchando su impecable traje. Miré hacia atrás, a unos pocos pasos de mí, se encontraba William, sosteniendo su arma levantada a la vez que se dedicaba a mirar con cautela hacia todos los extremos. —¿Estás bien? —preguntó sin mirarme. —Lo estoy —respondí, poniéndome de pie—, ¿Tú lo estás? Él asintió. —¿Trabajas para el senador? —le preguntó Will al tipo que no deja de rabiar del dolor. El disparo había sido tan cerca, que incluso se podía ver un profundo hueco en su hombro. —Pobres niños —murmuró el hombre, torciendo una sonrisa—, desde que se metieron con el senador Lee, están muertos. Su cuerpo cayó hacia el frente en cuanto un nuevo disparo atravesó su cabeza. Levanté una mano y limpié mi mejilla al sentir gotas de sangre llegar a mi rostro. Tras de donde estuvo de pie aquel sujeto, había dos hombres más, ambos bajaban sus armas para dedicarse a mirar de Will a mí. —¿Señor Clark? ¿Están ustedes bien? —preguntó uno. Will se acercó a mí, extendió su mano para ayudarme a levantar. Antes de aceptar su ayuda, saqué mi navaja de la frente de mi nueva víctima, la limpié contra mi pantalón deportivo para al final, terminar por guardarla en mi cabello. Tomé la mano de Will y me levanté, observando ambos cadáveres con asco. —¿Dónde carajos estaban metidos? —les preguntó Will—, bien pudieron habernos matado. —Señor, se alejaron con mucha facilidad; nos fue difícil dar con su paradero —se excusó el otro, viéndolo con pena—, ya los otros dos sujetos que los seguían están muertos, a como ordenaron sus padres. Will asintió. —Limpien todo aquí; que no aparezcan las huellas de la señorita. Ya saben que tienen que hacer. —Por supuesto, señor —respondieron al unísono. —Vamos, te llevaré a casa —musitó, en cuanto me miró. Negué con la cabeza, extendiendo mi mano en su dirección. —Tú te vas con ellos; yo puedo irme sola. Las llaves por favor. —Tania… —No —dije otra vez—, si te vas conmigo, luego no tendrás como regresar a casa. Y me temo que siempre habrá alguien ahí que nos quiera hacer daño. Lo observé fruncir los labios, desvió su mirada con molestia pero al final, terminó asintiendo, para después tomar las llaves y entregármelas. —avísame cuando llegues a casa, por favor. —No te prometo nada —argüí, mirando lo que hacían ambos custodios al cadáver del tipo que asesiné. Al otro ni siquiera lo volvieron a ver, probablemente a ellos no les afectaba el hacerse responsable por la muerte de un par de alimañas, a como yo podría verme afectada—, ¿Por qué me besaste, William? —le pregunté, al volver a recordar su reacción… la que casi me lleva a morir al haberme distraído. Lo miré, él sonrió lleno de pena, pasando una mano por su cabello oscuro. —Lo lamento —musitó, bajando la mirada—, sé que no estuvo bien, pero solo pensaba en que, si moría, no quería hacerlo sin antes probar tus labios —murmuró, para después girarse a ayudar a sus custodios. Me le quedé mirando, tratando de entender qué era aquella cosa que sentía en mi interior. ¿Por qué de pronto lo comenzaba a ver de otra manera? Negué con la cabeza, dejando salir lentamente la respiración para así terminar por salir de ese maldito lugar. +++ Cuando abrí la puerta de mi habitación, el olor a mierda se hizo presente enseguida, lo que graciosamente me hizo sonreír. Mía salió de su cama en cuanto me sintió y corrió hasta mis pies, olfateándome a la vez que intentaba jugar conmigo. Me agaché y le permití lamerme la mano, después la levanté y la dejé a la altura de mi rostro. Le di un par de sacudidas para terminar acomodándola cerca de mi pecho. —¿Quieres dormir conmigo, hoy, bola de pelos? —le pregunté, mientras caminaba hacia la cama para dejarla entre las cobijas—, bien, caga mi cama hoy entonces. Mañana obligaré a Taydon a que me ayude a limpiar —terminé diciendo para después tirarme a su lado, sin siquiera molestarme en quitarme la ropa. 
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