Quince. “La motocicleta”

1969 Words
TANIA ROBERTS ¿En qué mierdas estaba pensando cuando decidí rendirme? ¡Maldita sea! ¿Acaso si debía de salir con el juez? Dejé de salir lentamente la respiración mientras recogía mi bolsa de deportes para poder escaparme. Aún no comprendía cómo ni siquiera había tratado de liberarme de su agarre, el cual no era fuerte, pude haberme liberado con facilidad, incluso estaba segura de haber podido ganar, pero esa maldita sonrisa acompañada de ese hermoso hoyuelo en su mejilla derecha, más esa dulce mirada que desgraciadamente el tipo posee, hicieron que me rindiera sin siquiera esforzarme. Simplemente Tania Roberts se había paralizado. —Buen trabajo, Tania —un tipo alto y moreno me felicitó al pasar a mi lado. Me le quedé mirando sin saber qué responder, no sabía que ahora los tipos del gimnasio podían hablarme. Él pareció darse cuenta de mi incomodidad, pues al final solo sonrió con amabilidad y terminó por irse. Dejé escapar lentamente la respiración, ahora, solo faltaba que todos acá quisieran hablarme, y todo por pasarme de sociable con el dichoso juez. Comencé a caminar hacia la salida con rapidez, en un notorio plan de escape, pero, su voz me detuvo de inmediato. —¡Tienes una deuda conmigo que debes de pagar! —exclamó, deteniéndose a escasos metros detrás de mí. Cerré los ojos y suspiré, para después girarme y enfrentarlo. —Esta fue una pelea injusta. Ni siquiera sabía que practicabas taekwondo —le reclamé, a lo que él solo se echó a reír. —Te dije que no conocías mucho de mí —me recordó—, ahora… ¿Nos vamos, Mérida? Achiqué los ojos en su dirección. ¿Mérida? ¿En serio? ¿Ahora tenía un sobrenombre para mí? Sabía a la perfección quién era Mérida; Había sido una fiel fan de las películas de Disney, y tanto Mérida como Mulán, se habían convertido en mis princesas favoritas. Aún recordaba que casi todas mis fiestas de cumpleaños en mi niñez habían sido de temáticas de Disney, donde mi madre me disfrazaba ya fuese de Mérida o Mulán, mientras que a mi hermano lo vestían de príncipe azul. —¿Mérida? —pregunté, esperando la reacción de su parte ante aquel nombre. Él solo se encogió de hombros, sin dejar de sonreír. —Pelirroja y rebelde; te queda bien —asintió. —No sabía que a su señoría le gustara ver películas de Disney —musité, emprendiendo la marcha nuevamente en busca de mi motocicleta. —Yo no, pero tengo un amigo que tiene sobrinas, las cuales lo obligan a verlas con ellas. Me detuve cerca de la motocicleta, metí la mano dentro de la mochila en busca de las llaves, necesitaba escapar de aquel lugar. —¿A dónde crees que vas? —A mi casa —respondí como si fuese lo más obvio. —Pensé que eras del tipo de chica que tiene palabra —mencionó, con un tono de voz maliciosa. Dejé de buscar las llaves y levanté la mirada en su dirección. Sabía que me estaba provocando, así que al final, encontré la manera perfecta para deshacerme de él, sin quedar como una chica sin palabra. Continué buscando las llaves, cuando las obtuve, las sostuve en su dirección. Sabía que el juez era el tipo de hombre millonario, que conducían autos finos, dejando los medios de transporte peligrosos, a un lado. —Le propongo algo, saldré con usted justo ahora, solo si vamos en mi motocicleta y únicamente si usted conduce. Él se echó a reír, sacudiendo levemente la cabeza para después arrebatar las llaves de mi mano. —Hecho —mencionó, mientras me pasaba por un lado para subir a mi motocicleta. Mi garganta se secó al mismo tiempo en que mis labios se separaban al verlo encender la moto con gran facilidad. Él me miró sobre su hombro, haciéndome un gesto con su barbilla. —¿Sube, Mérida? Tragué saliva con fuerza, mientras me aferraba a los tirantes de mi bolsa de deportes, preguntándome una y otra vez la frase: ¿En qué carajos te metiste, Tania? Al final, no me quedó de otra que caminar para después acomodarme tras de él. —Te recomiendo que te sujetes —me dijo, antes de comenzar a salir a la carretera. Llevé mis manos hacia atrás para sostenerme del maletero de la motocicleta, tratando en la medida de lo posible no tocarlo ni por un momento. Bonita cosa se me había ocurrido al ofrecer mi motocicleta como medio de transporte. William se deslizaba con facilidad entre los automóviles, pasándolos con gran rapidez, lo que me indicaba que él definitivamente era un conductor experto. Sonreí, en cuanto miró sobre su hombro para guiñarme un ojo, en definitiva, no conocía nada de aquel hombre. Cada vez que él aceleraba más, me era inevitable no acercarme a él, cosa que poco a poco dejaba de importarme. En ese momento me dediqué a mirarle su ancha espalda. El señor juez podría ser un hombre terco e insoportable, pero eso no le quitaba el hecho de ser un hombre atractivo y agradable. Aún recordaba las primeras veces que trató de hablarme en el gimnasio, me había comportado como una completa perra con él para que me dejara en paz, y aun así, él no dejó de insistir hasta lograr que le hablara. Ahora, me era inevitable no aceptar el hecho de sentirme aliviada al saber que la asiática de la fotografía era su hermana. Sonreí negando con la cabeza, soportando la necesidad de poder rodear su cintura con mis manos. ¿Qué carajos me pasaba? ¿Por qué mi mente comenzaba a jugarme esa mala pasada? ¿Por qué siquiera William Clark comenzaba a agradarme? Mi corazón comenzó a latir con fuerza, mientras mi mirada recorría sus bien formados brazos, la forma en que se formaban sus músculos al ir inclinado en la motocicleta; al final, liberé mis manos poco a poco del maletero y terminé por rodear su cintura con mis manos, acabando así de acortar cualquier espacio que aún existía entre nosotros. Él volvió a mirarme sobre su hombro y sonrió antes de regresar su mirada hacia el frente. —¿Nerviosa, señorita Roberts? —preguntó en voz alta para que pudiese escucharlo. —¿No debería de estarlo? ¡Pensé que las motocicletas no eran lo suyo! —¡No lo son! —bromeó, echándose a reír—, ¡Pero cuando tienes un padre que es adicto a las motocicletas, terminas por aprender todo sobre ellas! Me eché a reír, negando con la cabeza. —¡Tampoco imaginé que además de ser un juez corrupto, fuese capaz de infringir las leyes de tránsito! —bromeé, ante el hecho de que ni siquiera se había molestado en preguntar por algún dispositivo de seguridad, al subir a la motocicleta. —¡Eres una mala influencia, Mérida! ¡No te sorprendas si en algún momento me ves cubierto de tatuajes! Cerré los ojos, inhalando y exhalando con lentitud. En mi rostro, aún se encontraba dibujada una estúpida sonrisa; una estúpida sonrisa que me recordó por un momento a mi antigua yo. Apoyé mi mejilla contra la ancha espalda de William para después simplemente comenzar a confiar. No sabía para dónde nos dirigíamos, pero sabía, que fuese a donde fuese, estaría bien; si él se había tomado la molestia de tratar de protegerme desde que salí de prisión, significaba que no trataría de hacer nada que fuese capaz de dañarme; además, tenía la certeza que jamás iba a permitir que alguien volviese a hacerme daño, así que, en ese momento, simplemente decidí a disfrutar de lo que estaba siendo una extraña cita. +++ Dejamos la motocicleta en un gran estacionamiento, rodeado por grandes árboles. Aquella era una zona alta, boscosa y llena de miradores, además de ser un tanto solitaria. William no dejaba de hablar acerca de las maravillosas vistas que se podían apreciar desde esos miradores, además de agregar que este era uno de sus sitios favoritos. Yo me encontraba mirando de forma cautelosa a mi alrededor, sintiendo de pronto un cierto temor de estar a solas con él. Ya era un poco tarde, el sitio estaba desolado, por lo que, si le daba la gana, podría aprovecharse de mí con facilidad. Me detuve al sentir como mi pecho comenzaba a cerrarse ante aquel temor, lo que me hizo preguntarme si en realidad en alguna ocasión ese horrible momento en mi vida, me dejaría avanzar, me preguntaba si esos demonios que me atormentaban al punto de ver peligro hasta donde no lo había, me dejarían vivir en paz otra vez. Él pareció notar mi incomodidad, pues se había devuelto para detenerse a una distancia prudente de mí. Su rostro presentaba seriedad, mientras se dedicaba a levantar sus manos en señal de rendición. —Tania… —comenzó a hablar, llamando mi atención—, jamás pensaría en hacerte daño —murmuró, acercándose poco a poco a mí. Levanté una mano en señal de alerta, tocando la navaja en mi cabello. Lo observé tragar saliva con fuerza, pero aún así, no se alejó. —Por favor; confía en mí —musitó con suavidad, mientras cerraba sus ojos—, solo deseo ayudarte; por favor, confía en mí. El hecho de que ese hijo de puta te haya hecho daño, no significa que yo también vaya a hacerlo. Tragué saliva con fuerza, no podía alejar la mirada de él. Sentía unas terribles ganas de echarme a correr para escapar de ahí, no quería hacerle daño, no quería desconfiar de él, lo que más deseaba en ese momento, era creer. —¿Por qué me trajiste hasta aquí? —pregunté. —Solo deseaba compartir uno de mis sitios favoritos contigo —dijo, dedicándome una pequeña sonrisa—, Tania, no voy a obligarte a que estés en un sitio en el que no te sientas cómoda. Puedo llevarte a tu casa en este instante si así lo deseas. Inhalé y exhalé con lentitud, tratando de controlar los fuertes latidos de mi corazón, poco a poco dejé de tocar la navaja en mi cabello, para comenzar a bajar mis brazos con lentitud. Aún sentía a mi corazón desbocado a causa de mi resiente ataque de pánico; en ese momento comencé a repetirme que Will era de las pocas personas que hablaban con sinceridad, pues a pesar de mi ataque de nervios, su mirada continuaba transmitiéndome paz, al punto que me hacía confiar otra vez; así que al final solo terminé asintiendo en su dirección. —Lo lamento —me disculpé—, solo que… —No tienes que decir nada —me interrumpió él, dedicándome una sonrisa—, tienes todo el derecho de sentirte así. Solo quiero que sepas que yo jamás haría algo para dañarte. —¿Por qué eres así conmigo? —le pregunté, al no entender su comportamiento e insistencia para acercarse a mí. —No puedo darte una respuesta a ello justo ahora —respondió, viéndome directamente a los ojos—, es solo que… Él se detuvo, prestando atención a algo que se acercaba a gran velocidad justo hacia donde estábamos nosotros. Miré sobre mi hombro, era un auto, el cual se sentía cada vez más cerca, un horrible escalofrío recorrió mi cuerpo, indicándome que aquello no era bueno; un mal presentimiento se instaló en mi pecho al imaginar de quién se trataba. Miré hacia la motocicleta, era muy tarde para escapar, lo que no nos dejaba con muchas opciones. Maldije a mis adentros al saber que mientras ese hombre estuviese libre, jamás iba a conseguir tener una vida normal. —¡Hacia los árboles, ya! —exclamé, antes de echarme a correr en dirección de los grandes árboles que rodeaban aquel lugar. 
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