Catorce. “¿Qué tal una cita?”

1955 Words
WILL CLARK —Princesa Mérida a las ocho —anunció Edgar, en cuanto se acercó a mi escritorio. Levanté la mirada y me dediqué a mirar hacia la entrada, donde Tania acababa de entrar para dirigirse a su saco de boxeo. Observé al rubio y levanté una ceja. —¿Princesa Mérida? —pregunté con duda, sin saber con exactitud a qué se refería. Él se encogió de hombros, como si fuese lo más obvio del mundo. —Ya sabes, pelirroja y rebelde… ¿Qué nunca has visto Disney? —cuestionó, levantando una ceja en mi dirección. —¿Acaso tú sí? —Tengo sobrinas… obviamente son del tipo que obligan a los tíos a ver cuentos de hadas. Me eché a reír, sacudiendo la cabeza, mientras me dedicaba a imaginar a Edgar cantando las canciones de Disney. Yo tenía suerte de que a mi hermana no se le hubiese ocurrido tener hijos, pues estaba seguro de que probablemente me convertiría en el tipo de tío al que incluso pudiesen maquillar. Tania se posicionó frente al saco, quitó su chaqueta negra y como lo hacía cada día que se presentaba en el gimnasio: sujetó su largo cabello rojo, en una coleta alta. Sonreí como un idiota al verla, había pasado tanto tiempo observando a esa chica, que me había aprendido de memoria cada cosa que hacía al ingresar a este lugar, antes de comenzar a golpear el saco con todas las fuerzas. —Eres valiente, Will. La voz de Edgar fue la que me trajo de regreso otra vez, permitiéndome alejar la mirada de cada uno de los movimientos que la pequeña pelirroja hacía. Me sentía estúpido, al no entender qué era aquello que no me dejaba pensar en otra cosa que no fuese en ella. Tania era completamente lo opuesto a lo que yo podía ser, por lo que, ¿Por qué carajos había logrado despertar el interés en mí? —No conozco a un solo chico capaz de fijarse en esa mujer —mencionó, torciendo una sonrisa—, todo el mundo la conoce y sabe de lo que es capaz de hacer, por lo que, nadie quiere correr el riesgo de siquiera llegar a molestarla. —Tania no es otra cosa más que una víctima de las horribles circunstancias que atravesó —dije, mientras me ponía de pie—, y el que me agrade, no significa que me esté casando con ella, Ed —terminé diciendo, antes de comenzar a caminar en dirección de la pelirroja, esta vez, sin siquiera importarme las miradas que me lanzaban los demás. —Te propongo algo —le dije, deteniéndome detrás del saco para sostenérselo. Me fue inevitable no sonreír, al ver que, en esta ocasión, ella me había levantado a ver, ni siquiera había tratado de ignorarme a como lo hacía otras veces. —Una pelea en el cuadrilátero; si tú ganas, no volveré a molestarte, pero si yo gano, saldrás conmigo esta noche —le propuse, mientras comenzaba a rogar en mi interior, que no fuese a patearme el trasero en ese momento. Una pequeña sonrisa se asomó en sus labios, por un momento dejó de golpear el saco, dedicándose a sostenerlo para mirarme fijamente. —¿A usted alguien le ha dicho que deseo salir? —cuestionó, levantando una ceja. —Nadie lo ha hecho —murmuré, asintiendo en su dirección—, pero el solo motivo que le diviertan mis estupideces me hace pensar que no le importaría salir en una cita conmigo. La miré tragar saliva con fuerza mientras fruncía el ceño levemente. —No pretenda que, por haberme salvado la vida, nos convierte en amigos; usted siga con su vida, que yo me ocuparé de la mía —murmuró, antes de volver a golpear el saco. —¿Por qué no quiere ser mi amiga? —le pregunté—, ¿Qué le he hecho yo? Solo quiero ayudarte. —No necesito ayuda de nadie —continuó hablando—, suficiente tengo con todos los sermones que mi familia me da a diario. —A las personas nos hace bien confiar en otras personas algunas veces. Ella volvió a detenerse, apoyó sus manos en el saco, tan cerca a las mías, que por un momento olvidé como respirar. ¿Qué carajos me pasaba con esa chica? ¿Por qué me sentía de aquella manera con ella? ¿Acaso era su aspecto de chica mala lo que me atraía? No entendía qué era aquello que me pasaba, pero lo cierto era que no lograba sacarla de mi jodida cabeza. La noche en que me respondió unos pocos mensajes, ni siquiera pude dormir ante la gran felicidad que aquello me había dado. —Escucha, William. Fui una persona que confiaba en la gente; ¿Dónde me llevó eso? Que el tipo que consideraba mi amigo terminara violándome —sus ojos verdes se clavaron en los míos, un deje de dolor atravesó su mirada, probablemente al recordar aquel horrible momento—, así que entiende de una buena vez que la persona que esperas encontrar en mí no existe. Su mirada continuó clavada en la mía por varios segundos que me parecieron eternos. Odiaba saber que ese maldito que justo ahora probablemente se encontraba pudriéndose en el infierno, había arruinado la vida de esa niña inocente. ¿Cuántos hombres como aquel existían en el mundo? Tristemente sabía que Tania no había sido ni la primera, ni la última en ser abusada. —No todos somos iguales —comenté, después de un largo silencio entre ambos—, sé que probablemente muchas personas te temen, y quizás los que ahora nos están observando piensan que estoy loco por tratar de acercarme a ti —un atisbo de sonrisa se asomó en sus labios, lo que hizo que mi estúpido corazón se acelerara—, pero yo no te tengo miedo, quiero ser tu amigo, poder verte más seguido, deseo hacerte reír y salir contigo, a pesar de que sé que mantienes en tu cabello una navaja que puedes usar contra mí en cualquier momento. Ella simplemente no pudo contenerse más, pues solo bajó la cabeza y se echó a reír, llenando el lugar con una risa genuina, captando la atención de todos los que se mantenían haciendo sus rutinas. Eché un vistazo a mi alrededor, noté algunos pulgares levantados y otras sonrisas divertidas, pero no me importó, en ese momento simplemente me sentía feliz de hacerla reír. —¿Qué pensaría tu novia si se entera que me estás invitando a salir? —preguntó al final, mientras trataba de detener el ataque de risa. —No tengo novia —respondí sonriendo—, ¿Acaso me está investigando, señorita Roberts? —levanté una ceja mientras ella dejaba de reír por completo. Sus labios se separaron a la vez que comenzaba a negar con la cabeza con notorio nerviosismo. —Oh no, no, no… solo que su foto… —¿Mi foto? —mi sonrisa se había agrandado más, al darme cuenta que incluso aquella chica se había tomado la molestia de observar la foto en donde me encontraba abrazando a Shio—, ¿Qué tiene mi foto? —¿Si digo que sí dejará de molestarme? —cuestionó, mientras ponía los ojos en blanco. —¡Sí! —exclamé con felicidad, más fuerte de lo que quise hacerlo, ganándome que ella me mirara con diversión—, lo siento —mencioné, rascando mi cabeza—, pero sí, dejaré de molestarla —murmuré, sacudiendo la cabeza—, solo le diré que esa chica que vio en la foto es mi hermana mayor. —No me interesa, magistrado. Usted es libre de salir con una asiática, con una rusa, hasta con una latina, a mí me da igual —musitó, mientras se concentraba en el saco otra vez. Torcí una sonrisa, al darme cuenta de algo nuevo, sacaba aquel tema porque sabía que Shio no tenía ningún parecido conmigo, por lo que, probablemente aún pensaba que estaba mintiendo. —Shio es mi hermana adoptiva. Es japonesa, mis padres la adoptaron cuatro años antes de engendrarme porque según los estudios médicos, mamá no podría quedar embarazada. —Lo diré otra vez —comentó sin mirarme—, no me interesa. —Está bien —dije, dejándola ganar, ignorando el haber notado un brillo distinto en su mirada al escucharme decir aquello—, fingiré que en realidad no le interesa. Ahora, ¿Vamos al cuadrilátero? —Tiene mucha seguridad en usted, señor juez. —¿Qué le puedo decir? Usted aún no sabe muchas cosas sobre mí —me limité a decir antes de dar media vuelta para así ir a prepararme. Cerré los ojos y rogué al cielo el milagro de poder ganar. Había tenido un gran acercamiento con la chica que se negaba a salir de mi mente, por lo que, si o sí, debía de conseguir esa cita. +++ —No vaya a tener compasión solo por ser mujer —me recordó en cuanto estuvimos uno frente al otro. Moví mi cuello de un lado a otro, a la vez que daba unos pequeños saltos en forma de calentamiento. —Descuide, no la tendré —murmuré, mientras le sonreía y le guiñaba un ojo. —¡Vamos, Will! ¡No nos decepciones! —escuché la voz de Edgar, apoyándome cerca del cuadrilátero. Lo volví a ver, todos los que en algún momento se encontraban ejercitándose, habían dejado de hacerlo para así acercarse y mirar la pelea. Probablemente, si llegase a perder, me convertiría en el hazmerreír de todos. Rogaba que las clases que recibí en mi niñez de taekwondo al lado de mi hermana me dieran resultado. —¡Venga Will!  ¡Tú puedes! —alguien más me apoyó, mientras que otros comenzaban a mencionar el nombre de Tania. Ella sonrió al notar que tenía un pequeño grupo que la habían comenzado a apoyar. Me miró y levantó una ceja. —¿Listo, magistrado? —Te pediría que mejor me llames… —un sonoro golpe a la altura de mi rostro me hizo dar un par de pasos atrás, interrumpiendo por completo la frase que estaba saliendo de mis labios. Llevé una mano hasta mi nariz, donde me sentí sangrar, mientras comenzaba a escuchar risas a mi alrededor; definitivamente aquella pequeña chica era muy fuerte. Ni siquiera pude reaccionar, cuando sentí uno de sus pies enredarse en los míos para hacerme caer. Más risas, y yo ni siquiera había metido ni las manos. —¡Venga, Will! ¿Vas a dejarte vencer así de fácil? —cuestionó Edgar. Definitivamente no iba a dejarme vencer, ella me había tomado por sorpresa, lo que también se convirtió en un juego sucio de su parte. Di un salto para ponerme de pie, la observé levantar las manos mientras festejaba con su afición, lo que me sirvió para dar una patada lateral a la altura de sus rodillas, haciéndola caer de inmediato, sin siquiera darle oportunidad a que se levantara, la inmovilicé en el suelo, impidiéndole moverse. Sus ojos verdes se clavaron en los míos, su respiración contrastó contra mi rostro ante la cercanía en la que estábamos. Sostuve sus manos arriba de su cabeza, a la vez que inmovilicé sus piernas con las mías, fue un movimiento simple pero efectivo, sin tener la necesidad de haberla golpeado. El lugar quedó en absoluto silencio, probablemente se encontraban riéndose de mí, cosa que no me importaba, pues lo único que me interesaba justo ahora, era el hecho de que me encontraba perdido en aquella hermosa mirada. Separó sus labios, después sonrió. —Me rindo —dijo en un pequeño susurro. 
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