Trece. “Responsabilidades”

1773 Words
TANIA ROBERTS —¿Qué se supone que es esto? —le pregunté a mi madre, dedicándome a fruncir el ceño mientras veía una pequeña criatura peluda durmiendo dentro de la caja de regalo que mantenía en mis manos. Esa mañana ella llamó a mi puerta con desesperación, desde antes de las 7 am, lo que inclusive me preocupó al imaginar que la casa se estaba quemando o algo por el estilo. Salí de mal humor, maldiciendo a diestra y siniestra, pero debí de detenerme cuando la miré sonriendo, sosteniendo esta estúpida caja en mi dirección. —Hablé con tu padre, y ambos llegamos a la conclusión de que necesitas más responsabilidades —me comunicó, como si esa fuese una razón suficiente para yo estar sosteniendo una caja con un perro dentro. —Eso no explica por qué tengo esta bola de pelos en las manos ahora —mencioné, poniendo los ojos en blanco. —Es tu mascota —asintió en mi dirección, viéndose feliz de solo decirlo. Levanté una ceja y la miré de mala manera. Definitivamente mi madre comenzaba a volverse loca. —El hecho que tú seas una loca amante de los perros, no me convierte en una persona que le guste tener estas olorosas criaturas —argüí, tratando de devolverle la caja. Ella cruzó los brazos a la altura de su pecho para después dedicarme una mirada fulminante. —¡Deja ya de faltarme el respeto, Tania! ¡Estoy harta de que siempre estés tratándome mal, como si fui yo la que te hizo daño! —su ceño se frunció, mientras que sus hombros comenzaron a subir y bajar a gran velocidad, en un notorio ataque de rabia hacia mí—, estoy cansada de tratar de hacer que me ames otra vez, estoy obstinada de verte maldecir el mundo, ¿No te cansas de fingir ser una persona que en realidad no eres? —continué mirándola fijamente mientras la alta pelirroja continuaba desahogándose. Tal parecía que desde anoche todo el mundo quería desahogarse conmigo, después de ella solo faltaría papá y listo—, esta chica llena de amargura y odio está lejos de ser mi hija, te desconozco, Tania. —¿Qué pasa? ¿Por qué los gritos? —preguntó mi padre, mientras subía las escaleras, miró de mí a mi madre y viceversa—, ¡Ah! No aceptó el perro —comentó, como si aquello fuese lo más obvio para él—, te lo dije, tesoro. Sabía que no lo querría. —No es un perro, es una perrita —lo corrigió ella, sin dejar de mirarme—, no tiene un hogar, así que tú se lo darás. La cuidarás y te harás responsable de cada cosa que pase con ella —la mujer parecía darme una orden, lo que no me estaba dejando muchas alternativas, ya había rechazado la cita con Cloud… ¿Cómo se suponía que terminaría por rechazar esta criatura? —Vives en mí casa —musitó, haciendo énfasis en la palabra “mí”—, y aquí se vive bajo mis reglas. Estoy cansada de verte siempre sin hacer nada, así que, a partir del lunes, también comenzarás a ayudarme en la guardería. Le dediqué una mirada a mi padre en busca de ayuda, pues ni siquiera encontraba palabras para responderle a mi madre. Jamás la había visto tan molesta conmigo, ni siquiera se había atrevido a darme órdenes de aquella manera. Papá solo sonrió, mientras levantaba sus hombros, restándole importancia al asunto. —Comienza por darle un nombre a la criatura —concluyó, para después girarse y caminar hacia las escaleras. Tragué saliva con fuerza, viendo la forma en que se alejaba, dejándome ahí con aquella criatura en mis manos, sin siquiera saber qué carajos hacer con ella. La miré estirarse, para después comenzar a abrir sus pequeños ojos. Era tan chiquita, que me asustaba, ¿Y si moría en mis manos? ¡Que irresponsable había sido mi madre al dejar esa pobre criatura inocente en mis manos! —Tendrás que ayudarme —le dije a mi padre, viéndolo fijamente. —A mí ni me mires, que la orden te la han dado a ti —musitó, sonriendo de medio lado—, la amarás, cariño. Ya lo verás. Hice una mueca, sin dejar de mirar a la perrita que comenzaba a llorar. —¿Y si se caga? —Limpias —respondió, como si fuera lo más lógico del mundo—, ¿Recuerdas a Cold? Él me hizo muy feliz durante todos los años que estuvo a mi lado —recordó, dejando salir lentamente la respiración al recordar a su perro, el cual graciosamente había adoptado en la guardería de mamá—, jamás pensé que un perro fuese a enamorarme, y lo hizo. Así que, mejor ríndete de una vez, porque ella lo hará contigo. Mi padre se dio la vuelta para comenzar a alejarse por el mismo sitio donde mi madre lo había hecho. —¡Ah, por cierto! —exclamó, antes de terminar por irse—, hoy ha venido un hombre uniformado, quien dijo que trabajaba para William Clark, a dejar tu motocicleta reparada —él me miró sobre su hombro de forma sospechosa—, ¿Qué le pasó a tu motocicleta y qué te traes con William Clark? —Intentaron raptarme, mi motocicleta sufrió daños —le conté, a sabiendas que probablemente no iba a creerme—, y William Clark es mi amante, ¿O cómo crees que salí de prisión? —bromeé, para después lanzarle un beso, me giré y entré en mi habitación sin esperar una respuesta de su parte. Cerré tras de mí, apoyé mi espalda contra la madera de la puerta, dejé salir lentamente la respiración y al final terminé por mirar a la bola de pelos que continuaba llorando sin parar. —¿Qué carajos voy a hacer contigo ahora? —le pregunté, a la criatura de pelo blanco y café que había dejado de llorar como por arte de magia—, supongo que tendré que comenzar por salir a comprarte comida —me eché a reír, negando con la cabeza al ver al punto al que había llegado al hablarle a un animal. Coloqué la caja en el suelo y le permití salir para que explorara el lugar donde en teoría, ahora iba a vivir; ni siquiera había dado cinco pasos, cuando el animal se había cagado. Suspiré, mientras caminaba en dirección del baño. —Maldita mierdosa —murmuré. ++++ —Es extraño verte aquí —musitó Dorothi, al dejarse caer en la silla frente a mí en la sala de visitas—, como has cambiado, joder—, comentó, mientras recorría con la mirada mi brazo tatuado. Días atrás había hablado con el tío Shane sobre Dorothi, le pedí si podía revisar su caso para lograr disminuir su condena, y graciosamente, él había aceptado encantado. El solo hecho de que ella hubiese sido víctima de violencia por parte de su esposo, se había ganado mi consideración. El caso de Dorothi me hizo ver que no era la única mujer que sufrió tal acoso, si no, que probablemente había infinidades de mujeres que lo sufrían y no hablaban por miedo. —Digamos que eres de las pocas personas que me resultan agradables —le dije, recostándome en la silla. Ella levantó una ceja, echándose a reír. —Eso sí que es raro. Jamás imaginé que te hubiese agradado, es más, ni siquiera imaginé que volvería a verte. —Seré clara porque no tengo mucho tiempo —mencioné—, no te visito porque te crea mi amiga. Solo vengo a informarte que mi abogado te visitará en los próximos días, trabajará en tu caso y tratará de reducir tu condena. La alta chica me miró con incredulidad, tal y como si en realidad no pudiese creer que alguien estuviese haciendo algo por ella. En ese momento me entró la duda de si en realidad esa mujer no tenía a nadie más en el mundo para que la protegiera, inclusive, una chispa de curiosidad se encendió en mí, al querer saber un poco más de su historia. —¿Por qué harías eso por mí? —preguntó al final. —¿Qué no ves mis alas? —cuestioné con sarcasmo, volteando los ojos—, me he convertido en un alma de Dios que ahora busca hacer el bien. —Mira, chiquita… conmigo no funciona el sarcasmo, así que termina diciéndome de una buena vez qué es lo que quieres. Porque estoy segura de que nadie hace buenas acciones sin tratar de recibir algo a cambio. Me incliné sobre la mesa, dedicándome a mirarla fijamente. —No tengo por qué darte a ti una jodida razón del por qué quiero ayudarte; tienes hasta el día en que se presente mi abogado para decidirte si aceptas su ayuda o no. No es como que me importe si sales o te quedas —concluí, para después levantarme y salir de ese lugar. +++ No sabía si alguno de los matones que protegían a William Clark continuaban siguiéndome, en el fondo, esperaba que, si lo hicieran, así podría conducir con tranquilidad, a sabiendas que alguien cuidaba mis espaldas; y si no lo hacía, pues ni modo, no era como si iba a encerrarme en una burbuja por siempre para que no me hicieran daño. Aparqué en la entrada de mi casa y bajé de la motocicleta, llevaba conmigo el concentrado de Mía, la cual y con mucha suerte, tal vez habría muerto de hambre y de sed en mi habitación. Al final me había resultado fácil ponerle nombre, simplemente escribí en Google la frase: “Nombres más comunes para perras” Mía había sido el primero que saltó en la lista, así que de esa forma fue en que se bautizó. Cuando llegué a mi habitación, lo primero que me llegó fue el horrible olor a mierda y orines, lo que me hizo maldecir una vez más, el momento en que mi madre se le ocurrió castigarme de aquella manera. Dejé las tazas y la comida en la mesita de noche, mientras iba al baño por papel para poder limpiar las gracias de mi “mascota”. Cuando salí, la dichosa perra se encontraba saliendo de debajo de la cama, la cual, como si le comenzara a divertir el hacerme enojar, se estaba orinando una vez más. —Tú y yo vamos a tener graves problemas, Mía —me limité a decir, mientras me armaba de paciencia para comenzar a limpiar. 
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