WILL CLARK
Me tiré de espaldas en mi cama, mi corazón aún continuaba latiendo de forma desenfrenada, impidiéndome poder respirar con facilidad.
Todo había comenzado como un día normal, me presenté a la corte a atender los casos que tenía pendientes, hablé con abogados y fiscales, inclusive salí a desayunar con un par de colegas; en fin, nada parecía estar fuera de lo común, hasta que me habló uno de los guardaespaldas que mi madre puso a mi disposición, diciéndome que tenía a Tania Roberts inconsciente en su auto, por lo que me preguntaba qué hacía con ella. A partir de ese momento tuve que salir de la oficina para poder encargarme de la chica que se negaba a despertar; curé sus heridas, y la mantuve a salvo en mi casa, tratando de asimilar si mantenerla en este lugar era lo correcto, o si simplemente debía de llevarla a un hospital.
Al final, había decidido quedarme en casa, temía que, al salir de ahí, nos estuviesen esperando para acabarnos. Con suerte, Sebastián había matado a tres al tomarlos desprevenidos, pero eso no me daba la seguridad de que podría seguir haciéndolo.
Cubrí mis ojos con mi antebrazo mientras sonreía como idiota. Si Tania se hubiese despertado justo cuando le estaba curando las heridas del costado de su cuerpo, probablemente en este momento sería hombre muerto. Cerré los ojos, aún recordando como se sentía su piel contra mis dedos, lo que me hacía odiarme al sentirme como un vil abusador, a pesar de que estaba seguro de no haber hecho nada malo.
Dejé escapar lentamente la respiración. Tania estaba lejos de ser considerada una chica atractiva, era bajita, poco femenina, ruda… por lo que no podía explicarme qué era aquello que tenía esa niña que llamaba tanto mi atención. Trataba de dejar de pensar en ella, quería sacarla de mi jodida cabeza, pero lo cierto era que, ya hasta me había aprendido de memoria cada uno de sus tatuajes.
Mi celular timbró a mi lado, lo levanté y miré el nombre de mi madre centellear al compás del timbre del teléfono.
Entrecerré los ojos, tratando de decidir si contestar o no. Probablemente, ella ya sabría lo ocurrido, por lo que, no era como si se me antojara escuchar un sermón del por qué debía de viajar a París. La llamada se perdió, pero ni siquiera había transcurrido cinco segundos, cuando volvió a llamar, sabía que, si no respondía, probablemente seguiría insistiendo, por lo que, al final tomé la llamada.
—Madre —la saludé, dejando salir lentamente la respiración.
—Will, ¿Cómo es que trataron de atacar a la chica que liberaste? —preguntó, su tono de voz transmitía preocupación.
—Bueno, imagino que ya sabes la historia mejor que yo, por lo que ni siquiera deberías de preocuparte —torcí una sonrisa, al escucharla suspirar.
—William tú…
—No me voy a ir a ningún lado —la interrumpí, antes de que propusiera una vez más el irme a París—, acá tengo mi vida, y no voy a escapar de ella.
—Sebastián mencionó tu preocupación hacia esa chica —comentó, con voz sospechosa—, Tú no estarás interesado en ella, ¿Verdad?
Puse los ojos en blanco, dejando salir lentamente la respiración.
—Y si así fuera, ¿Qué, madre? ¿No soy un adulto que puede elegir lo que desea?
—Cariño, es una ex convicta —me recordó—, la acusaron de asesinar a un hombre.
—Solo es una chica que ha sufrido mucho, mamá —musité, llenándome de muchísima paciencia—, no estoy interesada en ella, solo la estoy cuidando a como tú cuidas de mí —dije, tratando de tranquilizarla—, ahora, mamá, me iré a dormir. Recuerda que tú eres el amor de mi vida —concluí, para después terminar la llamada.
Dejé el móvil a mi lado, para luego dedicarme a respirar lentamente. Ser hijo de Colette Simons podría ser una bendición, como también podía ser una pesadilla.
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TANIA ROBERTS
Saqué la camiseta de mi cuerpo con gran suavidad. Con cada movimiento brusco que hacía, sentía como si mi cuerpo estuviese siendo atravesado por innumerables púas. Tiré la camisa a un lado de la cama, para después dedicarme a mirar mi costado.
Fruncí el ceño al ver que me encontraba limpia y vendada. Las heridas que el asfalto me provocó estaban a la altura de mis costillas, a poco de llegar a mi pecho derecho; lo que me dio a entender que, si ese bastardo se había atrevido a limpiarme, probablemente se había atrevido a quitarme la camiseta.
¿Acaso se había atrevido a tocarme?
Tragué saliva con fuerza. Un fuerte temor me invadió al imaginar que otra persona pudo haberme llegado a tocar en contra de mi voluntad. ¿Era William Clark ese tipo de persona? ¿Lo había hecho simplemente para ayudarme? ¿O se había aprovechado de mi estado para toquetearme?
Me senté en la cama, dejando salir lentamente la respiración.
Una parte de mí me decía que no debía de temer; si William Clark se había tomado la molestia de poner a uno de sus guardaespaldas a que me siguiera, probablemente era porque tal vez si se preocupaba por mí sin motivo aparente. Aunque había otra parte que me decía que las personas jamás hacían algo sin esperar nada a cambio. Por lo general, siempre había una razón para hacer algo bueno hacia los demás.
¿Qué tipo de persona era ese juez? ¿Qué carajos era lo que quería de mí?
Me recosté en la cama, dejando salir lentamente la respiración. Tomé el teléfono, el cual me acababa de mostrar la llegada de un nuevo mensaje de w******p. Achiqué los ojos al ver que era de parte de un número desconocido. Antes de abrirlo, acerqué su imagen de perfil para saber de quién se trataba, a pesar de que mi corazón ya lo sabía. William Clark se encontraba abrazando a una chica asiática, a la vez que besaba su mejilla. Ambos se veían felices, era como si disfrutaran de la compañía del otro. Torcí una sonrisa mientras abría el mensaje, imaginando en lo feliz que sería el juez al lado de su novia.
“Tomé tu número, espero que no quieras patearme luego” —escribió, acompañando el mensaje con el emogi del estúpido mono cubriéndose el rostro.
Ni siquiera respondí, simplemente bloqueé la pantalla y lo dejé a mi lado.
No pasó ni un minuto, cuando la llegada de un nuevo mensaje me hizo tomar el móvil otra vez.
“¿Cómo te sientes? ¿Te duele mucho la cabeza?”
Nuevamente volví a ignorarlo. No se me apetecía socializar con las personas, mucho menos con alguien como él; simplemente pedía por una vida tranquila, sin que nadie quisiera matarme, no me urgía tener amigos ni relaciones amorosas, ya eso para mí había terminado.
“Es extraño… muy pocas veces me he sentido tan ignorado”
Me fue inevitable no sonreír, mientras trataba de girar con suavidad sobre mi estómago. Mordí mi labio inferior, obligándome a no sonreír, no debía de sentirme así, ni siquiera debería de estar abriendo sus estúpidos mensajes.
“Debería de rendirse, señorita Roberts. Soy tan intenso que no la dejaré en paz hasta que me responda”
Al final, dejé escapar lentamente la respiración, mientras escribía una rápida respuesta.
“No si tengo la opción de bloquearlo, señor juez”
“¡No seas cruel! ¿No sientes lástima por este pobre niño que no tiene amigos y que tuvo que recurrir a robar tu número para poder hablarte? ☹”
No soporté más y me eché a reír. En mi estómago de pronto se había instalado un extraño nudo que me impedía poder respirar, mientras que mis manos temblaban ocasionalmente. ¿Qué carajos era aquello que me estaba afectando? ¿Por qué mierdas sentía la necesidad de seguir contestándole a ese niño mimado? Volví a morder mi labio, tratando de no responder más, pero mis malditos dedos parecían tener voluntad propia.
“¿Por qué un hombre tan importante como usted querría hablarle a la asesina de hombres? ¿Qué no teme que le corte la garganta en algún momento?”
“Estoy lejos de creer que eres una asesina; pienso que eres un alma rota que necesita ser restaurada” —respondió.
Poco a poco, mi sonrisa se fue esfumando. Bloqueé la pantalla sin dar respuesta. Tragué saliva con fuerza mientras fruncía el ceño, ¿Quién se creía que era para hablarme de aquella manera? ¿Qué iba a saber él si necesitaba ser restaurada o no? Nadie tenía derecho a opinar sobre mi vida, mucho menos un completo desconocido.
—¡Vaya! Por un instante logré ver a mi hermana —volví a girar en la cama, Taydon se encontraba de pie, a un lado de la puerta.
Me encontraba tan absorta en mi teléfono, que ni siquiera me había percatado de su presencia. Él avanzó hacia mí y se sentó a mi lado, a pesar de que en la mañana le había dicho que no lo quería volver a ver en mi habitación.
—¿Quién es él? —me preguntó, desviando la mirada de mi rostro, ante mi notorio golpe al costado del abdomen—, ¿Qué mierdas te pasó? —cuestionó, de pronto, su rostro cambiando a la preocupación absoluta.
—Bueno, decídete. ¿Qué quieres saber? —bromeé, mientras buscaba mi camisa para volver a ponérmela.
—Tania, ¿Cómo te hiciste eso?
—Me caí de la motocicleta, ¿Feliz?
—¿Tú? —indagó con incredulidad—, eres muy buena conductora, no creo que haya sido eso.
—Eres libre de creer lo que quieras, Taydon. A mí me da igual.
—¡Escúchame, Tania! —me estremecí en cuanto mi hermano colocó sus manos sobre mis hombros, para obligarme a mirarlo a los ojos.
Su labio inferior temblaba, mientras que su mirada me transmitía dureza.
—Estoy harto de sentir compasión por ti, estoy cansado de verte maldecir el mundo cada día que pasa. Sé que lo que pasaste debió de ser terrible, pero la vida sigue; tienes una familia que te ama y te necesita, ¿Por qué no esforzarse en dejar esa coraza que has puesto a tu alrededor? ¿Por qué no hacer un pequeño esfuerzo en dejarte querer otra vez? Extraño a mi hermanita, extraño a aquella chica que solía salir de fiesta conmigo y que se reía a carcajadas de cada decepción amorosa por la que yo pasaba… extraño tus consejos, tus abrazos y que me repitas una y otra vez que soy tu alma gemela.
Mi mellizo bajó su rostro, las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos mientras se llenaba de sollozos. Solo pude observarle, mi hermano no dejaba de llorar, sus hombros subían y bajaban por la cantidad de sollozos que lo embargaban.
¿Qué se supone que debía de hacer? ¿Abrazarlo? ¿Consolarlo? Ni siquiera sentía pena por verlo llorar, pero al final, decidí que por aquella noche no me comportaría como una perra sin sentimiento, así que solo me limité a envolverlo en mis brazos y permitirle que llorara en mi hombro.