TANIA ROBERTS
Maldito Clark, ¿Quién se creía para haber besado mis dedos de esa manera? ¿Quién se creía al querer entablar una conversación conmigo? ¿Qué no sabía quién soy?
¡Claro! ¡Claro que el muy cretino sabía quién era! Él más que nadie sabía qué tipo de persona era, y aún así, se había atrevido a decir que terminaríamos siendo amigos.
Lo había notado observándome, cada vez que iba a ese dichoso gimnasio, él se dedicaba solo a mirarme de lejos, cosa que comenzaba a molestarme, pues ahora, siempre me encontraba en alerta, viendo el peligro venir de cualquier hombre. Jamás permitiría que un hombre volviese a tratar de abusar de mí, estaba lista para defenderme, aún así, si se trataba de un juez.
Di un respingo al ver los dedos de mi padre al ser tronados frente a mi rostro, parpadeé en varias ocasiones para así poder concentrarme en él.
Nos encontrábamos sentados frente a la isla cocina, tomando el desayuno. Mi madre no dejaba de parlotear con Taydon y mi padre sobre su guardería canina y las mejoras que quería hacerle. Yo me había perdido desde la segunda oración que salió de sus labios, pues, a decir verdad, no me importaba lo que pudiese ocurrirles a los pobres animalitos abandonados.
—¿Qué? —pregunté con brusquedad al ver la atención de todos sobre mí.
—¿Por qué pareciera que acaricias tus dedos mientras te ves en otro mundo? —cuestionó papá, viéndome con una ceja alzada.
Me encogí de hombros, tomando la taza de café entre mis manos.
—Solo estaba pensando en lo delicioso que se siente golpear el saco de boxeo mientras imagino que es el rostro de Jeremy Lee el que golpeo.
Taydon casi se ahoga con su jugo de naranja mientras que mi madre se alteraba ante mi nuevo humor n***o, del cual graciosamente aún no se acostumbraba, a diferencia de mi padre y mi hermano, quienes se habían acostumbrado e incluso solían reírse de las idioteces que hacía o decía.
—Cielo, ¿Jamás vas a olvidar lo que pasó con ese muchacho? —preguntó ella, a la vez que se dedicaba a mirar de una mala manera a mi hermano, quien no podía contener el ataque de risa.
—¿Debería? —cuestioné en respuesta—, el bastardo me atormenta en mis sueños, por lo que, el imaginarme golpeándolo hasta la muerte otra vez, es lo que me hace estar cuerda —musité, encogiéndome de hombros.
Mi padre intercambió una mirada con mamá, después observó a mi hermano quien de pronto, se había quedado en completo silencio. En ese instante entendí que ellos ya lo sabían, con aquellas simples miradas que intercambiaron entre sí, comprendí que el sapo de Taydon les había dicho. Él se quedaba en mi habitación algunas veces, insistiendo en querer permanecer a mi lado para cuidarme, me tranquilizaba cuando despertaba gritando y después me abrazaba hasta que me quedaba dormida otra vez.
—Eres un grandísimo chismoso, Taydon —le dije de una vez, mostrándole mi dedo medio.
—¡Tania! ¡Respeta a tu hermano! —exclamó, exhortándome ante según ella, mi falta de respeto hacia mi hermano.
Volteé los ojos, mientras me ponía de pie, ignorando por completo a mi madre. Continué con mi mirada fija en mi hermano, descargando con solo mirarlo toda la rabia que sentía hacia él. Taydon solo me dedicó una suave mirada, a la vez que sonreía con dulzura, lo que inclusive me hizo enojar aún más.
—No quiero que vuelvas a ingresar a mi habitación, Taydon, y ten en cuenta que, si lo haces, me vas a conocer realmente.
Él tragó saliva con fuerza, sus manos se cerraron en puños sobre la mesa, pero aún así, jamás alejó su mirada de la mía.
—Entiende algo de una vez por todas, Tania. Eres mi hermana, mi alma gemela, la persona con la que incluso compartí el vientre de mi madre —alargó, sus palabras penetrando mi cabeza como si fuesen enormes golpes—, ¿Quieres que te deje en paz? No lo conseguirás. ¿Quieres que dejes de hablarte? No lo lograrás. ¿Quieres que deje de preocuparme por las malditas pesadillas que te atormentan casi todas las noches? ¡Pues crees! ¡No lo haré!
Él se puso en pie, cerniéndose sobre mi pequeño cuerpo. El pelirrojo pasó una mano por su cabello, sus hombros subían y bajaban en una constante respiración irregular. Él continuaba desahogándose, sin importarle la presencia de mamá y papá, quienes veían todo en absoluto silencio.
—¿Sabes por qué? Porque me niego a perder a mi hermana… me niego aceptar el hecho de que mi hermanita terminará convertida en un monstruo.
Escondí mis manos, llevándolas hacia atrás; no quería que me viera temblar, no deseaba que notara que sus palabras habían logrado sensibilizarme. Tania Roberts jamás volvería a ser débil, Tania Roberts nunca volvería a encariñarse con una sola persona.
—Vete al diablo, Taydon —me limité a decir, desviando la mirada—, solo tal vez así dejarás de meterte en mis malditos asuntos.
Me giré para salir de ahí, pero la voz de mi padre me hizo detenerme nuevamente. Lo miré sobre mi hombro, dedicándole otra vez una fría mirada.
—No me importa lo que digas, y me importa un bledo si te niegas; te hemos sacado una cita con Cloud Thomas, necesitas ayuda profesional —puse los ojos en blanco al escuchar el nombre del primo favorito de mamá.
Eso era lo único que me faltaba, que a mis adorados padres se les ocurriera la brillante idea de escuchar las estúpidas frases de un inútil psicólogo. No tenía nada contra él, incluso me agradaba al ser el hijo de la tía Sky, pero el que ahora quisiera meterse conmigo en el área emocional, comenzaba a despertar en mí un sentimiento de repudio hacia él.
—No pretendo ver a un estúpido psicólogo —le aclaré, sin dejar de mirarlo—, no pienso siquiera abrir mi boca para decir algo, así que por favor… no gasten su dinero, no lo hagan perder el tiempo, porque no lo veré —les advertí, sin dejar de mirarlos—, ahora por favor, vuelvan a sus asuntos y déjenme a mí en paz —terminé diciendo, para después comenzar a caminar hacia la salida.
Necesitaba escapar de ahí, tan solo requería subir a mi motocicleta y conducir hasta que los latidos de mi corazón volvieran a la normalidad.
Subí en mi adorado medio de transporte y salí a la calzada, aceleré y enseguida, comencé a colarme entre los vehículos. Mis manos temblaban, mi garganta se sentía seca y rasposa, necesitaba tan solo llegar al gimnasio y poder así descargar toda la furia que tenía contenida, golpeando el saco de boxeo. Era muy temprano, por lo que, por suerte, no encontraría ahí al imbécil del juez que ahora pretendía convertirse en mi amigo.
Tan solo me hacía falta un par de cuadras para llegar al lugar, cuando un vehículo n***o se me atravesó enfrente, ocasionando que frenara de repente y me fuese al suelo derrapando en la motocicleta, la cual se estrelló enseguida contra la acera de la calle. Hice una mueca al sentir como el costado izquierdo de mi cuerpo traqueó, a la vez que sentía un terrible ardor donde probablemente me había raspado. Traté de ponerme en pie enseguida, tratando de conseguir la navaja de mi cabello al ver a un par de grandes hombres uniformados, salir de aquel vehículo n***o para después comenzar a caminar en mi dirección.
Ni siquiera tuve la oportunidad de conseguir la navaja, pues enseguida, un golpe con la culata de un arma que provino desde atrás me hizo perder el conocimiento.
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Desperté desorientada, tomando con mis manos puñados de una sábana. Me senté, y traté de mirar lo que había a mi alrededor, todo estaba oscuro y silencioso, lo que me hizo preocuparme al ni siquiera saber dónde estaba.
Hice una mueca y gruñí al sentir mi cabeza palpitar ante un fuerte dolor que comenzó a invadirme, situación que me hizo recordar lo que había ocurrido. Me habían acorralado, me lastimé cuando caí de la motocicleta y cuando traté de defenderme, alguien me noqueó desde atrás.
—Señorita Roberts, está despierta —una voz provino del extremo opuesto al que me encontraba.
Una lámpara se encendió, dejando a la vista el rostro de William Clark. Él se encontraba sentado en un sofá blanco, con su mirada fija en mí. Hasta ese punto fue cuando comencé a observar con detenimiento el lugar en el que me encontraba. Estaba acostada en un gran y cómodo sofá, cubierta con una sábana de seda; aquel lugar era enorme, decorado con finos muebles de estilo victoriano. A un lado de la puerta, había un gran ventanal que me dejaba ver el exterior, la noche había caído, pero las lámparas que daban luz fuera de aquellas paredes me hicieron entender en dónde me encontraba, era uno de los residenciales más ricos de toda Utah.
Subí una mano y acaricié el sitio lastimado en mi cabeza, fruncí el ceño al sentir aún un rastro de sangre seca. ¿Qué carajos me había sucedido? ¿Acaso ese sujeto me había raptado?
—¿Tú hiciste esto? —le pregunté, mientras trataba de levantarme, cosa que no pude hacer ante el fuerte dolor que palpitaba en el costado de mi cuerpo.
Él negó con la cabeza, mientras se levantaba para después caminar hacia mí.
—Supongo que fueron los matones del senador Lee —comentó, deteniéndose cerca del sofá, observándome aún de forma cautelosa, era como si temiera que le arrancara la cabeza en cualquier momento.
Lo miré fijamente.
—¿Cómo terminé en este lugar?
—Uno de mis guardaespaldas te trajo —asintió en mi dirección—, él te salvó la vida.
—¿Qué? —pregunté, sintiéndome aún más confundida de lo que ya estaba—, ¿Cómo podría haberme encontrado?
—Porque le pedí que te siguiera —respondió, como si fuera lo más natural del mundo—, una cosa más por la que agradecerme, ¿No lo crees? —bromeó, levantando una ceja en mi dirección—, le pedí que te trajera hasta acá, no estaba seguro de si querrías que tus padres subieran que intentaron raptarte.
Asentí, desviando la mirada. De pronto, estaba odiando el tener que deberle más favores a ese sujeto, del cual no tenía ni la menor idea el por qué se estaba preocupando por mí.
—Gracias —dije con sinceridad—, me has salvado la vida… dos veces.
Volvió a asentir, tomándose el atrevimiento de sentarse a mi lado.
—No hay de qué —musitó, tratando de mirar el golpe en mi cabeza—, has pasado algunas horas inconsciente, ¿Quieres que te lleve a un hospital?
—Estoy bien —le aseguré—, ¿Qué pasó con los sujetos?
—Muertos —respondió, levantando los hombros—, digamos que mis guardaespaldas tienen la orden de matar a los que intenten hacernos daño.
—¿Hacernos?
—¿Qué creías, Tania? ¿Qué solo han intentado atacarte a ti? —torció una sonrisa, negando con la cabeza—, ¿Crees que solo tú te has sentido observada? —suspiró lentamente, mientras ladeaba la cabeza—, digamos que cuando decidí decir que eras inocente, firmé con ello mi pena de muerte —confesó, sin siquiera titubear al decirlo—, dime, ¿Quieres que te lleve a tu casa o deseas pasar la noche aquí? No tengo problema si decides quedarte, tengo muchas habitaciones desocupadas, además, me comuniqué con tus padres, los cuales quedaron encantados de que su hija rebelde tuviera un amigo.
No dije nada, solo me dediqué a observarle. Un horrible malestar se había instalado en mi pecho al escucharlo decir todo aquello. No sabía que tenía un guardaespaldas… ni siquiera llegué a pensar que ese sujeto corría peligro tras haberme liberado. ¿Cómo se suponía que debía de sentirme? ¿Qué sucedería si lo llegasen a matar por mi culpa? ¿Tendría la responsabilidad de una muerte más sobre mis hombros?
¡Maldita sea! Si hubiese sabido lo que pasaría después de asesinar a Jeremy Lee, jamás me hubiese entregado, simplemente hubiera desaparecido el cadáver y hubiese seguido con mi vida… pero ahora, no solo querían matarme a mí, también querían acabar con aquel que me permitió salir de prisión.
—Quiero irme a casa —concluí, para después comenzar a levantarme.