Diez. “El gimnasio”

1890 Words
TANIA ROBERTS   Me encontraba acostada sobre una camilla, permitiendo que aquel hombre lleno de tatuajes me hiciera un nuevo dibujo en mi piel. Mi brazo izquierdo ya casi no tenía espacio libre de tinta, solo me había tardado tres meses en cubrirlo de diversos dibujos. Tres malditos meses que habían sido llenos de pesadillas, pesadillas donde algunas veces veía morir a mi padre, otras veces era mi madre y la mayoría de los casos, terminaba siendo Taydon… tres nocivos meses donde no me confiaba ni de mi sombra. Algunas veces, cuando caminaba sola por la calle, sentía que alguien me seguía, era como si siempre estuviese siendo vigilada, era como si aquellos hijos de puta simplemente estuviesen esperando el momento oportuno para atacarme. Esa era la razón por la que siempre estaba sola, no me convenía que me vieran con algún m*****o de mi familia, no deseaba que alguno de ellos pagara por algo que solo yo, debía de pagar. —Me cuesta creer que ni siquiera te quejes, chiquilla —musitó aquel alto hombre, que, por alguna extraña razón, aún no me había corrido de su local, a como solían hacerlo todos a los que había visitado anteriormente, justo cuando se enteraban de mi pasado. Ya era la tercera vez que había venido a tatuarme con él, lo que me dejaba dos opciones: no se había enterado, o simplemente no le importaba. —He sufrido cosas peores —me limité a contestar antes de concentrarme otra vez en mi teléfono celular. Mi vida se había vuelto un tanto solitaria y rutinaria. La chica que solía tener una gran vida social había muerto, mis “amigos” jamás volvieron a hablarme, lo que definitivamente me tenía sin cuidado, así que simplemente me dedicaba a conducir mi motocicleta a altas velocidades, sin llevar algún tipo de protección. Adoraba sentir la adrenalina que aquello conllevaba, el solo colarme entre los vehículos, escuchando la forma en que tocaban el claxon para que fuese más despacio, me hacía sentir invencible. Otras veces solía ir al gimnasio, amaba golpear el saco de boxeo, para así sentir la sangre correr por mis nudillos. Algunos podrían considerarme masoquista, pero lo cierto era, que esas eran las únicas formas en que podía sentirme bien conmigo misma, estas eran las únicas formas que podía dejar de ser atormentada por el maldito Jeremy Lee, al verlo asesinar una y otra vez a mi familia. —Ya estás lista —afirmó el alto hombre al limpiar los restos de sangre, con una toalla. Me levanté y miré mi brazo, el rostro de medusa se encontraba impreso en mi piel en blanco y n***o. Torcí una sonrisa, pasando mis dedos por la imagen. —Eres muy bueno, Pat —afirmé, mientras me volteaba para buscar mi cartera y pagar por su trabajo. —Hoy invito yo —musitó, negando con la cabeza en cuanto intenté pagarle—, aunque no lo creas, me caes bien, chica mala —dijo, guiñándome un ojo. Levanté una ceja, incapaz de no sonreír. —¿No te doy miedo? Pat se sentó a mi lado y golpeó de forma amistosa mi hombro izquierdo. —¿Por qué? ¿Porque se supone que asesinaste a un hombre? —él negó con la cabeza—, imagino que, si estás libre, es porque se demostró lo contrario —levantó sus hombros, restándole importancia—, y si lo hiciste… supongo que alguna buena razón tenías, lo que tampoco me importa, así que, si deseas que termine por cubrir tu piel de tatuajes, sabes que aquí estaré. Le dediqué una sonrisa con los labios apretados, asentí hacia él y después salté de la camilla. Se sentía bien saber que, aunque sea, hubiese una sola persona que no me temiera. —Supongo que nos veremos después entonces —murmuré, antes de caminar hacia la salida. Tomé mi chaqueta del perchero y luego salí del local en busca de mi motocicleta, en cuanto subí a ella, comencé a conducir con rapidez en busca del único gimnasio del cual aún no me habían corrido. Lo encontré la noche de año nuevo, había permanecido en aquel lugar por al menos una hora, antes de tener que prácticamente volar hacia la cena que preparaba la tía Sky para toda la familia. Me gustaba aquel lugar, por lo que en el fondo deseaba que no terminaran por echarme. WILL CLARK Debía de concentrar mi atención en algo más que no fuese el convertirme en una víctima de un grupo de corrupto, así que poco tiempo después de aquel juicio que marcó mi vida, decidí comprar un gimnasio, un sitio agradable lleno de hombres musculosos y sudorosos quienes se entretenían golpeando sacos y levantando pesas. Yo solo me sentaba tras un escritorio, dedicándome a observar todo a mi alrededor, mientras que Edgar se encargaba de dirigir las sesiones de ejercicios de los presentes. No había pasado mucho tiempo, cuando la miré entrar. Llevaba un par de semanas de venir casi todos los días, se detenía frente al mismo saco y lo golpeaba por al menos dos horas, sin ver a su alrededor, sin preocuparse de que muchos de ahí prácticamente se la comían con la mirada. La seguí con la mirada, en cuanto encontró su habitual saco, se quitó su chaqueta de cuero n***o y luego sujetó su largo cabello rojo en una coleta alta. Sonreí al ver en su brazo izquierdo un nuevo tatuaje impreso en su piel. Ya con aquella imagen de medusa, su brazo se encontraba prácticamente lleno de tinta. La miré acariciar el saco, pegó su frente contra él y después dio unos pasos atrás para comenzar a golpearlo. Cada día que llegaba, hacía el mismo ritual antes de iniciar a lastimar sus dedos, incluso podría decir que me había aprendido de memoria cada uno de sus gestos. Una vez más, me quedé ahí, apoyado contra la madera del escritorio, observándola como un vil acosador. Algo me instaba a que me acercara, a que le preguntara cómo estaba, necesitaba saber si aquellos hijos de puta la habían estado vigilando a como lo habían estado haciendo conmigo, pero no encontraba la manera de hacerlo. La primera vez que entró, intenté hablarle, me acerqué y me quedé a su lado, pero al final había quedado como un completo imbécil, pues ella ni siquiera me había levantado a ver. —¿Entonces qué? —desvié la mirada cuando escuché la voz de Edgar, el moreno me veía con diversión, en sus labios se dibujó una sonrisa maliciosa—, ¿Un segundo intento, jefe? —¿De qué hablas? —pregunté, haciendo como si no era conmigo. Él se encogió de hombros, mientras miraba en dirección de Tania Roberts. —Cada minuto que esa chica pasa en este lugar, la miras como un vil acosador, ¿No es más fácil acercarse y hablarle? Negué con la cabeza, dejando salir lentamente la respiración. —No quiero que lastime mi orgullo otra vez —bromeé, golpeando mi pecho con suavidad. Edgar se echó a reír, sacudiendo la cabeza. —Venga, hombre. Que bien dice mi madre que una gota en una piedra hace hueco —murmuró, antes de girarse y volver a caminar en dirección del hombre que lo llamaba. Regresé mi atención hacia la pelirroja que parecía disfrutar el hecho de destruir sus dedos contra aquel saco; ella solía ser silenciosa, trataba de pasar desapercibida, lo que probablemente provocaba que más se centrara la atención de los presentes en ella. Muchos solían verla de lejos, tal y como yo lo hacía, pero nadie se atrevía a acercarse a ella. Tania Roberts tenía una especie de muralla a su alrededor, muralla que hacía que cualquier persona temiera acercarse. Desvié la mirada hacia Edgar, quien una vez más me hizo un gesto con la cabeza para que me acercara. Así que al final lo hice, necesitaba demostrarme valor a mí mismo de por lo menos poder sacarle una palabra a aquella chica. Caminé hacia ella con paso seguro, respirando pesadamente, sintiendo como un tremendo frío recorría mi columna vertebral, un frío que me indicaba que lo mejor sería ni siquiera tratar de socializar con la mujer por la que había puesto mi vida en riesgo. Pero como siempre, no obedecí a la razón, terminé por llegar a ella, me detuve tras el saco y se lo sostuve para que continuara golpeándolo, era consciente de que había captado la atención de todo el gimnasio y que probablemente, si no conseguía que me hablara, me convertiría en el hazme reír de todos, otra razón por la que me arrepentí de haber llegado hasta ahí. —Creo que ya nos conocemos —comencé a hablar, sintiéndome un poco intimidado ante su presencia. Ella no me miró, al igual a como lo hizo la primera vez que ingresó a este lugar. Pero esa no fue razón para rendirme. —¿Cómo has estado? ¿Cómo ha sido tu vida desde que recuperaste tu libertad? Por primera vez, ella me levantó a ver. Un par de enormes ojos verdes me observaron con fastidio, era como si comenzaba a hartarse de tener a un molesto chico a su lado. —William Clark, su señoría, señor juez, magistrado... —comenzó a hablar, torciendo una sonrisa. Poco a poco solté el saco que mantenía presionado con mis manos. Sabía que ella estaba hablándome con sarcasmo y burla, pero mi nombre había sonado tan bien al salir de sus finos labios, que deseé poder pasar toda la noche escuchándola decir mi nombre. —Claro que lo recuerdo, si fue el idiota que me dio la libertad sabiendo que era culpable —murmuró, sin dejar de sonreír—, ¿Quiere que le agradezca? Pues bien, le doy las gracias por sacarme del lugar donde probablemente tendría una muerte segura, ahora, si no es mucho pedirle a su señoría, ¿Podría dejar de joderme la vida de una vez por todas para así poder terminar mi rutina? Ella hizo una reverencia, a la vez que me indicaba con la mano por donde debía de marcharme. Me enderecé poco a poco, tratando a toda costa de no mirar a mi alrededor, no quería presenciar rostros llenos de burla, no quería siquiera volver a ingresar a mi propio local. Permanecí en ese mismo sitio, dedicándome a mirarla directamente a los ojos, tratando a toda costa de poder encontrar las palabras que había perdido… ¡Carajo! ¡Hasta había olvidado como hablar! Me aclaré la garganta, pasando una mano por mi cabello oscuro. En ese instante me prometí a mí mismo no rendirme, justo en ese momento Tania Roberts se había convertido en mi reto personal. Costara lo que costara, lograría atravesar esa fría máscara que se había puesto sobre sí misma; William Clark lograría traer de regreso a aquella chica que probablemente murió cuando ese cerdo abusó de ella. Antes de marcharme, atiné por sonreírle, mientras estiraba una mano y tomaba una suya, antes de que ella lograra liberarse, la llevé hasta mis labios y deposité un pequeño beso en sus nudillos lastimados. Por un instante ella se quedó perpleja, antes de jalar de su mano con dureza. —Algo me dice que terminaremos siendo buenos amigos —concluí, para después girar y caminar en dirección opuesta. 
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