WILL CLARK
—Debes de regresar a París de forma inmediata —mandó mi madre en cuanto se sentó frente a mí en la isla de la cocina—, no necesitas de este trabajo, tú y Shio lo tienen todo. Incluso, puedes viajar por el mundo con tu hermana si lo deseas, pero no quiero que permanezcas en este lugar un día más.
Volteé los ojos. Claro que guardar el secreto a mi madre había sido complicado, desde que se dio cuenta de la visita misteriosa de mi padre, debimos de confesar qué era lo que había ocurrido, por lo que, la mujer terminó de atender algunos asuntos en París, le dejó una montaña de trabajo al tío Adrien y después, voló hacia Utah. Llevaba ya un poco más de una semana conmigo. Incluso, había estado entre el público del juicio, observando todo con cautela, según ella, quería conocer a quienes se estaban atreviendo amenazar a su bebé.
—Si me escuchaste, ¿Verdad, Will?
Su mirada irradiaba terror, era como si en el fondo sabía que no iba a obedecerla.
Asentí hacia ella, dedicándole una pequeña sonrisa. Estiré una mano y entrelacé mis dedos con los suyos.
—Madre, te amo. Sabes que siempre has sido y serás el amor de mi vida —comencé, mientras que estiraba mi otra mano para acariciar sus dedos—, pero no voy a ir a ningún lado. Me quedo acá, siento a Utah mi hogar, por lo que, no pretendo comenzar a escapar.
Sus ojos se cristalizaron de inmediato, mientras que su labio inferior comenzaba a temblar ante la frustración. Mi madre siempre se ha caracterizado por ser una mujer fuerte, la cual no suele demostrar su frustración o dolor mediante lágrimas, por lo que, ahora me sorprendía el hecho de verla luchando para no romper a llorar.
—Will… si a ti te pasa algo, yo me muero —musitó, su voz quebrándose cada vez más.
Le sonreí, tratando de transmitirle paz.
—Tengo casi veinticinco años, mamá. Soy lo suficientemente responsable como para poder tomar mis propias decisiones, además, de que soy capaz de afrontar las consecuencias de lo que estas me traigan.
Ella dejó salir lentamente su respiración, parpadeó en varias ocasiones, tratando de apaciguar así las ganas que tenía de romper a llorar. Al final, solo terminó asintiendo en mi dirección.
—Aunque quisiera, sé que no puedo obligarte a hacer algo que no deseas —musitó, frunciendo levemente los labios—, pero doblaremos la seguridad, tendrás tres o cuatro guardaespaldas, ni siquiera sabrás quienes son —ella hablaba de prisa, como si quisiera solucionar todo a la velocidad de la luz, lo que me hizo torcer una sonrisa—, nadie lo sabrá, cualquier civil que veas a tu lado puede ser alguno de ellos, por lo que, tendrás tu privacidad al sentir que estás solo, a la vez que te sentirás seguro al saber que alguna de las personas que te rodean, es la encargada de protegerte.
Me levanté y me incliné sobre la isla de la cocina para besar su frente. Amaba a aquella bella mujer controladora, y sabía que sus excesivos cuidados eran simplemente porque me amaba.
—Como usted diga, señora —le susurré, sin dejar de mirarla—, si desea poner a cien guardaespaldas a mi alrededor, lo aceptaré, con tal de que tengas la tranquilidad de que su hijo está bien.
Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Tomó una de mis manos y la llevó hasta su mejilla, presionándola ahí mientras dejaba salir lentamente la respiración.
—Sabes que te amo con el alma, William Clark.
Asentí hacia ella.
—Lo sé.
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TANIA ROBERTS
Mi madre se había encargado de preparar la cena como para diez personas, cuando en realidad éramos solo cinco. Había pollo, carne al horno, espagueti, pastel, verduras salteadas, vino… en fin, un sin número de cosas que hacían que mi estómago rugiera.
Esos meses que pasé en prisión no me había alimentado bien, la comida era horrible, lo que más bien hacía que sintiera tremendas ganas de vomitar.
—Tania, cariño. Puedes comer todo lo que quieras —levanté la mirada y miré a mamá. Ella me veía con tal adoración al punto que hasta ese momento me percaté de la forma en que estaba observando la comida en la mesa.
—Comeré un poco —asentí, tomando los cubiertos en mis manos.
—No te culpo, la comida en prisión es horrenda —comentó mi padre, dedicándome una pequeña sonrisa.
Llevé un pedazo de carne a mi boca, cerré los ojos y me dejé llenar por aquel delicioso sabor a mostaza miel que tanto me gustaba.
—Esa comida casi que no es apta ni para los cerdos —agregué al comentario de mi padre.
—Sería bueno que en esta mesa no se hable más acerca de la prisión —musitó mamá, observando con dureza a mi padre, quien solo sonrió y se encogió de hombros.
—Solo una cosa más —dijo él, regresando a mirarme—, ¿Usaste el obsequio que te dejé? No he tenido la oportunidad de preguntártelo —me guiñó un ojo, lo que me hizo torcer una sonrisa al saber a qué se refería.
Asentí hacia él, sintiendo de pronto un gran orgullo al saber que me parecía a él.
—Casi le corto la garganta a una chica con ese gran obsequio —le conté.
Mi padre se partió de la risa, mientras que el tenedor que mi madre mantenía en su mano se estrelló contra la mesa.
—¡Tyler! ¡Basta! —lo regañó, volteando a mirarlo con dureza—, ya ese tema lo superamos, aprendamos ahora a vivir como la familia feliz que hemos sido desde siempre.
—Lamento defraudarte, madre —musité, dejando los cubiertos a un lado para después llevar una servilleta hasta mis labios—, pero conmigo no podrás contar para obtener esa felicidad que tanto deseas.
Miré a Taydon y al tío Shane, quienes habían estado en absoluto silencio desde que nos sentamos frente a la mesa. Taydon negó con la cabeza, dejando salir lentamente la respiración.
—Ni siquiera te reconozco —susurró mi mellizo a mi lado.
—Mucho gusto, Tania Roberts, la asesina de hombres —me presenté ante él, de forma sarcástica—, ahora si me disculpan, me voy a tratar de descansar.
Ni siquiera esperé a que alguien más dijera una sola palabra.
—Tania ha pasado por mucho, deberás de tenerle paciencia —fue el último comentario que escuché por parte del tío Shane, antes de desaparecer por las escaleras.
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Me senté al pie de la cama, dedicándome a mirar mis nudillos lastimados al haber golpeado aquel viejo y raído saco en tan repetidas ocasiones. Definitivamente necesitaba encontrar un gimnasio y pronto, deseaba sentir otra vez el ardor en mis dedos al golpear un saco de boxeo, esa era la única manera de poder apaciguar aquel horrible fuego que sentía por dentro.
Me volteé para mirar la muñida cama tras de mí, pensando en que únicamente debería de acostarme y cerrar los ojos, mi cuerpo necesitaba relajarse, dejar de pensar en que alguna vez estuve encerrada, cosa que comenzaba a verlo difícil, una parte de mí sabía que no había ganado mi libertad, y que más bien, había firmado mi sentencia de muerte.
—¿Se puede? —la voz de mi hermano se hizo oír a través de la puerta, trayéndome de regreso.
—Supongo que sí —respondí.
Él abrió la puerta, su mirada se posó sobre una cama completamente vacía, para después posicionarse en mí. Él torció una sonrisa, antes de caminar y sentarse a mi lado en el suelo, apoyando su espalda contra la cama.
—¿Cómo estás? —me preguntó, moviendo su mano para tratar de tomar la mía.
Moví mi mano y la coloqué sobre mis muslos, impidiéndole siquiera tocarme.
—Lo lamento —musitó, desviando la mirada.
—Taydon, no quiero sonar cruel contigo, pero por favor, deja ya de pretender que tu melliza, tu alma gemela a como solías decirme, sigue aquí —le aclaré, viéndolo directamente al rostro—, aquí solo existe un monstruo frío que perdió sus sentimientos desde hace mucho. Un monstruo que no permitirá que alguien vuelva a hacerle daño —aclaré, antes de levantarme para después caminar hacia la cama—, ahora si me disculpas, voy a tratar de dormir.
Me metí a la cama y me eché la cobija encima, esperando el momento en que mi hermano se retirara. Cerré los ojos y mordí mi labio inferior con fuerza, sintiendo como mi corazón comenzaba a acelerarse. No podía ser cruel con ellos, no podía hacerlos entrar a mi vida otra vez, tal y como lo éramos antes, solo tal vez así, su dolor sería menos si en algún momento llegasen a matarme.
Con aquel pensamiento, me dejé vencer por el sueño, lo cual se había convertido en una horrible pesadilla.
Me encontraba en un oscuro callejón, al fondo de este, comencé a escuchar voces, siendo una de ellas la voz de mi hermano, quien pedía ayuda. Me eché a correr, gritando que lo soltaran, mientras buscaba en mi cabello la navaja que mi padre me había obsequiado, obsequio que nunca encontré y justo cuando llegué de dónde provenían las voces, pude presenciar el momento en que le dispararon en la cabeza.
Me detuve, viendo como su cuerpo se desplomaba hacia a un lado, el hombre frente a él comenzó a reírse, antes de girarse lentamente hacia mí. Mis ojos se llenaron de lágrimas, mi corazón prácticamente dejó de latir, frente a mí, se encontraba el mismísimo Jeremy Lee.
—Esto es apenas el comienzo de tus tormentos, chica fría —musitó.
Solté el aire con fuerza mientras me sentaba en la cama, mis manos tomaban puños de la sábana completa, mi respiración se encontraba entrecortada, mi rostro se encontraba cubierto de una fina capa de sudor; aquello había sido solo una pesadilla… una maldita pesadilla donde el protagonista había sido el bastardo que murió bajo mi propia mano.
Una mano cubrió la mía, lo que me hizo saltar de la cama aún con el terror inundando mi pecho. La luz se encendió, dejando a la vista el rostro adormilado de mi hermano. Él estiró su mano hacia mí, una pequeña sonrisa asomándose en sus labios.
—Solo ha sido una pesadilla, pero aquí estoy. Te cuidaré de cualquier cosa que te esté atormentando —susurró.