Ocho. “La última audiencia”

1937 Words
TANIA ROBERTS —Se ha hablado mucho de ti últimamente —Dorothi habló desde la parte de abajo del camarote—, te has ganado el respeto de todas aquí, nadie quiere meterse contigo. Torcí una sonrisa y cerré los ojos al escuchar aquello. No había sido fácil, me costó alrededor de tres meses para poder ganarme el respeto de todas, duré tres malditos meses en luchar para que no me mataran; más de una había terminado en la enfermería, mientras que a mí me encerraban en el calabozo durante una semana completa, el cual era un pequeñísimo cuarto donde prácticamente ni siquiera podía levantarme de la cama sin colchón que tenía ahí; la comida me la pasaban por una abertura en la parte de debajo de la puerta. Graciosamente, para ellos eso era un castigo, para mí era mi paz mental. Aquel era el único lugar donde podía descansar, donde no tenía que pensar que en cualquier momento intentarían matarme. —Aunque no lo creas, pienso que eres una chica buena, Tania. Cualquier otra mujer hubiese asesinado a las malditas que intentaron hacerlo contigo. Giré sobre mi abdomen, para sacar mi cabeza por un costado de la cama y poder mirar hacia abajo. Dorothi se encontraba con sus brazos apoyados tras su cabeza, sonriendo en mi dirección. —Bueno, digamos que, si asesino a alguien más aquí dentro, probablemente si me encierren de por vida —confesé. —¿Aún tienes esperanzas de salir, Roberts? —me preguntó. Asentí sin dudar. La segunda audiencia había sido un mes atrás, el tío Shane logró conseguir que se presentaran como testigos, cuatro de las siete chicas que Jeremy había violado, las cuales relataron de principio a fin, todo lo que vivieron después de que ese maldito abusara de ellas. Una mostró sus muñecas, donde trató de matarse tras no poder soportar los recuerdos que la atormentaban cada noche. Todas llegaron a la conclusión que, fuese quien fuese el asesino, le había hecho un favor al mundo al quitar tal escoria, escuchar sus testimonios me hizo sentir una vez más, orgullosa de lo que había hecho. —Cuento con uno de los mejores abogados de todo Estados Unidos, eso me da cierta confianza —confesé. Dorothi asintió. Justo ahora era mi única compañera de celda, la otra, había sido trasladada de prisión hacía mes y medio atrás, y desde entonces, no habían vuelto a meter a nadie más con nosotras. —Jamás te pregunté por qué estás aquí —musité, sintiendo una cierta curiosidad por mi compañera. Ella se encogió de hombros. —Homicidio en primer grado —confesó—, digamos que me cansé de tener a un hijo de puta maltratador a mi lado y después de acudir algunas veces a las autoridades y no tener respuesta, decidí acabar con mi infierno —dijo, mientras que en su rostro se dibujaba una enorme sonrisa—, debiste de ver su rostro cuando comencé a hacerle exactamente lo mismo que él hacía conmigo. Me eché a reír al ver la forma en que mordía su labio inferior, posiblemente al recordar dicha escena. —Me dieron siete años, ya me quedan tres —suspiró, cerrando los ojos—, cualquiera diría que perdí mi libertad al llegar hasta aquí, pero lo cierto es, que lo que yo siento es que desde que puse un pie en este sitio, fue cuando comenzó mi libertad. Regresé a mi lugar sin decir una sola palabra más. Volví a girar, para quedar acostada boca arriba otra vez. Mi pecho comenzó a subir y bajar lentamente, dándome cuenta de que, en realidad, había muchísimas mujeres que sufrían maltrato de diversas maneras por parte de extraños, amigos, e incluso sus mismas parejas. Mujeres que muchas veces suplicaron por ayuda, una ayuda que jamás llegó y terminaron con sus voces apagadas. Probablemente, había una mínima cantidad de chicas que al final se cansaban y decidían tomar la justicia en sus manos a como lo hicimos Dorothi y yo. Posiblemente, muchas de esas chicas que ahora rogaban por ayuda, continuaban siendo maltratadas. Este mundo se había convertido en un verdadero infierno. ++++ Otra vez nos encontrábamos aquí. Una sala llena de personas, un juez que no dejaba de mirar en mi dirección, dándome a entender que se encontraba cagado del miedo, mi tío Shane sentado a mi lado, revisando sus documentos con tranquilidad; tras de mí, mi padre, mi madre y Taydon, quienes no dejaban de frotar sus manos con nerviosismo y del otro extremo, el maldito fiscal que no había dejado de atacarme desde la primera audiencia, a su lado, el senador Lee, quien veía en mi dirección con notorio odio. —¿Tienes miedo? —me preguntó Shane, sin voltear a mirarme. Moví mi cabeza en negación, pues en realidad me sentía serena, optimista, algo me decía que iba a salir en libertad. —Tania, si hoy te declaran culpable juro que… —No me declararán culpable —lo interrumpí, volteando a mirarle—, tengo una leve sospecha de que esta mierda se termina hoy. Él me miró, levantó una ceja y al final terminó sonriendo. Regresó su atención a sus documentos, mientras comenzaba a tararear entre dientes una canción de Ed Sheeran. El juez solicitó a mi tío Shane que se acercara al estrado, donde se encontraba sentado el senador Lee, quien acababa de jurar en que diría toda la verdad. Ante aquel interrogatorio, me fue inevitable no separar los labios ante el asombro que sentía al ver el nivel de profesionalismo por parte de mi abogado. Él siempre había sido un hombre dulce e inocente, jamás pensé que tuviera una personalidad tan dura a como la tenía ahora. Mi tío Shane e incluso mi padre, definitivamente habían hecho un gran trabajo para recolectar las pruebas que ahora estaban siendo presentadas por él ante su señoría. Shane hablaba de unos videos de las afueras de algunos clubs, e incluso, hablaba del mío… donde prácticamente iba siendo arrastrada hacia el auto de ese hijo de puta, mientras algunos veían, reían y no hacían nada por ayudarme. Él le preguntaba al senador si tenía algún conocimiento sobre los actos de su hijo, todos en la sala veíamos al hombre, esperando una respuesta que nunca llegó. El juez solicitó a Shane los videos, pues él si deseaba verlos, mi tío le acercó la tableta, en seguida, pude escuchar el alto ruido de la música del lugar. Me dediqué a mirar al magistrado, quien observaba aquello con su ceño levemente fruncido. Miré la forma en que se dibujaba una enorme vena en su garganta, mientras tragaba saliva con fuerza. —Ya te veo en libertad, mi niña —la voz de mi padre hizo eco en mi oído, en cuanto se inclinó para acercarse a mí. Sonreí, sin poder alejar la mirada del juez. —¿Cómo consiguieron esos videos? —pregunté en un susurro. —No hay nada que se interponga ante mí, cuando deseo algo —musitó en respuesta, antes de enderezarse otra vez. Su señoría levantó una mano, pidiéndole a Shane que se retirara. Después miró al fiscal, dándole la palabra. Aquel hombre solo lo miró con frialdad, tal y como si con esa mirada le estuviese hablando, después, solo dijo: —La parte acusadora no tiene más nada que decir. El joven pelinegro asintió, mientras volvía a ver al jurado. —El jurado puede ir a dialogar, tomaremos un receso de treinta minutos y regresaremos para dar el veredicto —golpeó el estrado con su maso y después se levantó de prisa para desaparecer de la sala. El oficial se acercó y me colocó las esposas, para después alejarme de mi familia. Me llevó hasta una pequeña habitación, me pidió que me sentara y después salió. Ni siquiera hubo transcurrido un minuto, cuando un hombre alto y corpulento ingresó a la habitación. Caminó a paso seguro y se cernió sobre mi pequeño cuerpo. Levanté la mirada y lo observé con frialdad, dándole a entender que, aunque tuviera mis manos esposadas, no me intimidaba. Levantó su mano derecha y me señaló con su dedo índice. —Todos aquí sabemos que eres culpable, chiquilla —afirmó. Levanté una ceja y torcí una sonrisa. —Soy inocente, que ustedes no lo quieran aceptar, no me convierte en culpable. —Escúchame bien, Tania Roberts. Es la última oportunidad que se te está dando, declárate culpable o atente a las consecuencias. —¿Crees que me asustan tus amenazas? ¿Crees que me han intimidado con la cantidad de veces que me han intentado matar en prisión? —me puse de pie, mostrándole con aquel simple gesto que estaba lejos de sentirme aterrada—, solo traten de seguirme jodiendo la vida y verán que me convertiré en un maldito grano en el culo, el cual no los dejará de joder, hasta hacer caer esa plaga corrupta en la que se convirtieron. El hombre me observó, frunció sus labios y negó con la cabeza. —¿Eso es una amenaza? —Es una advertencia. Una estúpida sonrisa se dibujó en sus gruesos labios, a la vez que retrocedía sin pretender alejar sus oscuros ojos de los míos. —Desearás no haberte metido con nosotros, chiquilla —amenazó, antes de girarse para salir de la habitación. Me dejé caer en el sofá otra vez, dejando salir un largo suspiro. Negué con la cabeza en repetidas ocasiones, ¿En qué momento mi vida había cambiado tanto? +++ Treinta minutos después, me llevaron a la sala otra vez. El juez ingresó y se posicionó detrás del estrado. Su mirada se cruzó una vez más con la mía; era una mirada dulce, llena de simpatía, lo que me hizo sonreír. Fue hasta ese momento en que pude notar lo bueno que aparentaba ser aquel joven, el cual transmitía paz y seguridad, a pesar de verse asustado. En ese instante supe que, en definitiva, él era la persona indicada para llevar mi caso. Antes de dejar de mirarme, me devolvió la sonrisa, mientras daba un asentimiento, mostrándome una vez más, que todo iba a estar bien. Un pequeño temor se apoderó de mí en cuanto bajó su mirada a sus documentos, desvié la mirada hacia el senador y sus seguidores, quienes veían fijamente al magistrado. Cerré los ojos y suspiré, al darme cuenta que además de mí, ese hombre también estaba en peligro. —Después de presentadas todas las pruebas por ambas partes, el jurado ha tomado una decisión sobre el veredicto —comenzó a hablar el juez. Un enorme silencio se apoderó de la sala, la tensión cubrió a cada uno de los presentes. Algunos deseaban mi libertad, mientras que otros anhelaban que me pudriera en la cárcel. —A partir de este momento a la acusada se le declara inocente —afirmó, haciendo que una terrible alegría me invadiera, escuché aplausos provenir tras de mí, lo que me indicó la satisfacción que sentía mi familia—, y se le otorga la libertad inmediata —él dio un golpe al estrado con su maso y se puso de pie—, se cierra la sesión —concluyó, mientras se giraba para desaparecer de la sala. En segundos me sentí rodeaba por múltiples brazos, mamá lloraba, mientras que Taydon me decía sobre lo feliz que se sentía al haber recuperado a su melliza. Papá asintió en mi dirección, a la vez que levantaba su mirada, como si estuviera dando las gracias. En ese momento les permití que me abrazaran, solo por ese instante, les permití que celebraran conmigo mi libertad. 
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