Sé el cambio que quieres ver en el mundo.
Mahatma Gandhi
Entendía perfectamente a Brianna, aunque no estuviera de acuerdo con su forma de actuar, pero tampoco lo estaba con Rubén, es que ah… me daban ganas de pegarle con el yeso que me había sacado el doctor de urgencias, pero no. Ahora, íbamos los tres en un silencio horroroso dentro del auto.
Jamás en mi vida me había sentido tan exasperada con una persona y eso que tenía un listado largo y muy cerca de mí para poder hacerlo.
En Brianna veía mucho de como era Ro, un alma libre que quiere volar, pero está atascada por las barreras que le impone su padre. Pero a la vez se parecía mucho a mí, es que cuando la escuché tocar fue como transportarme a la sala de música de mi casa, donde cada día tocaba hasta altas horas de la noche, frente a mi público favorito (o sea Ro) hasta sacar las notas perfectas.
Y ahí recordé. No era la primera vez que estaba en esta situación, aunque cuando éramos niñas los huesos sueldan más rápido y la necesidad de brillar puede más que el dolor.
Llegamos a casa y Bri salió corriendo, ni siquiera escuchó lo que le decía su padre y menos él me escuchó a mí porque salió tras de ella, dejándome sola sentada en el auto mirando a la nada.
La lógica diría que debió ayudarme a salir ¿no? Pues nada, cero. Esperé por media hora a que apareciera a ver si se dio cuenta de que me había dejado ahí tirada y nada. Ni luces de él.
Unos golpecitos en mi ventana me sacaron de mi lucha interna entre llamarlo o no para que viniera y se encargara de mí como dijo.
—¡Dios, me asustaste Alma.
—El que se asusta!, de sus maldades se acuerda.
—¡No es por eso!
—Entonces me dirás ¿Qué mierda haces aquí en el frio y dentro del auto en vez de estar en casita?
—Pregúntale al guardaespaldas que dejaron a mi cargo—respondo un tanto molesta, pero es que esa era la verdad ¿no?
—¿Y por qué debo preguntarle a Rubén por ti si veo que ya estás solo con cabestrillo? No creo que necesites que te carguen como princesa ¿o sí, Clara Santillán?
—¡No! Bueno, no sé… Ah… mierda… no tengo idea Alma.
—Yo lo que creo es que discutiste con ese guardaespaldas que dejamos cuidándote y eso te molesta.
Resoplo derrotada, en cierta forma Alma tiene razón, me siento frustrada, pero no por mí, sino que por Brianna, ella no tiene la culpa de que a su papá se le ocurra la tamaña estupidez de no dejarla tocar, sabiendo que es un prodigio de la música.
—Ya me habría gustado a mí tocar así a su edad, Alma. Realmente Bri tiene talento, pero Rubén no lo entiende y la trató pésimo.
—Es un problema difícil de entender, querida. Sobre todo porque a su madre le encantaba la música, pero ella no tuvo los medios necesarios para lograr sus sueños y bueno, Rubén es de los que piensa que el estudio te sacará del hoyo en el que estás estancado.
Mi querido amigo la sufrió mucho, vivió en las calles desde pequeño y tuvo la suerte de encontrarse con Jex. Cuando llegaron a ser nuestros guardaespaldas eran casi o más niños que nosotros y prácticamente nos criamos todos juntos, pero Rubén siempre fue el más alejado, era como que no quería nuestra ayuda o relacionarse con nosotros y cambió solo un poquito con la llegada de Bri, su esposa— me acota para que no las confunda—, luego nacieron los niños y casi todo fue normal, dentro esa cabecita un tanto estructurada de mi amigo.
Rubén no es un hombre malo, Clara.
—Lo sé y ahora lo entiendo más todavía, ha bailado con la fea por mucho tiempo y creo que por desgracia al perder a su esposa también se perdió a si mismo, pero Alma. Los niños no tienen la culpa de eso y están pagando con su trato déspota y… A veces es mejor no meterse donde no te llaman.
—Puede ser, pero mejor entremos, mira que hace frio y tengo ganas de un buen chocolate con churros.
Sonreí porque entendí que Alma quería cortar la conversación, no solo porque hacía frio, sino porque el personaje en cuestión venía corriendo hasta el auto.
—Perdón, yo… Señorita… Alma…
—Deja de hacer tanto escándalo y ayúdanos que para peor dejaste apagado el auto y sin calefacción.
Rubén nos ayudó a ambas a salir del auto en absoluto silencio. Ya dentro de casa, el calorcito y el aroma a churros invadió mis fosas nasales.
—Esa debe ser la abuela Gloria.
Dice con una sonrisa de oreja a oreja, Alma y corre como si fuera una de sus hijas hasta la cocina, yo la sigo y ahí está la esposa de su abuelo, con todos los niños mirándola asombrados como prepara churros.
—¿Es cierto que cocinar churros es un arte, bisabuelita?
Pregunta Mateo, muy serio, mientras las mellizas asienten como si supieran la respuesta y Brianna junto a Marcos y Julián que ahora se ponen serios y fruncen el ceño como pensando que es una mentira.
—Todo en la vida es arte, querido Mateo, desde abrir los ojos en la mañana y ver el primer rayo de sol, hasta cocinar estos ricos churros, con mucho amor para ustedes.
—Que lindo suena, señora Gloria.
—Puedes decirme Bis, Julián, señor suena un tanto feito ¿no?
—Mi papá se puede enojar, nos ha dicho que debemos ser respetuosos y tratar a sus jefes de usted, no podemos— le señala Marcos, respirando profundo como si le doliera decir esas palabras, es que esos niños no pararían jamás de sufrir por culpa de los prejuicios tontos de su padre.
—Le puedes decir Glorita, abuelita, Bisabuelita, la tía de los churros o como quieras corazón.
¿Sabías que la abuela Gloria no es mi abuela bilógica, aunque si el abu Agustín?
Ni yo tenía idea de eso, las gemelas y Mateo asienten y comienzan a contarle a los niños como la señora Gloria fue como la heroína del abuelito de Alma y que hasta el día de hoy aunque pelean mucho se aman y son felices.
—Y da lo mismo la diferencia social, de r**a o lo que sea. Yo amo a ese viejo mañoso por lo que es y por lo que hemos vivido juntos. Sé el cambio que quieres ver en el mundo, donde el amor vale más que cualquier cosa me dijo una vez mi mamá.
—Wow, yo quisiera un amor así de profundo.
Dice de la nada Brianna y pienso igual que ella, sería bonito tener un amor que no le importe quién eres o de dónde vienes.
Al final, me senté con los niños y escuché sus historias, de lo que hicieron el día de hoy y como se sintieron, bueno, salvo Bri. Ella no dijo absolutamente nada, solo me miraba de soslayo como tratando de entender algo que va más allá de nuestro propio entendimiento.
Al rato después, cada uno se fue a su habitación y yo agradecía que la mía era cómoda y la más alejada de todo y de todos. Creo que esta era la primera vez que interactuaba tanto con esta familia y no porque no quisiera, era solo que no me sentía relajada junto a ellos, nunca lo hice con mi propia familia así que no sabia como interactuar con ellos de otra forma que no fuera lo estrictamente cortés para no ser desconsiderada.
Por primera vez, desde el accidente, me meto a la ducha sola y dejo que el agua escurra por mi cuerpo, el arreglo que hizo Alma para no mojar el brazo funciona lo suficientemente bien y por ende no quise que ella o alguien más me acompañara. Quería volver a ser independiente y valerme por mi misma, pero no reparé en que aun me falta para esa independencia que tanto necesito y es que no puedo secarme el cabello ya que aun no puedo levantar el brazo por sobre mi cabeza.
Estoy intentando, lo mejor que puedo, haccerlo cuando alguien golpea a mi puerta.
—Perdón no quería molestarla, Señorita Santillán.
—¿Bri?