Él se ríe, apenas, con esa risa grave que me hace sentir como si hubiera ganado una batalla pequeña. Pero luego… me atrapa con la mirada otra vez. Y esta vez no hay risas. Su mano se desliza apenas sobre mi rodilla, firme, lenta. Yo me quedo helada. Bueno, helada por fuera, porque por dentro… por dentro estoy ardiendo como si tuviera un volcán entre las costillas. —Ogro… —murmuro, con voz temblorosa. —Dime que no quieres esto —me suelta, cerca, demasiado cerca. Yo abro la boca, pero nada sale. Ni un “sí”, ni un “no”. Solo respiro, fuerte, como si me faltara aire. Mi cuerpo me traiciona: me inclino apenas hacia él, la camisa se abre un poco más. Él lo nota. Lo siente. —Eso pensé —dice, y sus labios casi rozan los míos, sin atreverse a tomarlos. El espacio entre nosotros se convie

