Luna Nueva

3762 Words
Capítulo 1 El aturdimiento casi corría por mis venas, mi mente sigue reflejando sus ojos y su condenado cuerpo. Lo había escuchado sí. Pero de oír palabras a ver hechos hay un infinito contraste, frente a mí es la encarnacion de la tentación. Las sirenas a lo largo de la historia han protagonizado miles de historias con finales devastadores, las pintan como seres llenos de colmillos y feos con olor a pescado. Pero no. Las sirenas en realidad son seres deseables y exóticos. Pienso en el tono rojizo de su cabello y noto que no conozco a nadie en estas tierras que lo tenga así. Por lo general todos somos de cabellos negros y castaños. —Encárgate de ella —le pido a la ama de llaves que llega hacia la cueva por orden mía. Pero levanto la mirada a mi madre que se aproxima hasta nosotros. Tras ella van sus doncellas pulcramente vestidas. —¿Dónde está hijo? —inquiere y me tenso. —Dentro. Ella sigue de largo introduciéndose al estanque. Sigo a la mujer que me dio a luz porque no sé qué esperar con la sirena. Había tenido que salir de su presencia debido a que había dejado de acumular saliva y necesitaba respirar. El ser mítico que ahora tiene cuerpo de mujer nos enfoca levantando la mirada. Sus ojos van directamente a los míos y las sensaciones siguen. ¿Por qué me siento así? Noto la rígida espalda de mi madre al observarla. La pelirroja la nota a ella y ambas se quedan observando. —¿Cómo te llamas linda? —le pregunta tiernamente. Madre siempre sabe que decir y cómo actuar, es un talento innato que tiene para ello. La chica desnuda le sonríe y ver como sus labios se amplían me hace desviar la mirada. Sus manos no dejan de alisar sus cabellos. —¿Cómo mi amo quiere llamarme? —inquiere y esa palabra solo me hace sentir más incómodo. —Empecemos por la palabra que acabas de decir, a él debes referirte por mí lord. La chica asiente entendiendo. —Mi lord —salen las palabras de sus labios y no sé porque siento que las está saboreando mientras me mira. Definitivamente tienes que buscar terapia Thaddeus. —¿No tienes nombre propio? —cuestiona mi madre. —Tengo, pero no es un nombre que debería salir de vuestros labios humanos —contesta con la voz llana. Hay tantas cosas que desconocemos de ellas. —Bien, hijo entonces deberías escoger un nombre para vuestra prima —dice mi madre girándose para sonreírme. —Athalía —digo como si algo dentro de mí la llamara así desde que la vio. La pelirroja me sonríe abiertamente. —Prepárala madre, enséñale todo —ordeno y sopesando el peso de sus ojos en mi cuerpo. Las oleadas de sensaciones siguen corriendo por toda mi piel y nuevamente me siento asfixiado, es como que si ella me pidiera a gritos insonoros que le mirara. Bufo. Lo hago. Nuestras miradas impactan y siento que me aturdo perdiéndome en los finos rasgos que posee. Escucho la voz de mi madre pero la siento lejana. —Thaddeus —me llama en tono elevado sacándome de mi ensoñación. ¡Maldita sea! Me raspo la garganta irguiéndome. —¿Decías madre? —inquiero desviando los ojos. Me hipnotiza verla, siento una neblina envolverme cada vez que la miro. —¿Clases de etiquetas, modales y lenguaje? —pregunta y asiento a todo. Mi madre vuelve a enfocarla y trago grueso luchando para no hacerlo yo también. ¿Se sentirá así todo el tiempo? Mi verba hormiguea y me acomodo el nudo del pañuelo que tengo el cuello. ¿Desde cuándo no tengo sexo? Llevé meses en el mar navegando sin ningún tipo de compañía femenina. «Debe ser eso lo que me tiene así» Noto a mi madre hablar con la chica y ella responderle. Mis traicioneros ojos bajan la mirada discurriendo por todo su curvilíneo cuerpo. Me estanco en las curvas que no he visto en las mujeres de este lugar. Cierro los ojos. —Saldré madre, me reuniré con lord Jacobeo —le informo y ella asiente posando su mano en mi mejilla. Gesto que me parecería demasiado tierno a no ser por la azul mirada que me tiene aprisionado aún cuando es ella la que está en cautiverio. Luego salgo dando zancadas largas para no estar más en su presencia. Mando a preparar un caballo para ir primero a los negocios en los que he invertido estos años. Ambos nos han ayudado grandiosamente con los gastos para no acabar en la quiebra, pero pienso que aún pueden dar más. Hace meses no voy a las fábricas de jabones, todo lo dejé al cuidado de mi mejor amigo, el hijo de Othello, mi mayordomo. El camino se me hace corto saciándome de la brisa mañanera que hacía meses no disfrutaba mientras diviso la abarrotada mañana en Radcliff. Los muros de mi propiedad se van haciendo visibles para mí y entro abriéndome paso. Bajo del caballo y me apresuro dentro de la fábrica. El olor a lavanda y flores llena mis fosas nasales. Los obreros están sudados y su ropa de trabajo está sucia, en tanto me ven con fijeza cuando doy pasos hasta el despacho principal de la fábrica. Subo varias escaleras y escucho a mi amigo gritarle a dos sujetos, me aproximo dejándome ver por los tres. Octavius se asombra y corre casi a mi encuentro con emoción. Ambos somos de la misma edad, nos criamos juntos en el castillo. Me abraza. —Ya estaba de los pelos porque no tenía noticias del Lake —expresa separándose de mí. —Mi barco llegó en la madrugada al puerto, necesitaba privacidad... Encara una ceja mirándome. Noto los dos sujetos a sus espaldas. —¿Qué sucede? Octavius gira su cara hacia los dos tipos y al momento su facción se pone rígida. —Esos desgraciados estaban robando jabones... Los observo fulminándolos. Sus rodillas caen al suelo cuando perciben mi furia emanar de mis poros. —Disculpe señor, necesitábamos dinero para poder darles de comer a nuestros hijos... —¿Y por eso tienen que robar? —espeto. —Lo sentimos mucho —ruega el otro—, es que hace tres meses no recibimos la paga y nuestros hijos... Mis ojos recaen en mi amigo instantáneamente. —Necesitamos el dinero —tercia cruzándose de brazos. Suspiro. —Vuelvan a sus labores, yo mismo hoy pagaré el dinero acordado —zanjo y ambos asienten y salen de mi vista. Me adentro al despacho grande donde administro todo. —Eres muy blando... Trato de calmarme. —No soy blando Octavius, ellos también tienen necesidades —repongo. —Tú tienes una deuda y un título que mantener —contraataca. —No lo haré explotando personas —le grito perdiendo los papeles. Sé que todo está en juego y que este negocio es la mayor entrada que tengo ahora mismo, pero esas personas también tienen familias y necesitan que comer. —Págales hoy mismo... —Los impuestos —me recuerda. —Sé cómo solucionarlo. Entreabre los labios. —¿Cómo demonios vas a pagar casi la mitad de los impuestos? Ya no queda nada en el arca de tu familia —comenta. Sus ojos negros esperan una respuesta. —La encontré —le digo. —¿Cómo? —Encontré la sirena —afirmo viendo su cara contraerse por el asombro. —¡Diablos! ¿Y cómo fue? Las imágenes de ese día se reproducen en mi mente. El sudor comienza a hacer una capa en mi piel en cuestión de segundos y la ansiedad se me atora en la garganta. Paso saliva zafandome de un tirón el nudo que está atado en mi cuello. —Difícil —farfullo a Octavius. Su mirada me escruta. —¿Entonces eran ciertas las leyendas? Asiento. —Gracias amigo. Por quedarte y ayudarme en esto... Me sonríe. —Eres mi hermano Thaddeus. Afirmo sonriendo. —¿Y cuándo me la vas a mostrar? —inquiere elevando una ceja. Fue el único de mis amigos que creyó y confió en mí. El único que no me tildó de loco cuando emprendí la búsqueda por el mar. Mi desesperación era tanta que luché contra todo por lo que deseaba. Por eso me miraban raro en las calles. Seguro todos deben saber mis viajes por el mar en busca de fantasías y seres inexistentes. Pero la tengo conmigo. No me importa lo que nadie piense. La figura de la sirena convertida en mujer vuelve a aparecer reflejada en mis ojos. Mi m*****o palpita. ¡Demonios, aún no es luna llena! —Cuando regresemos a casa. Ahí te la presentaré... Su mandíbula se desencaja. —¡Realmente lo lograste amigo! ¡Y estás vivo! ¡Tú si eres una leyenda —exclama nuevamente emocionado y palmea mis hombros. Al cabo de unas horas en las que reviso todos los papeles de la fábrica, notando que todo está en orden. Me cercioro también de que le hayan pagado a los trabajadores. Luego salgo de la propiedad seguido de mi amigo hacia la mansión de lord Jacobeo. El viejo amigo de mi padre que se dignó en ayudarme a procrear un negocio que diera frutos. Cada mes debo llevarle dinero que él mismo antes me prestó. Confío en mí, pues no fue una suma pequeña lo que invirtió en un joven como yo. Cosa que agradeceré eternamente. La escalinata de la mansión Kleathes abre sus puertas y llegamos hasta la entrada principal. Siguiendo al mayordomo entramos al despacho del viejo Jacobeo. Lo veo que está fumando con una pipa de oro. —¡Muchacho! ¡Pensé que jamás volvería a verte! —exclama al verme dejando la pipa a un lado. Me abre los brazos y lo abrazo. Tengo miles de recuerdos suyos de niño, los cuales fueron tiernos ya que ansiaba que llegara cada día ante mí con su sonrisa abierta de par en par. Padre jamás me reparó. Era su único hijo varón y a pesar de eso nunca se dignó en llevarme con él a ningún sitio, a enseñarme cosas, o a leerme algún cuento en las noches. No tengo un solo efímero recuero de mi padre conmigo. Abrazo a Jacobeo sonriendo. —Me alegra tanto saber que estás vivo. Es duque de Kleathes. Para nadie es un secreto que el viejo cuenta con el dinero suficiente para armar un ejército bélico contra la corona. Su familia es de las más añejas en la cámara de lores. —Fue difícil lord Jacobeo, pero aquí estoy para pagarle —le digo sacando la bolsa con las monedas correspondientes a los meses que no estuve. Sus ojos van a la misma y sus gestos se suavizan. —Quédatelo... Niego en seco. —Sabes que no lo haría, usted nos ayudó a mi madre y a mí para que no muriéramos de hambre, no tengo palabras para agradecerle, por tanto al menos debo pagarle su infinita bondad... Él me sonríe. Pongo las monedas sobre su escritorio. —Cuéntame del viaje. ¿El capitán Jake os trató bien? —inquiere y asiento. —Un hombre muy experimentado excelencia, gracias por mandarlo bajo mis órdenes. —No quiero que me vuelvas a agradecer muchacho. Sabes que eres como un hijo para mí —me dice palmeando mi hombro. El duque no pudo tener hijos, jamás se casó y no supe nunca las razones, pero al no tener herederos su fortuna y título pasarán a sus parientes más cercanos cuando él muera. —¿Pediste el deseo? —pregunta. Asiento. —Quiero conocer a la sirena cuánto antes. ¿Habían muchas? Quizá pueda yo zarpar un día en busca de una... Los tres reímos de sus palabras. —Ese tipo de viajes no es para usted excelencia... —Muchacho insolente, yo aún estoy fuerte como un roble. —No dudo de su fortaleza, yo pasé mucho trabajo para encontrarla. Ahora mismo ni siquiera recuerdo la ruta que seguimos. En ese lugar solo vi esa sirena, desconozco si habían otras —rectifico mis palabras. Pienso en mi primer encuentro con ella y en el escalofrío que me recorrió al ver todos los cadaveres de humanos dispersados por el lugar. Las leyendas no mentían, esa isla donde habita estaba llena de hombres muertos y barcos encallados. Pestañeo tratando de alejar ese recuerdo. Ella sin su objeto no puede atentar contra nadie o eso dicen las leyendas. —Pero os quiero invitar a cenar a mi casa esta noche. Madre estaría encantada de verte. —No lo dudo... —musita viéndome a los ojos sonriendo. Tras despedirme y salir de la mansión del duque, transitamos por las calles que nos llevan hasta uno de los burdeles donde debo pagar los impuestos. Los cobradores mandados por el rey solo atienden en esos lugares. —Siempre que os veo juntos se me parecen más... —añade de pronto Octavius haciendo que voltee a verle. Nos apeamos de los animales. —¿A qué te refieres? Caminamos hasta introducimos dentro del caro burdel. —Del duque Jacobeo, tú y él se parecen demasiado... Lo fulmino con la mirada por su osadía. Cada nada me suelta eso, pero eso he dejado de tratar con el duque en su presencia. Para nadie es un secreto que el duque tiene en bastardo. Nadie sabe quien es, donde vive o quien es la madre. Los rumores se comenzaron a regar desde que yo era un niño de solo diez años. —¡Basta con eso! —espeto molestándome. Yo me parezco a mi madre, soy trigueño igual que ella. Mi padre era de cabellos castaños claros. Por eso es que varios dicen que no nos parecemos. Pero me parece un insulto que diga esas cosas tanto de mí como injuriando a mi madre, ella es un ejemplo de mujer. Trato de ignorar su comentario, tratar con una persona como Octavius es así, él siempre suelta lo que está en la punta de su lengua. Voy hasta el cobrador de los impuestos que me atiende y cada nada mi vista se desvía hacia las dos mujeres que tiene el cobrador a su lado. Están casi desnudas, sus pechos están también descubiertos. Sin embargo, verlas no mueve nada en mí. Hace bastante tiempo no tengo sexo y ganas no me faltan, pero es como si no estuviese sometido a las mismas sensaciones que hace horas atrás sentía al estar al lado de la sirena. Las dos mujeres son bellas, eso no puedo negarlo, pero nada me hacen hormiguear. Pago lo que tengo que pagar y prendo el camino hasta la salida. —Quizás quieras quedarte unas horas —murmura Octavius. Lo pienso por unos instantes. Creo que sí, es mejor eso a parecer un adolescente controlado por el libido. Le pido que se adelante y tras darme una sonrisa pervertida me pierdo en uno de los cuartos. Espero por la cortesana que pagué, la cual entra al cabo de varios segundos. Está casi sin ropa, su cuerpo es esbelto y sus pechos se entrevén sobre la fina seda. Se aproxima hasta mí y se sube a horcajadas sobre mi cadera. Me dejo llevar por sus besos mecánicos y sin sabor, degusto su piel y ella saca mi m*****o hasta meterlo en su canal haciéndome gruñir. Llevo mis manos a sus tetas magreándolas a la vez que escucho sus gemidos. Ella contonea sus caderas en círculos y cierro mis ojos dejándome vencer por el placer carnal. Sin embargo, una pelirroja aparece en mi subconsciente y los abro al instante de forma molesta, aprieto las caderas de la castaña que me cabalga encima guiando sus movimientos que empiezan a tornarse desesperados. Sus femeninas manos se aferran a mi nunca y la siento contraerse cada que mete y saca mi v***a de su interior. La lujuria me ciega y tomando yo el control del momento, la levanto y la pongo en cuatro sobre el cómodo sofá. Ella jadea al yo de una estocada embestirla bruscamente. Me muevo como frenético tirando de su pelo, los embates resuenan por toda la habitación hasta que percibo mis músculos tensarse. Sintiendo la leche en la punta, saco la v***a y termino en mi mano. Noto que ella lleva su mano a su v****a moviendo sus dedos también y termina por correrse en segundos. El sudor lo limpio con mis manos, meto mi m*****o en mis pantalones, y sin decir una sola palabra salgo fuera. Monto el caballo de regreso la castillo dándome cuenta de que está por caer la noche. Me apresuro pues madre siempre cena cuando el sol se pone. La brisa impacta en mi rostro hasta llegar. Le doy el animal a un mozo de cuadras y subo directo a mi habitación. Noto la bañadora llena de agua tibia cosa que agradezco. No me gusta sentarme en la misma mesa de mi madre luego de estar en un burdel. Me pongo un traje limpio de noche y salgo oyendo los comensales hablar. Al parecer soy el último en llegar. —Pueden llegar a ser muy graciosos... —es lo único que logro escuchar al llegar al comedor. Su voz. Su maldita voz me hace resucitar esas sensaciones. Sus ojos perciben mi presencia y se posan en mí. Su sonrisa está demasiado abierta en sus labios y no puedo evitar mirarla fijamente. —Hijo, estás aquí —interviene madre haciéndome pestañear. Noto las caras de todos alegres. —¿Quién puede llegar a ser muy gracioso? —pregunto llegando hasta la mesa—. Lord Jacobeo, bienvenido al castillo. Tomo asiento en la cabeza de la mesa y en cuestión de segundos comienzan a servir los platos. Inevitablemente vuelvo la mirada a ella. Está vestida con un traje azul cielo que contrasta a la perfección con sus ojos. Su cabello está recogido en lo alto tal cual una joven debe llevar y sus manos usan guantes. Es hermosa. Trago grueso. —La muchacha nos contaba el humor que poseen los caballos de mar —me responde el amigo de mi madre. Blanqueo los ojos por lo ridículo que se oye. —Diría que los peces payasos... —Oh para nada, esos tienen un humor n***o y no los entiendo mucho —contesta con libertad y mi madre y el duque ríen de sus cosas. Están en una mesa cenando con una sirena convertida en humana y ellos ríen de sus chistes. Genial. —¿Dónde estabas hijo? —pregunta mi madre. Hago un mohín. —Fui a pagar los impuestos —respondo. Ella asiente. La cena transcurre con Athalía llevando el mando de las conversaciones. Me quedo viéndola como habla, como se mueve, sus expresiones. No sé qué demonio tiene que me anonada cuando la miro o la siento cerca. Termina la cena y nos ponemos todos de pie. Mis ojos van nuevamente a ella, el vestido realmente se le ciñe a los pechos haciéndolos... —Es muy agradable la muchacha —halaga el duque sonriéndole amistosamente. —Gracias. —Sin embargo, pensé llegar y encontrarte con cola —dice. —Cuando capturan a una sirena para pedir un deseo, ellas toman la forma del ser que las atrape... El viejo amigo de mi padres abre la boca por su respuesta. —Bien, mantendré el secreto Thaddeus, puedes contar conmigo para lo que necesites. Lleva los ojos a mi madre y en ellos veo calidez. —Gracias excelencia, ¿quiere que os acompañe hasta la salida? —le pregunta mi progenitora. Él asiente y ambos se marchan dejándome a solas con la pelirroja. Siento su mirada en mí. —¿Por qué me siento así? —es lo primero que cuestiono. —¿Así? —Me siento asfixiando, mis manos pican y mi cuerpo arde cuando tú estás cerca... Me enfrento al zafiro cristalino de sus ojos. Sus labios esbozan una sonrisa. Paso saliva. —Estás desarrollando el deseo de apareamiento —me contesta de forma simple. —¿Cómo? —Cada que hay luna nueva comienzas a sentir atisbos de lo que sentirás en luna llena. Diviso tras la ventana el cielo oscuro debido a la falta de claridad lunar. ¿Atisbos? —En luna llena todo eso que sientes será multiplicado por mil —sigue explicando y paso saliva viendo sus sonrosados labios. ¡Es una tentación Thaddeus! —¿Y si en luna llena no quiero tener sexo contigo? Se ríe con burla de mi pregunta. —No podrás luchar contra mi canto, eso días de luna llena solo pensarás en sexo... Me quedo en silencio sopesando sus palabras. El peso de su mirada me hace burbujear la sangre. —En el placer que te voy a brindar amo —termina de decir con voz melódica haciendo que un calor me recorra. —¿Y si estoy a millas de ti? Sonríe de lado. —Vendrás desesperado a mis pies estés donde estés... —musita haciendo que me tense. Paso saliva evitando su mirada. —¿Cómo es que tú eres tan inteligente? —inquiero consternado. —Nos preparan para esto... —¿Quiénes? —increpo dudoso. Se queda en silencio. —Son cosas que no debes saber. —Estabas tú sola en esa isla —le digo porque solo la vi a ella. Niega. —Desde que peleabas con el Behemot te sentía, en esa isla hay miles de sirenas como yo... Mi mandíbula se desencaja. —Solo llegas a conectar con una, haciendo que no puedas ver a las otras —confiesa y me impresiona todo eso. Todo debe ser un sueño. Necesito pellizcarme porque quizás sigo en ese barco a la deriva en busca de ella, quizás abra los ojos y nada de esto sea real. Quizás de verdad si estoy loco y ahora incluso alucino despierto. —No estás loco —manifiesta de pronto haciéndome casi sobresaltar. —¿Tú puedes... —Estoy dentro de tu mente amo —se sincera y su voz sale fina al decir esa palabra letra a letra. Mi piel se contrae. —Esto es exasperante —bufo hartándome. —Tú querías un deseo —tercia. Tiene razón. —Te contaré otro secreto amo... —Se me acerca poco a poco y su aroma llega a mi nariz haciéndome inspirar hondo—: tener sexo con otras mujeres no va a hacer que dejes de desearme. Me remuevo inquieto y la veo sonreír. Definitivamente esto no era lo que esperaba al atrapar a una sirena.
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