Kael Las ruedas del convoy crujieron contra la grava de la finca y sentí el alma cortarse en pedazos. Nos habíamos cambiado de transporte, apenas tuvimos la oportunidad. Ni siquiera la brisa nocturna, espesa, con olor a metal y sudor seco, podía disipar lo que arrastrábamos detrás: muerte, trauma… y una furia que aún no tenía dónde desatarse. Sentí una extraña mezcla de triunfo y una furia helada que me carcomía las entrañas. La misión había sido un éxito, pero el verdadero trabajo apenas comenzaba. Los niños estaban a salvo, Selene estaba a salvo. Y eso era lo único que importaba. Pero Marek, ese bastardo que se creía dueño de la vida y el miedo de Selene, ese infeliz que había vuelto de la muerte para reclamar lo que nunca fue suyo, estaba a punto de conocer el verdadero infierno. M

