Selene. Kael me empujó con firmeza detrás de él, colocándose como un muro entre mí y la puerta. En su mano, el arma brillaba bajo la luz tenue de la suite, y sus hombros se tensaron con una rigidez que me erizó la piel. —Quédate aquí —dijo con voz baja, firme, como si supiera que el infierno estaba por comenzar. Yo apenas podía respirar. Un segundo después, todo estalló más cerca. Se escuchó un disparo que hizo temblar el aire. No fue como en las películas. Fue seco, real, tan ensordecedor que sentí el estruendo atravesarme el pecho. Luego vino otro, y otro, en una secuencia tan rápida que apenas pude reaccionar. Kael se asomó, abrió la ventana de la suite que daba hacia el pasillo y, de un solo movimiento, empezó a disparar. No gritó. No dudó. Fue como si su cuerpo entrara en autom

