Selene El eco de los gritos de Astrid y el portazo aún vibraban en el aire de la suite, pero para mí, todo se había silenciado, cuando él me besó con esa necesidad apremiante. Ambos nos separamos con la respiración entrecortada, pero él se quedó parado frente a mí, las manos crispadas, la respiración agitada, y esos ojos. Esos ojos que me habían visto llorar, gritar y, hacía apenas unos minutos, confesar que era mío. Y la palabra, cruda y desesperada, flotaba entre nosotros como un arma cargada. —¿Te dolió? —mi pregunta, apenas un susurro, había roto el hielo que nos aprisionaba. Kael no había negado su rabia, ni sus celos. Había admitido su juego cruel, su necesidad de que yo sintiera lo que él sintió al verme con otro. Y en esa vulnerabilidad compartida, en esa mezcla de dolor y

