Selene No supe qué responder. Mis ojos se nublaron. No entendía nada. —Selene —repitió, y esta vez no hubo dulzura en su voz, solo una advertencia sutil—. ¿A quién le informaste que venías? Mis labios se abrieron, pero no salió ningún sonido. El corazón me latía tan fuerte que podía sentirlo en las sienes. —No... no le dije a nadie —logré balbucear por fin. Kael me miró con molestia. —Eso es un problema —murmuró, lo suficientemente bajo para que solo yo lo escuchara—. Porque dejé las reglas claras, ¿no? En ese momento mis abuelos me llamaron, me miraron con ojos brillantes, las arrugas de sus rostros marcadas por sonrisas que no les había visto en años. Las enfermeras sostenían bandejas con medicinas y té. —Kael, por favor —logré balbucear, sintiendo cómo el suelo parecía incl

