Sin salida.

1200 Words
Selene.  Kael Draven. La presencia de ese hombre no necesitaba presentación. Lo miré con atención. No era un hombre que uno olvidara. Alto, imponente, de hombros anchos, cabello oscuro, mandíbula afilada, ojos como acero. No parecía real. Parecía una amenaza vestida de diseñador. Sus ojos me atravesaron como cuchillas. Tenía el aura de alguien que lo había visto todo y no temía nada. La palabra “mía” quedó flotando en el aire como una sentencia. No entendía nada. Estaba de pie frente a un extraño, mientras los padres de mi difunto esposo huían como si yo fuera una carga que por fin habían entregado. —¿Qué quiere decir con que soy suya? —pregunté, apenas logrando hablar. Kael Draven no se inmutó. —Exactamente eso. Tu esposo te apostó. Y te perdió. Negué con la cabeza. El mundo se deshacía bajo mis pies. —No puede estar hablando en serio… yo no he aceptado nada. —Es que tu aceptación no fue necesaria. Él lo firmó por ti —respondió con voz tan serena como cruel—. Tú eras parte de la apuesta. No eras más que otra ficha. Sentí náuseas ante sus palabras. Di un paso atrás. —Eso no tiene sentido. ¡Yo no pertenezco a nadie! —Pues ahora sí, ¡A mí! Lo dijo como quien anuncia la hora. Sin emoción. Sin piedad. —No voy a quedarme aquí. No voy a permitir esto. —Marek me debía una cantidad obscena de dinero —explicó. —Lo siento, señor, pero eso no es mi problema, no tengo dinero para pagarle. Además, la deuda la tenía él, no yo. Kael Draven soltó una risa seca, desprovista de humor. —Oh, querida. No entiendes. No estoy pidiendo que pagues nada. Ya tengo mi pago. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, haciéndome sentir desnuda y expuesta. Un escalofrío me recorrió la espalda. —Tú eres el pago —continuó. —Marek te apostó. Perdió y ahora me perteneces. Retrocedí instintivamente, buscando la puerta con la mirada. Pero antes de que pudiera moverme, Kael estaba frente a mí, bloqueando mi escape. Era más alto de lo que parecía sentado, su presencia llenando todo el espacio. —No puedes huir —advirtió suavemente—. Porque no tienes a dónde ir. La casa ya no es tuya. No tienes ni un peso. Él me miró con una expresión triunfal en su mirada y una sonrisa de depredador. —Sí, él apostó la casa donde vivíamos, más nada, yo no formaba parte del trato —ante mis palabras, él sonrió. —No, Selene, su última ficha, ¡eras tú! Mi corazón se aceleró en mi pecho. —¡Eso no es posible! —exclamé angustiada—. No puede hacer eso. Es ilegal. Yo no soy una propiedad. Kael sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos. —No lo eres —dijo con calma, pero sin perder firmeza—. Pero tu marido creía que sí. Y firmó como si lo fueras. Legalmente, el trato es válido. Moralmente, es una aberración. Pero aquí estamos. Además, quiero que no se te olvide que yo hago las leyes en esta ciudad. Y ahora, tú vives bajo mis reglas. Sentí que me faltaba el aire. Esto no podía estar pasando. Tenía que ser una pesadilla. —Por favor —supliqué. —Déjeme ir. Haré lo que sea, pero no puedo quedarme aquí. Sus ojos brillaron con un interés depredador. —¿Lo que sea? Interesante oferta. Pero me temo que no hay negociación posible. Ya eres mía. Él me acercó, un documento, lo dejó sobre la mesa, sin agresividad, pero sin vacilar. Yo ni siquiera lo vi. —Está equivocado. No voy a aceptar esto, lo mejor será que me vaya —dije con voz rota, retomando mi salida. —Está bien, Selene, si quieres irte, eres libre de hacerlo —dijo, levantando ligeramente las cejas—. Pero cuando lo hagas, te recuerdo que tu familia lo pagará. Tus abuelos… los tratamientos, los medicamentos, el alquiler de esa casa que aún está a tu nombre, eso que antes pagaban tus suegros. Todo eso desaparecerá. Y ellos lo saben. —¿Cómo sabe usted…? —He estado observándote durante mucho tiempo, Selene. ¡Lo sé todo de ti! Sus palabras me helaron por dentro. No sabía qué era peor: que me estuviera obligando, o que supiera tanto de mi vida. El aire abandonó mis pulmones. —¿Me está amenazando? —No amenazo, Selene —agregó sin acercarse—. Simplemente informo. Tus abuelos necesitan ayuda, y tú… eres el precio. Me llevé una mano al pecho. El corazón latía tan fuerte que dolía. —Usted no tiene derecho… —Tengo poder. Y lo uso como quiero. No soy como tu esposo. No necesito gritar para que el mundo me obedezca. Me quedé inmóvil. Esto era peor que una prisión. Al menos con Marek, sabía qué esperar: un golpe, una patada, una noche sin cenar. Con Kael… cada palabra suya era un arma cargada con calma. —¿Y qué quiere de mí? Me miró, por fin, de forma distinta. No como a una posesión… sino como a un deseo contenido. —Solo que estés en mi casa. Que me hagas compañía, que respires bajo mi techo. Que aprendas que no puedes escapar de mí. Sentí el estómago caerme a los pies. —¿Me va a obligar a hacer cosas? —Todo depende de ti, querida —respondió, y por primera vez, su tono no fue hielo puro—. Pero si decides desafiarme… sabes quiénes pagarán. Tragué saliva. No lloré. No podía darme el lujo de romperme frente a él. —¿Y si coopero? —Entonces no te faltará nada ni a ti ni a tus abuelos. Y si no lo haces… —me dijo sosteniéndome la mirada—. Entonces ellos morirán en un lugar donde nadie pueda atenderlos, porque nadie moverá un dedo para llevarme la contraria. Se hizo silencio. Mi mente era un torbellino. Todo pasaba demasiado rápido. Marek estaba muerto. Yo era viuda. Y ahora, ¿propiedad de un mafioso? ¿Recompensa de una apuesta? —¿Por qué yo? —susurré. Kael no respondió. Solo me miró con calma. No había burla en su rostro. Ni placer. Solo una fuerza contenida. Peligrosa. —Porque eres lo único que ese malnacido tuvo que valiera la pena y siempre te he querido para mí. Y entonces lo entendí. Kael Draven no me quería como venganza. Me quería… para encerrarme, para que fuera su mujer, el miedo me atenazó por dentro. El nudo en mi garganta se hizo insoportable. Vi sus ojos. No estaba amenazando. Estaba informando. Cruel. Realista. Imparable. —¿Tengo alguna otra salida? —No tienes ninguna otra. Tragué saliva. Pensé en el rostro cansado de mi abuela. En la tos húmeda de mi abuelo. Y en todo lo que ya había perdido. Entonces asentí. —Acepto. Kael no sonrió. Solo se giró hacia sus hombres. —Preparen todo. Y tú, mañana te mudas conmigo. Yo cerré los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo… no supe si había tomado la decisión correcta.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD