Ceremonia inesperada.

1660 Words
Selene.  Nunca había estado en una casa tan grande. Ni tan silenciosa. Las puertas se abrían solas, como si los muros escucharan. Las paredes estaban hechas de mármol n***o, las lámparas colgaban como joyas frías y caras, y las ventanas eran tan amplias que me sentía desnuda solo de caminar frente a ellas. Dos hombres con trajes impecables me escoltaban, sin decir una palabra. Uno caminaba delante, el otro detrás. Como si yo fuera un paquete valioso… o una prisionera con modales. En realidad, eran ambas cosas. —Espere aquí —dijo uno de ellos al llegar a una habitación amplia con un piano cubierto y una chimenea encendida. Me dejaron sola. Me acerqué al fuego como quien se acerca a un recuerdo. Las manos me temblaban. El corazón, también. Apenas podía procesar todo lo que había pasado desde que Kael Draven se plantó frente a mí y dijo: “Ahora me perteneces.” Él no había vuelto a hablarme desde el día anterior. Solo enviaba órdenes a través de sus hombres. Era como si el mundo se doblegara a su voluntad… sin necesidad de levantar la voz. Cuando la puerta se abrió, giré de golpe. Era él. Kael Draven. Impecable. Frío. Irracionalmente atractivo. Su sola presencia hacía que el aire cambiara de temperatura. —Ven conmigo —dijo con ese tono bajo y peligroso. No discutí. Lo seguí por un pasillo largo hasta una habitación con cortinas blancas y una cama que parecía demasiado perfecta para ser real. Sobre una silla reposaba una caja. —Ábrela —ordenó, sin mirarme. Obedecí. Dentro, había un vestido blanco. No era común. Era… hermoso. Sutil, elegante, de tela suave. Parecía nuevo. Parecía pensado para mí. Tragué saliva. —¿Qué es esto? Kael se giró hacia mí, sus ojos como cuchillas de obsidiana. —No tengo que darte explicaciones —dijo sin alterar el tono—. Solo póntelo. —¿Para qué? —Selene —advirtió, como si dijera: “no me hagas perder la paciencia”—. No me obligues a repetirme. Apreté los labios. Tenía miedo. No por el vestido. No por él. Por todo. Asentí en silencio. Kael salió sin más. No volvió a mirar atrás. Dejándome ahí con ese trozo de tela que pesaba más que cualquier cadena. Me quité la ropa despacio, como si cada prenda fuera una capa de protección que me estuvieran arrancando. El vestido se deslizó sobre mi piel como una caricia fría. Me ajustaba perfectamente, como si hubiera sido confeccionado a mi medida. Un escalofrío me recorrió la espalda al pensar en cuánto tiempo Kael llevaba planeando esto. Cuando terminé de arreglarme, la puerta se abrió nuevamente. Esta vez era una mujer de mediana edad, con el rostro serio y los ojos vacíos. —Sígame —ordenó sin más, sin anunciarse. Ni siquiera preguntaron mi nombre. Me llevó a una sala, donde una me peinó. Otra me maquilló hasta los moretones de la piel. La tercera me colocó unos tacones que no eran míos. Ninguna habló. Todo era rápido, metódico, como si hicieran esto todos los días. Como si yo fuera solo otra más en la lista de mujeres que Kael había “preparado”. Mi estómago dio un vuelco. —¿Alguien puede decirme qué está pasando? —pregunté con voz baja, suplicante. Las mujeres no respondieron. Me miraron como si no tuvieran permitido hablar. O como si supieran algo que yo aún no sabía. Caminamos por pasillos interminables hasta llegar a una sala amplia. El corazón me dio un vuelco al ver lo que me esperaba: un pequeño altar improvisado, flores blancas, velas encendidas. Y Kael Draven, de pie, junto a un hombre que sostenía un libro. Comprendí con horror lo que estaba a punto de suceder. Esto no era una simple formalidad. Era una boda. Me escoltaron hasta el jardín. El sol comenzaba a caer, y la luz anaranjada se colaba entre los árboles. Pero eso no fue lo que me dejó sin aire. Todo estaba decorado como una boda y desconocidos a cada lado del pasillo. Un camino de pétalos blancos. Cintas colgando de las ramas. Faroles encendidos. Y al fondo, un altar de madera con flores a los lados. Y frente a él… Kael. Con traje n***o, guantes oscuros, y una mirada que no se inmutaba. —¿Qué… qué es esto? —balbuceé. Kael no respondió de inmediato. Caminó hacia mí, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. ¡Como si esto ya estuviera decidido! —¿Quién se casa? —pregunté con el corazón a punto de estallar—. ¿Quién…? —Tú —dijo finalmente—. Tú y yo. La tierra pareció moverse bajo mis pies. —No. No. Yo no me voy a casar contigo. Mi voz temblaba, pero se mantenía firme. Kael se acercó más. Su mano tocó mi brazo. Fue un roce suave, casi respetuoso. Pero no era una caricia. Era una advertencia. —No tienes alternativa, Selene —murmuró—. Este matrimonio ya está en marcha. El contrato lo firmaron por ti. —No me puedes obligar. Eso no es legal —susurré, sintiéndome tan débil como una hoja en el viento. —Tal vez no —respondió—. Pero aquí no se trata de legalidad. Se trata de que debes elegir lo que te convenga. —¿Por qué está haciendo esto? Kael me sostuvo la mirada. Por un instante, algo brilló en sus ojos. No deseo. No lujuria. Algo más oscuro. Más personal. —Porque puedo —respondió. Y entonces lo entendí. No se trataba de amor. No se trataba de venganza. Era posesión. Yo era la deuda que alguien más no pudo pagar. Y Kael Draven no perdonaba lo que le debían. —Podrías haber hecho esto sin fingir que era una elección —dije, la voz rota—. Lo sé —susurró. Entonces hizo un gesto hacia el altar. El oficiante nos esperaba. Y yo… no tenía salida. —Avanza —me ordenó. Sentí que las piernas me fallaban. Quería gritar, correr, escapar. Pero sabía que era inútil. No había salida de esta jaula dorada. Con cada paso que daba hacia el altar, sentía que una parte de mí moría. Este no era el día de mi boda soñado. Era una pesadilla de la que no podía despertar. Kael extendió su mano hacia mí cuando llegué a su lado. Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca como grilletes de hierro. El hombre del libro comenzó a hablar, pero sus palabras sonaban distantes, como si estuviera bajo el agua. Todo lo que podía sentir era el agarre implacable de Kael y el peso aplastante de mi nueva realidad. —Yo, Kael Draven, te tomo a ti, Selene Kadar, como mi legítima esposa... Su voz era firme, sin un atisbo de emoción. Esto no era amor. Era posesión. Cuando llegó mi turno de hablar, las palabras se atoraron en mi garganta. Kael apretó mi mano con fuerza, una advertencia silenciosa. —Yo... yo, Selene... Kadar —comencé, mi voz apenas un susurro—... te tomo a ti, Kael Draven, como mi... —Las palabras se negaban a salir. Sentía que me ahogaba. —Esposo —musitó Kael, su aliento cálido en mi oído. Una amenaza velada. —... como mi esposo —repetí mecánicamente, derrotada. El oficiante continuó con la ceremonia, pero yo ya no escuchaba. Mi mente vagaba, buscando una salida que no existía. Cuando llegó el momento de los anillos, Kael sacó una pequeña caja de terciopelo n***o. El anillo que deslizó en mi dedo era hermoso y costoso, pero se sentía como una cadena. —Puede besar a la novia—anunció el oficiante. Kael se inclinó hacia mí, su sombra envolviéndome como una segunda piel. Esperaba un roce frío, un gesto vacío para sellar su victoria. Pero entonces, sus labios se estrellaron contra los míos con una furia que me partió el alma. No fue un beso. Fue un ataque. Sus manos me atraparon la cintura, hundiéndose en el tul del vestido como garras. Yo jadeé, y él aprovechó para entrar, su lengua, saboreando mi boca como si quisiera devorar cada rincón, cada secreto, cada grito que no solté. El sabor a menta y whisky me mareó, pero lo peor era el calor, ese fuego que no cuadraba con su voz de hielo. Me resistí. Clavé las uñas en su traje, pero él solo gruñó y me apretó más fuerte, hasta que nuestros cuerpos chocaron y sentí cada línea dura de él contra mí. Alguien tosió, los testigos, los guardias, Dios, ¿cuántos estaban viendo esto? Pero Kael no se detuvo. Cuando por fin nos separamos, quedé jadeando, los labios hinchados, el vestido arrugado donde sus manos me habían marcado. Él no respiraba agitado. No. Solo me miraba con esos ojos de depredador, el pulso acelerado en su mandíbula, la única traición de que algo en él había estallado. —No era necesario fingir pasión —susurré, limpiándome la boca con el dorso de la mano. Kael atrapó mi muñeca, deteniéndome. Su pulgar rozó el anillo de bodas, una joya tan fría como su sonrisa. —¿Quién dijo que estaba fingiendo? Ahora eres mía, Selene —murmuró. —En todos los sentidos. Los invitados, todos desconocidos para mí, aplaudieron. Pero sus rostros eran borrosos, sus voces distantes. Lo único que podía sentir era el peso del anillo en mi dedo y la mano de Kael en mi cintura, guiándome hacia la salida. Mientras caminábamos por el pasillo, rodeados de pétalos y sonrisas falsas, me di cuenta de que mi vida anterior había terminado. Ya no era Selene, la esposa maltratada de Marek. Ahora era Selene Draven, la posesión más reciente del hombre más temido de la ciudad. Y no tenía idea de lo que me esperaba, me había librado de un demonio, para caer en las manos del propio dueño del infierno.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD