Selene.
La cena fue servida en una mesa tan larga como un pasillo de hospital. Había velas encendidas, cubiertos de plata, platos cubiertos con campanas de acero. Todo era perfecto, aséptico. Demasiado perfecto para una prisión disfrazada.
Kael se sentó en la cabecera. Yo, al extremo opuesto. El aire entre nosotros era tan tenso que, si alguien pasaba por en medio, se cortaba.
No toqué nada. Ni el agua. Ni el pan. El filete humeante en el plato olía a gloria, pero mi estómago era un nudo de miedo.
Kael clavó los ojos en mí.
—Come —dijo sin alzar la voz.
Yo bajé la mirada. Fingí no escucharlo.
Unos segundos después, escuché el roce de la silla contra el suelo.
Mi cuerpo se tensó.
Kael se acercó en silencio. Cada paso retumbaba en mi corazón como una amenaza. Me rodeó por detrás. Me quedé inmóvil.
—¡Te dije que comieras! —espetó apretando los dientes.
El rugido de Kael resonó en mis oídos como un disparo. Sus manos se cerraron alrededor de los brazos de mi silla con tal fuerza que la madera crujió bajo sus dedos. Yo me encogí, instintivamente, preparándome para el impacto del golpe.
“Esto es”, pensé. “Ahora me golpeará. Ahora romperá más que mi orgullo, delante de toda esta gente”. De hecho, no fui la única que pensó eso, muchos de los presentes contuvieron el aliento, seguramente esperando lo mismo.
Pero el golpe nunca llegó.
En lugar de eso, sus dedos se deslizaron desde la silla hasta mis hombros, agarrando con una presión calculada, justo al borde del dolor. Su aliento, caliente y cargado de whisky, me quemó la nuca.
—No me gusta repetirme, Selene —murmuró su voz, un zumbido peligroso en mi oído—. Y no voy a empezar por ti.
Pero en lugar del golpe, sentí que me levantaba suavemente. Con facilidad. Como si mi cuerpo no pesara nada.
Me sentó en su regazo.
Mi corazón palpitó como un tambor en guerra.
—No golpeo mujeres —susurró contra mi oreja—. No necesito hacerlo.
Sus manos eran firmes, pero no violentas. Una de sus manos soltó mi cintura para agarrar el tenedor de plata frente a mí. Lo clavó en el filete, cortando un trozo perfecto, como si el cuchillo afilado fuera una extensión de su ira controlada. Luego lo levantó frente a mis labios.
—Abre la boca —ordenó.
Mis párpados se cerraron por un instante. No. No. No. Pero cuando los abrí, su mirada seguía allí, impasible, esperando.
—No tengo hambre —susurré.
Kael no se inmutó. Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si mi resistencia fuera un detalle curioso, pero insignificante.
—No es una sugerencia.
El metal del tenedor rozó mis labios, fríos y amenazante. Pude oler la carne, la salsa, todo mezclado con el perfume de su piel. Un festín para alguien que no estuviera al borde del pánico.
—Si no la abre tú, te la abriré yo —añadió, su tono bajando aún más, hasta convertirse en una caricia siniestra—. Y te prometo que preferirías cooperar.
Mis manos temblaban bajo la mesa. ¿Era esto una prueba? ¿O solo otro juego de poder?
Finalmente, con un suspiro que se me atragantó en la garganta, abrí los labios.
Kael deslizó el tenedor dentro de mi boca con una lentitud deliberada. El sabor de la carne, jugosa y perfectamente cocinada, se expandió en mi lengua. Pero no podía saborearla. No cuando sus ojos no se apartaban de los míos, estudiando cada reacción, cada músculo tenso de mi rostro.
—Mastica —ordenó.
Lo hice. A regañadientes.
Él sonrió, pero no había calidez en esa expresión. Solo satisfacción de ver su voluntad cumplida.
Y yo solo sentía el calor de su cuerpo, el control en su gesto. Sé que me alimentaba no por compasión. Lo hacía porque quería demostrar que podía hacerlo.
Me dio un sorbo de agua.
—Bien —murmuró, retirando el tenedor—. Ahora el siguiente.
Y así continuamos. Bocado tras bocado. Hasta que el plato estuvo vacío.
Cuando terminó, dejó el tenedor sobre el mantel con un clic que resonó en la habitación.
—La próxima vez —dijo, limpiándose los dedos con una servilleta como si acabara de cometer un acto vulgar—, comerás sola. Sin dramas. O descubrirás que mi paciencia tiene límites mucho más creativos que un simple tenedor.
Se alejó entonces, dejándome allí, con el sabor de la derrota y la carne aún pegados a mis dientes.
Un rato después, cuando todos terminaron de cenar, Kaer regresó a buscarme, me tendió la mano.
Yo lo miré, dudando.
—Ven —ordenó.
Obedecí. Caminamos en silencio por un pasillo alfombrado hasta una puerta doble de madera oscura. Al abrirla, me encontré con una habitación inmensa.
Una cama king size con dosel. Lámparas doradas. Un espejo antiguo. Y sobre la cama, una caja negra de terciopelo.
Kael entró primero. Fue hacia uno de los cajones, la abrió y sacó un conjunto de lencería: encaje n***o, tirantes, transparencias.
Se giró hacia mí.
—Póntelo.
Mi cuerpo se heló.
—No pienso hacerlo.
Sus cejas se arquearon, levemente.
—No estás en posición de decidir.
Sentí que me hervía la sangre. La rabia me rompió el miedo por un instante.
—No voy a acostarme contigo —espeté—. Ya compartí la cama con un monstruo. Si quieres algo de mí, tendrás que tomarlo a la fuerza, porque voluntariamente no pienso darte nada.
Su mirada se oscureció. Dio dos pasos, rápido. Me sujetó por la cintura. Me atrajo contra su cuerpo.
—¡Suéltame!
Pero no lo hizo. Y entonces me besó.
Fue un asalto, una tormenta, un abismo. Su boca contra la mía, su aliento invadiéndome, sus manos firmes en mi espalda.
El beso de Kael era fuego y dominación. El miedo y la rabia se mezclaron en mi pecho, mis labios se entreabrieron para protestar y él aprovechó para deslizar su lengua dentro, explorando, dominando.
Cada movimiento de sus labios era una conquista, cada roce de su lengua una invasión calculada. Mis manos se aferraron a su camisa, para empujarlo.
Un gemido escapó de mi garganta.
No, pensé. No puede ser. No otra vez.
No podía volver a ser una muñeca rota entre manos fuertes. No podía volver a ser tocada cuando temblaba. No quería que mi cuerpo reaccionara. No quería sentir ese ardor.
Un sollozo escapó de mis labios. Inesperado. Crudo. Me estremecí contra él, como si su boca quemara una herida que jamás cerró.
Kael se tensó.
Yo estaba temblando. De miedo. De recuerdos.
Mi exesposo me besaba así… al principio.
Con esa urgencia que no admitía un “no”.
Después venían las manos apretando demasiado. Después venía el llanto ahogado. Después… el dolor. El asco. La sensación de haber sido despojada de algo que ni siquiera sabía que tenía.
Y aunque el beso de Kael no era el mismo… el miedo sí lo era.