Solté un suspiro cuando la vi desaparecer por la puerta de su casa. Sonreí al recordar la noche pasada... Por Dios qué velada. Quería repetir, y repetir, y repetir. ¡Jesús! Había sido tal cual lo había imaginado, y mejor. Su piel suave, sus besos apasionados y su mirada lujuriosa. Pero vaya qué mujer. Cero remilgos, no hubo duda, más bien entrega absoluta. Me dejó hacer y deshacer, aunque sospecho que ella provocó más cambios en mi organismo, que yo en el de ella. Con sólo recordarla durmiendo plácidamente a mi lado, y retozando como lo hicimos anoche, un escalofrío recorre mi piel y nubla mis, ya de por sí, enredados pensamientos. Fui a la habitación, sorprendido de que me haya dado la confianza de dejarme vagar por su casa, o simplemente quedarme en ella. Tomé mi camisa y antes

