BELLA POV
Estaba llorando. No podía creer lo que me había pasado. Esos tipos estuvieron a punto de violarme, jamás me había sentido tan usada antes.
Alguien toca mi puerta, me pongo rígida al imaginar que son ellos y vienen por mí.
—¿Bella? —es la voz de Caleb. Él abre la puerta y yo me hago chiquita en una esquina de la cama—. Maldita sea —dice y se va. No entendí qué pasó con él, pero agradecí que me hubiera dejado sola y no me hubieran molestado más. Después de un rato, ya no escuché música abajo; al parecer, la fiesta había terminado.
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A la mañana siguiente desperté y me cambié para ir a mi trabajo. Había llorado mucho anoche, mis ojos estaban hinchados. El miedo que sentí, pensar que esos hombres pudieron hacerme algo, me hacía sentir vulnerable. Al menos Caleb supo defenderme. Ni siquiera desayuné, supongo que Caleb todavía está en su habitación.
En mi taller me distraje bastante con mis ayudantes, hicimos varios cortes y atendimos bastantes clientes. Hoy era un día bastante productivo; mi vida fuera perfecta si no tuviera que volver a casa todas las noches y soportar los desprecios de Caleb. Aunque en el fondo no lo odio porque ambos somos víctimas de mi hermana, tampoco lo quiero cerca. Su presencia me lastima y él siempre trata de humillarme. Trata de hacerme ver que mi lugar no es junto a él, que no voy a lograr lo que se supone que planeé. Si tan solo Caleb supiera que yo no hice nada para convertirme en su esposa.
Cuando conocí a Caleb pensé que era un hombre caballeroso, atractivo y muy guapo. Cualquier mujer se volvería loca por él, pero ahora, después de conocerlo bien y conocer su carácter, todo eso se va por un tubo.
La puerta se abre y entra una mujer.
—Cariño, acá está el vestido que te dije —le dice al chico de atrás.
Caleb.
Mi corazón latió más de prisa al verlo allí con ella, usando unos lentes de sol por la borrachera de anoche. Caleb la besa en la boca y me da una mirada rápida.
No puede ser, ahora hasta en mi tienda tengo que soportarlo. Se supone que estamos casados y no puede andar por ahí viéndose con mujeres en público. A Caleb todo le da igual. Definitivamente, el chico está muy mal.
—Quiero comprarlo —le dice la chica. Caleb asiente y saca su tarjeta de crédito. En fin, si es por comprar en mi tienda, todo va bien. Estoy sentada en mi máquina de coser arreglando algunos vestidos y pude sentir su mirada clavada en mí. Sé que le parezco poca cosa, que quizás no puedo ser como mi hermana, como la mujer que él ama. Suficiente tengo con sus humillaciones todas las noches. De solo recordar lo que pasó la noche anterior, me da náuseas.
—Tú sí eres una mujer de verdad —le dice, empezando a besarla descaradamente. Me puse en pie y agilice la compra. Puse el vestido en la bolsa y se lo di.
—Aquí tienes —le digo a la chica. La mujer apenas me vio y tomó el vestido—. Bonita tarde.
Caleb ni siquiera me miró cuando se fueron. Sentí alivio en ese momento. Lo que debería hacer es irme lejos de él, lejos de mi padre y no hacerles ningún favor porque, para empezar, ellos no tienen la más mínima consideración conmigo.
Estoy exhausta de esto. Me quité el delantal, tomé mi bolso y salí de la tienda. Aprovechando que Caleb no estaba en casa, fui a la habitación y recogí mis cosas. No podía seguir aquí. No después de lo que pasó anoche, no me siento segura. Creo que en cualquier momento volverán esos hombres y terminarán lo que empezaron. No confío en Caleb; además, él está muy feliz viviendo su vida de soltero. A mí no me necesita, solo soy un mueble más aquí. Hice mis maletas, las metí al auto y manejé hacia mi apartamento, donde nunca debí salir.
Me sentía bien en casa, pero sucedió algo extraño: sentí un vacío dentro de mí, algo que me decía que quizás no debí dejar solo a Caleb. Que no era tiempo de volver. Me sentía culpable porque no me gustaba dejar las cosas a medias. Yo había dado mi palabra y no la estoy cumpliendo.
Acomodé mis cosas y miré el celular. ¿Debería avisarle? En eso, papá me estaba llamando. ¿Será que se dio cuenta?
—¿Sí, papá?
—Eres una inconsciente.
—¿Qué pasa ahora?
—Caleb está enfermo en su casa y su esposa no está allí para ayudarlo. ¿Dónde estás metida a estas horas de la noche? ¿Acaso estás con algún hombre? Ve a casa de inmediato y ayuda a tu marido. Hemos perdido una reunión importante porque él no se ha presentado. Me ha dicho su chofer que está enfermo. ¡Date prisa, estúpida!
Cortó sin siquiera dejarme hablar. ¿Caleb está enfermo? Qué extraño, porque lo vi muy bien en la mañana. Seguramente es alguna trampa para que vuelva. Dudé en si ir o no. Tomé las llaves del coche y salí para la casa de Caleb. Al menos saldría de dudas. Cuando llegué, lo busqué en la habitación. Allí estaba acostado, cobijado de pies a cuello. Estaba temblando.
—Caleb, estás muy mal —me arrodillé a su lado—. No te ves nada bien. Estás ardiendo en fiebre.
—No me toques —espetó.
—Si por mí fuera, te dejaría morir aquí mismo, pero no soy como tú —recalqué—. No quiero vivir el resto de mi vida con una muerte encima y mucho menos la tuya. Voy a llamar a la farmacia para pedir medicinas.
—No actúes como la esposa ejemplar porque ese no es tu lugar. Vete, no quiero verte. Déjame solo.
—No me voy a ir y vas a dejar que te cure, aunque no quieras. Puedes insultarme y decirme lo peor que se te ocurra, pero no me iré.
Tomé el celular y llamé a la farmacia para pedir las medicinas. Me encargué de Caleb, mojé un trapo húmedo y se lo pasé por el cuello, la frente y el cuerpo mientras llegaban los analgésicos.
—¿Has comido algo hoy? —le pregunté. Caleb se veía bastante mal, estaba medio desorientado.
—No.
—Voy a prepararte algo para que comas, no puedes tomar medicinas sin nada en tu estómago.
—No quiero nada de ti, entiéndelo.
—Ya regreso.
Bajé a la cocina y me dediqué a hacerle una sopa. Algo rápido. No se merece nada de lo que estoy haciendo por él, pero eso es algo que me identifica. Luego de hacer la sopa, llegaron las medicinas. Subí con la charola y la bolsa hacia la habitación.
—Siéntate —pedí.
—Ella... —susurró. Ahora estaba delirando con mi hermana—. ¿Por qué me dejaste solo? —Me mira—. ¿Ella?
—Toma la sopa, por favor —pedí—. Te hará bien.
—¡No eres Ella! ¡Eres Bella! —lanzó la sopa a un lado y el contenido me cayó en el brazo. Grité de dolor y rápidamente fui al lavadero. Estaba caliente y me dolía horrible; quería llorar en ese momento.
Eso me ganó por querer hacer algo bueno. ¡Caleb no se merece nada! ¡Es un patán, mal hombre, insufrible, imbécil...! Todo lo malo que pueda existir.
—Me duele —susurré.
—Lo siento —escuché su voz detrás de mí—. No fue mi intención... déjame ayudarte —me toma el brazo. Traía una crema en su mano y empezó a untarme. Se sentía helado y el dolor calmaba un poco. A pesar de que Caleb se estaba muriendo de fiebre, no dudó en levantarse y venir a verme, pero se dio cuenta de eso mismo; rápidamente dejó la crema a un lado y se fue del baño.