El mismo día Dallas Damien Sangraba al verla del brazo de otro hombre. Sangraba sin gritar, sin mostrarlo, con esa herida abierta que aprendí a ocultar a fuerza de perderla. Y, aun así, con el corazón estrujado, algo dentro de mí se negaba a rendirse. Bastó recordar nuestro primer beso. La sonrisa nerviosa con la que me miró después. Su voz acariciándome el alma. Esa noche entre mis brazos. Y entonces apareció el recuerdo que más dolía: los ojitos iluminados de mi hija. Dios… su mirada dulce, como si yo fuera su héroe. Esa inocencia arrolladora que me cautivó desde el inicio. Cómo me dejó ser su padre sin saberlo. Cómo me regaló un amor que no pedí y que ahora me arrancaban. Entonces solo un cobarde habría renunciado. Y yo no lo era. No después de tantas noches cerrando los ojos sol

