La misma noche Texas Damien Por un segundo me sentí acorralado por las amenazas de la víbora de Sabrina, pero ni loco iba a ceder a sus caprichos ni permitir que me impusiera una boda. Aun así, la desgraciada tenía una bomba en las manos: había descubierto que Edith estaba viva. Y eso ya no era algo que pudiera ignorarse. El peligro era real, el tema delicado. Peor aún: estaba despechada, furiosa, con ganas de destrozarme por cada uno de mis desplantes. Y en ese estado, Sabrina se volvía una enemiga de cuidado. Pero en mis planes no estaba ceder ni un centímetro. Hacerlo habría sido convertirme en su marioneta. Ahí estaba, frente a mí, respirando agitada, los ojos brillándole de odio, mientras la rabia me burbujeaba por los poros. Esa sonrisa torcida me revolvía el estómago. Tragué sa

