El mismo día Dallas Isobel Graham me había confirmado que la estupidez humana no tenía límites. Haber dejado a Edith con vida no fue un acto de misericordia: fue una aberración. Algo enfermizo. Como convivir con un cadáver en descomposición, respirando su hedor todos los días, esperando el momento en que empezara a moverse. Y lo peor no era eso, sino lo que representaba: una amenaza silenciosa, suelta, con vía libre para destruirnos. Había que erradicarla. A cualquier precio. Por eso le exigí a Graham venir a Texas. La partida aún no estaba perdida. Y si Damien no había mencionado nada, significaba una sola cosa: seguía ignorando la verdad detrás del accidente de Edith. Una ventaja. Una bendita ventaja que debíamos explotar antes de que fuera tarde. Sin embargo, no cometería otra vez

