El mismo día Dallas Damien Mi esposa, la mujer que amaba, rara vez alzaba la voz. No estallaba, no perdía el control, no se dejaba arrastrar por el enojo, y mucho menos por cuestiones de trabajo. Por eso verla así, fuera de sí, con los ojos encendidos y las palabras desbordadas, me dejó descolocado. Me reprochó por querer protegerla, por querer cargar con lo que no me correspondía, por asumir el rol de salvador cuando ella no me lo había pedido. Su voz temblaba, no de debilidad, sino de orgullo herido. Dejé de insistir. Me obligué a retroceder. Me convencí de que, cuando estuviera lista, sería ella quien me diría que sucedía. El resto del día acompañé a los inversores chinos por el campo petrolero, respondí preguntas técnicas, hablé de cifras, de rendimiento, de proyecciones. Fingí est

