Lo que callamos (1era. Parte)

1004 Words
El mismo día Berna, Suiza Graham Sterling Culto, inteligente, con poder y dinero. Eso debería haber bastado para sentirme pleno. Pero todo comenzó a tener sentido el día que la vi caminar por los pasillos de aquel hospital en Marruecos. Esa mujer de mirada confusa, desorientada, se volvió pronto mi obsesión. Deseo inexplicable. Una necesidad que no supe ni quise nombrar. Quizá fue un antojo. Tal vez vanidad. No lo sé con certeza. Elena… así la llamé. Y desde entonces pasó a formar parte de mi mundo. De esas cosas que uno necesita para sentirse completo. Un adorno útil y hermoso, algo que reafirma el ego masculino cuando lo miras y sabes que te pertenece. No fue extraño que terminara pidiéndole matrimonio. Lo hice como debía hacerse: una cena impecable, luces suaves, champán caro y mi yate como escenario. Un momento perfecto. Irresistible. Ninguna mujer habría dicho que no. Desde entonces, los planes de boda avanzan a su ritmo. Y yo hago lo que mejor sé hacer: multiplicar mi dinero. Por eso viajé a Suiza. Tenía que cerrar un proyecto energético importante. El único error fue ausentarme. Dejar a Elena en Londres con su hija, Agnes. No me agradó. Incluso le pedí que me acompañara, pero se escudó en sus responsabilidades. Una excusa conveniente o su manera de tener un poco de respiro. A veces creo que sigue empeñada en descubrir quién fue antes de mí. Cómo llegó a Marruecos. Qué ocurrió en su pasado. Sobre todo, la identidad del padre de su hija. Como si no le bastara con ser mi prometida. Pero esas dudas se disiparán cuando sea mi esposa por completo. Y en este instante me revuelvo al borde de la cama y tomo el celular. En la pantalla, varias llamadas perdidas de Elena. Eso es extraño. Ella nunca me llama cuando estoy de viaje. Una presión seca se instala en el centro del pecho. No es preocupación. Me niego a llamarlo así. Es solo… incomodidad. Falta de control. Voy a devolverle la llamada, pero una entrante me interrumpe. —Buenos días, señor Sterling. —escucho la voz profesional de mi secretaria—. Le recuerdo el desayuno con los ejecutivos de Meyers en una hora. Luego, la reunión en la planta energética. Ya coordiné su transporte… —Marion, ubica a mi hermana —ordeno mientras me incorporo—. Que se encargue ella de Meyers. Hago una pausa mientras camino por la suite. —¿Qué pasó con los cambios en el presupuesto? ¿Hablaste con Paul o con Elena? —No pude comunicarme con su prometida, señor. Pero el señor Miller aseguró que durante el día enviará el presupuesto con los nuevos ajustes. —Insiste —corto—. Llama a Elena. Dile que es urgente. Hay un breve silencio al otro lado de la línea. —Existe un detalle importante, señor Graham. La señorita Vaughn tuvo que viajar de un momento a otro para cerrar una negociación en Estados Unidos. —¿Cómo? —estallo con voz amargada—. ¿Por qué nadie me informó de esto? —Lo siento, jefe. Supusimos que su hermana se lo comunicaría. Fue ella quien propuso a la señorita Vaughn para la negociación… La voz de Marion se vuelve un murmullo lejano. La rabia me recorre con una claridad casi placentera. Evelyn aún no entiende que no puede intervenir en mi vida. Ni en mis decisiones. Elena será mi esposa. Proteste. Grite. Conspire contra mí si quiere. No cambiará nada. —Marion —ordeno con voz firme—, averigua dónde se hospeda Elena. Con quién debe reunirse. Y de qué trata exactamente ese negocio millonario. Hago una pausa mínima. —Avísame apenas tengas noticias de mi prometida. Corto la llamada. Un rato más tarde Me cansé de marcar el maldito celular. Dudo que Elena esté dormida a estas horas, y esa certeza me desespera, me inquieta. ¿Qué tuvo que pasar para que no responda? ¿Una cena de negocios? Y ahora camino de un lado a otro por la suite, el teléfono aún pegado al oído, hasta que el sonido seco de unos tacos me detiene. Cuelgo de inmediato. Me giro justo cuando Evelyn deja su bolso sobre el sillón con un gesto despreocupado. —Menos mal que estás listo para el desayuno —suelta con desdén—. Detesto esperar. Doy un paso más, luego otro hasta estar frente a frente. —Y yo detesto que mi propia sangre me apuñale por la espalda —respondo, sin rodeos—. ¿Hasta cuándo vas a sabotear mi relación con Elena? —Ah… ¿de eso hablas? —dice con una sonrisa cargada de cinismo—. Te hago un favor, Graham. Evito que te enredes con esa mujercita. No pertenece a nuestro mundo. Acéptalo de una vez por todas. —¿Favor? —me acerco un paso—. Te pudre que tenga a alguien más en mi vida. Pero ni tú ni nadie va a perjudicar mi boda. —Lo que me pudre —replica, cruzándose de brazos— es que pongas en riesgo nuestro patrimonio por una obsesión enfermiza. Elena no te ama. Te usa como su billetera personal y, apenas conozca a otro hombre, te dejará. —Deja de decir estupideces —gruño—. Y dime algo más útil: ¿qué hace en Estados Unidos? ¿Con quién mierda se va a reunir? ¿Cuál es ese negocio impostergable? Evelyn ladea la cabeza, observándome como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba. —¿Por qué tanta preocupación? —pregunta con calma venenosa—. ¿A qué le temes, Graham? Hace una pausa, precisa y letal. —¿A qué recuerde su pasado? ¿A qué encuentre al padre de su hija? Aprieto los puños. Siento cómo las uñas se clavan en la piel antes de darme cuenta. Le sostengo la mirada. No le doy la satisfacción de una respuesta. Los recuerdos de Elena no volverán. Y si intentan hacerlo… los detendré.
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