Un encuentro doloroso (2da. Parte)

1129 Words
La misma noche Texas Elena Tenía clarísimo que la comodidad y la seguridad no me sacarían esta sensación de incertidumbre que me perseguía desde que acepte este viaje, no solo se trataba de conseguir una cuenta para la empresa, sino comenzar a buscarle sentido a esos recuerdos esporádicos. A ese grito silencioso de mi mente por recobrar el control de mi vida. Y ahí estaba sentada en el borde de la cama, el celular pegado al oído, observando a mi pequeña dormir. Como si, de alguna manera, ella pudiera decidir por mí. Como si su sola presencia fuera una brújula silenciosa. Finalmente, mi voz volvió a sonar al otro lado de la línea. —Señor Harris, nadie me comentó sobre la… peculiaridad de la señora Calloway. Pensé que solo serían reuniones de trabajo. —Isobel Calloway pertenece a la vieja escuela —respondió con calma—. Según ella, en lo cotidiano está la verdadera esencia del ser humano. Por eso le insisto en que considere su invitación. Cerré los ojos un instante. No había escapatoria. —Si no hay opción… me complacerá aceptar la invitación. —Perfecto. Mañana una limusina la recogerá en su hotel a las 21:00 p. m. —hizo una breve pausa—. Una última recomendación: luzca un atuendo sobrio, elegante, sin excesos. Buenas noches, Elena. Nos vemos mañana. —Buenas noches, Ed. Corté la llamada. Al final, después de dejar algunas indicaciones a la niñera y despedirme de mi pequeña con un beso suave en la frente, abandoné la suite. El ascensor descendía lento, y yo sentía una presión extraña en el pecho. Nervios, me dije. Nada más que nervios y pensé que se disiparían al llegar. Me equivoqué. Porque desde que bajé de la limusina soporté el acecho de la prensa como si fuera una estrella de cine o más abrumador. Flashes, voces superpuestas, preguntas lanzadas al aire que no respondí, ni entendí. Camine erguida con el mentón en alto. Pero lo peor vino después. Cada paso sobre las alfombras del salón parecía amplificar las miradas. Las mujeres me observaban como si tuviera algo en la cara, como si llevara un letrero con letras grandes: “desconocida”. Los hombres tampoco disimulaban: murmullos, miradas de pies a cabeza. Miré mi vestido escarlata. Sobrio. Elegante. Impecable. No había nada fuera de lugar. ¿O sí? Tal vez ya sabían que era la prometida de Graham Sterling. El magnate londinense. Tal vez eso bastaba. Pero decidí no dejarme intimidar. Forcé una sonrisa afable, me moví con soltura estudiada entre los invitados, como si ese mundo me perteneciera… hasta que Ed Harris apareció frente a mí, con su cordialidad ensayada. —Elena, un placer volver a verla. Y si me permite un cumplido, luce muy hermosa y elegante. —Gracias, Ed —conteste con voz afable—. La gala debe ser un evento importante en la ciudad para tener a la prensa acechando a los invitados. —Todo lo que lleva el sello de la familia Calloway los atrae. Ya se acostumbrará. —¿Y cuándo conoceré a mi anfitriona? —pregunté, barriendo el salón con la mirada—. ¿Dónde está Isobel Calloway? —Pronto. Mientras tanto, disfrute de la gala —indicó, extendiéndome una copa de champagne con caballerosidad. Sin embargo, fuimos interrumpidos por una voz masculina que me resultó familiar de una manera inexplicable. Al girarme, me encontré con un hombre apuesto y atlético, alto, de unos treinta años. Tenía el cabello oscuro y rizado, y unos ojos dorados cargados de una tristeza difícil de ignorar. Mis latidos se dispararon sin que pudiera comprender por qué. Me mordí el labio, desconcertada por la reacción de mi propio cuerpo. Y este silencio que ahora nos envuelve susurra cosas sin sentido. Vuelven, sin permiso, esos recuerdos recurrentes: el anillo, un campo abierto, una habitación a media luz. Su mirada sigue atrapando la mía; no es invasiva, no me acorrala, sino que me inspira una confianza desconcertante, casi peligrosa y seductora. —Por favor, dime Damien —dice ahora, con una sonrisa que no sé describir—. Tampoco me trates de usted. Suena demasiado formal… como esta gala aburrida. —Elena, no se deje arrastrar por las palabras de Damien —interviene Ed, rodando los ojos—. No comprende que se necesita algo más que papeles para cerrar un negocio. Hace una pausa y añade, con fingida paciencia: —Damien, demuéstrale a la señorita Vaughn la hospitalidad sureña. Yo voy a saludar a unos ejecutivos. Con su permiso. Ed se retira con un leve gesto de cabeza. Damien no aparta la mirada. Da un paso más cerca. Invade mi espacio sin tocarme, y aun así lo siento demasiado. —Elena, baila conmigo. Por favor. —No hay parejas bailando —murmuro, observando el ambiente—. ¿Pretendes llamar la atención? ¿Qué me sucede con este hombre? ¿Acaso acabo de coquetearle sin proponérmelo? —Solo quiero bailar —responde con calma—. Prometo hacerlo decentemente. Extiende su mano. Y sin pensarlo, la tomo. Nos movemos al compás de la música. Su cercanía me envuelve. El roce de su piel con la mía. Su aliento rozando mi rostro. Mi corazón late con fuerza, pero al mismo tiempo una paz inexplicable se instala en mí, una confianza que no tiene sentido… y aun así cala en mis huesos. Y, sin embargo, mi cuerpo reacciona antes de que pueda detenerlo. Como si no me perteneciera. Como si recordara algo que mi mente se niega a aceptar. —¿Qué hace una mujer como tú en una gala tan aburrida en lugar de… estar divirtiéndose? —pregunta en voz baja. —Estoy en la ciudad por trabajo —respondo con demasiada rapidez—. Luego regresaré a Londres. —¿Londres? —repite—. ¿Hace mucho tiempo vives allá? Lo miro. No respondo. —Perdona si fui invasivo, pero… No me gusta como me atrapa en un lazo que no puedo soltar, no es normal esto que siento cuando me encuentro con el dorado de sus ojos. —Debo retirarme —lo interrumpo, improvisando—. Mañana tengo una agenda ajustada. Por favor, ofrécele disculpas a tu madre en mi nombre. Suelto su mano, decidida a alejarme antes de perder algo que no sé nombrar. —Espera, Elena —dice, atrapándome con su voz—. No te marches todavía. O mejor… déjame invitarte una copa. Un café. Un helado. Lo que tú quieras. Y me quedo ahí, inmóvil con un nudo en la garganta. Arrinconada entre lo que sé…y lo que mi memoria se empeña en ocultar, y entonces la voz de Graham se cuela en mi cabeza como un ancla fría: no puedes. No ahora. No tú.
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