Mírame.

1386 Words
​ [POV Sofía] ​(Tres meses después) ​La sala de juntas se llena de tensión eléctrica mientras Marcus expone el proyecto de Aston Blackwood. Llevo un traje sastre color vino, hecho a la medida, que se ajusta a mi nueva silueta como una segunda piel. Mi cabello, ahora un con un corte simétrico alisado y elegante, me permite mirar a los hombres de la mesa directamente a los ojos sin esconder nada. ​Ya no soy la asistente que se suponía que sería, desde lo sucedido con el desfalco he pasado de checar balances a ser el filtro de Liam Blackwood para cualquier decisión financiera. Soy la Directora de Estrategia Financiera Interina. Y todos en esta mesa lo saben. ​—Es una oportunidad única, Liam —insiste Aston Blackwood en cuanto Marcus guarda silencio, golpeando la mesa de caoba con su anillo de oro—. Una flotilla de cincuenta camiones de carga pesada, modelo reciente, a un precio de remate. Necesitamos renovar la logística para el norte. ​Liam está sentado en la cabecera, girando un bolígrafo entre sus dedos con esa calma depredadora que ha perfeccionado. No responde. Solo gira la cabeza ligeramente hacia su derecha. Hacia mí. ​—¿Sofía? —pregunta, con voz neutral—. ¿Tú qué opinas de la "oportunidad única"? ​Siento la mirada de Aston clavarse en mí como un picahielo. Sé que me odia. Odia que una "don nadie" tenga la oreja del Rey. Abro mi carpeta de piel con calma deliberada. ​—Opino que es una estafa, señor Blackwood —digo, con voz clara y firme. Un murmullo recorre la mesa. Aston se pone rojo hasta las orejas ​—¿Disculpa? —sisea el tío, inclinándose hacia adelante—. ¿Una estafa? ¿Quién te crees que eres para cuestionar mis contactos? ​—No cuestiono sus contactos, Aston, cuestiono los números —respondo, deslizando el informe hacia el centro de la mesa—. Hice una auditoría rápida a la empresa vendedora, TransNorte. Los camiones tienen reportes de mantenimiento falsificados y el precio está inflado un 40% sobre el valor de mercado. Si compramos esa flotilla, estaremos comprando chatarra a precio de oro. ​Liam toma el informe, lo escanea en tres segundos y lo cierra. —No se autoriza la compra —sentencia Liam sin mirar a su tío—. Siguiente punto. ​Aston explota. Se pone de pie de un salto, tirando su silla hacia atrás con estrépito. —¡Esto es inaudito! —grita, señalándome con un dedo tembloroso—. ¿Vas a dejar que esta... esta arribista decida por encima de tu propia sangre Liam? ​La sala se congela. Nadie respira. Yo mantengo la barbilla en alto, aunque siento el pulso latirme en la garganta. ​—Cuidado, Aston —advierte Liam, y su voz baja una octava, volviéndose peligrosa. ​—¡No! ¡Ya basta! —Aston está fuera de sí—. Todos sabemos lo que pasa aquí. Le diste poder, le diste una oficina... ¿qué más le estás dando, Liam? ¿Crees que no veo cómo te mira? Aston suelta una risa cruel, mirándome con asco. —Por favor, mírala. Podría ser tu madre. Es una cazafortunas vieja que se quiere meter en la cama del jefe joven para asegurar su retiro. ¡Abre los ojos, muchacho! ¡Es un niño para ti, Campbell! ¿Crees que metiéndote en todos los asuntos de Blackwood corp. Podrás meterte a su cama? ¡Estás soñando! Los Blackwood tenemos mejores gustos. ​El insulto me golpea como una bofetada física. El aire se me escapa. Vieja. Cazafortunas. Arribista. Todas mis inseguridades expuestas en una sala llena de hombres. Siento las lágrimas de humillación picando detrás de mis ojos, pero me muerdo el interior de la mejilla hasta sentir sabor a sangre. No voy a llorar. No hoy. ​Me pongo de pie despacio. Mis piernas tiemblan, pero mi voz sale fría como el acero. —Se equivoca en dos cosas, señor Aston. ​Él me mira, sorprendido de que me atreva a hablar. ​—Primero —digo, dando un paso hacia él—, mi relación con el señor Blackwood es estrictamente profesional, algo que usted no entendería porque confunde los negocios con el nepotismo. —Y segundo —clavo mis ojos en los suyos—, aquí adentro, en esta sala, usted no es "el tío". Usted es un empleado más de Liam Blackwood. Exactamente igual que yo. La diferencia es que yo le genero dinero a la empresa, y usted solo le genera dolores de cabeza. ​El silencio es absoluto. Podrías oír caer un alfiler. Aston abre la boca, morado de furia, listo para lanzarse sobre mí. ​—¡FUERA! ​El grito de Liam es un trueno que nos hace saltar a todos. Liam está de pie. Ya no es el CEO calmado. Es una bestia furiosa. Sus ojos miel están oscuros, fijos en su tío con una promesa de violencia. ​—Liam, no puedes... —balbucea Aston, retrocediendo. ​—¡Dije fuera! —ruge Liam, señalando la puerta—. Estás suspendido del consejo, hasta que tú y yo pongamos varios puntos claros Aston. Lárgate de mi edificio antes de que llame a seguridad y te saque a rastras. ¡AHORA! ​Aston nos mira a ambos con odio, pálido, dándose cuenta de que cruzó la línea. Toma su maletín y se acomoda el saco de su traje de tres mil dólares y levantando el mentón y dándonos una mirada amenazante da la vuelta para salir de la sala de juntas. El portazo resuena en las paredes de cristal. ​Liam respira agitado, con los puños apretados sobre la mesa. —La reunión terminó —dice al resto de los ejecutivos, sin mirarlos—. Todos afuera. ​En menos de diez segundos, la sala se vacía. Nos quedamos solos. ​El silencio vuelve, pero ahora es pesado, asfixiante. La adrenalina me abandona de golpe. Mis rodillas ceden y me dejo caer en mi silla. Empiezo a temblar. No es miedo, es una mezcla tóxica de coraje, humillación y el shock de haberle hablado así a un Blackwood. «Es un niño para ti... Podría ser tu madre...» ​Las palabras de Aston se repiten en mi cabeza. Recordandome el engaño de mi hermana menor. ¿Fue por eso que lo hizo David? ¿Por qué ella es menor? ¿Por qué me puse vieja y fea? Me llevo las manos al pecho, intentando meter aire, pero no puedo. Estoy hiperventilando. —Sofía... —escucho la voz de Liam, pero suena lejos. ​Mis manos tiemblan incontrolablemente sobre la mesa. No puedo parar. Siento que me voy a romper en mil pedazos. De repente, siento unas manos grandes y cálidas que me toman de los brazos y me levantan de la silla con firmeza pero con una suavidad desconocida. ​—Mírame —ordena Liam. ​No puedo. Tengo la vista nublada. —Respire, Sofía. Respire. ​Al ver que no reacciono, que sigo boqueando como un pez fuera del agua, Liam hace algo impensable. Rompe la distancia. Rompe el protocolo. Me envuelve en sus brazos y me aprieta contra su pecho. ​Es un abrazo sólido, fuerte, protector. Mi cara queda pegada a la solapa de su saco, oliendo a su perfume caro, a madera y sándalo. Puedo sentir el latido acelerado de su corazón contra mi mejilla. ​—Ya pasó —susurra contra mi cabello, su mano acariciando mi espalda torpemente, como si quisiera calmar a un animal herido—. Lo hiciste bien. Nadie te va a volver a hablar así. Te lo juro. Imágenes de el abrazándome justo como ahora pero en su deportivo rojo se agolpan en mi mente, su olor es el mismo, el calor de su cuerpo también y la sensación de ser protegida en medio de mis debilidades también se siente como un deja vu. ​Me aferro a su camisa, arrugando la tela perfecta, y dejo que su calor detenga mis temblores. Por un momento, solo por un momento, no somos la empleada y el jefe. Somos dos personas aferrandose el uno al otro en medio de la tormenta.
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