Volver a la ciudad fue como despertar bruscamente de un sueño. Las luces, el ruido, la gente, cada aspecto de la vida cotidiana se sentía como una bofetada fría tras el cálido refugio que habíamos compartido en la casa de campo. Alejandro me dejó en la entrada del edificio donde vivía, intercambiando una última mirada cargada de emociones que ambos intentábamos ocultar. —Nos vemos mañana, Anny —me dijo antes de darme un beso fugaz en los labios. Fue un beso corto, pero su intensidad quedó flotando en el aire mientras se alejaba en su auto. Subí a mi departamento, y con un suspiro, me dejé caer en el sillón. La realidad se imponía rápidamente: ¿cómo iba a manejar esto en la oficina, en un ambiente donde no podía permitirme ni una pizca de vulnerabilidad? Las primeras semanas fueron un de

