La mañana era tan silenciosa que hasta el crujir de las sábanas parecía un sonido ensordecedor. Sentía el calor del sol atravesando las cortinas, envolviéndonos en una cálida luz dorada. Alejandro aún dormía a mi lado, y yo aproveché ese instante para observarlo sin reservas, sin el peso de las expectativas, solo él, con la expresión relajada, sin la arrogancia ni el ego que usualmente lo acompañaban. Pero esa calma, esa paz que sentía allí junto a él, comenzaba a quebrarse en mi interior. Sabía que tarde o temprano tendríamos que volver al mundo real, y que nada de esto tendría sentido cuando la vida retomara su curso habitual. Su madre, Blanca, nuestra dinámica en la oficina, los secretos que compartíamos en este momento que, aunque parecía eterno, no dejaría de ser solo un instante. A

