Después de aquel beso en el jardín, algo cambió entre Alejandro y yo. Tal vez porque los dos nos dimos cuenta de que la situación era mucho más intensa de lo que habíamos admitido hasta ahora. Alejandro no era un hombre acostumbrado a ceder terreno ni a compartir, y la idea de que alguien como Zouse intentara colarse en su vida —en nuestra relación, para ser exacta— parecía desatar algo feroz en él. Al día siguiente, como era de esperar, la atmósfera en la oficina estaba cargada. Cada vez que Zouse aparecía en el radar, Alejandro se tensaba, sus palabras se volvían más cortantes y sus ojos parecían lanzar dagas en cada mirada. Era obvio que esa competencia, que antes se limitaba al ámbito profesional, ahora había invadido también el personal. Un Juego de Celos. No puedo mentir, parte d

