Cuando aterrizamos en nuestra ciudad, el hechizo de Italia aún nos envolvía, como si hubiéramos traído con nosotros un pedacito de aquel sueño que habíamos vivido. Pero apenas cruzamos las puertas del aeropuerto, la realidad nos alcanzó de golpe. Las miradas de las personas, los flashes de los fotógrafos, y el constante murmullo de quienes especulaban sobre nuestra relación nos hicieron recordar que la burbuja había estallado. Alejandro me sostenía la mano con firmeza, ignorando a los periodistas que intentaban sacarle alguna declaración. Avanzábamos como si fuéramos una muralla, una pareja decidida a no dejar que nada la separara. Sin embargo, en el fondo, ambos sabíamos que los verdaderos problemas estaban aún por comenzar. De regreso en su departamento, ambos estábamos exhaustos pero

