Cuando llegamos a la oficina, Alejandro apenas me dio un segundo de respiro. Con una firmeza que casi parecía un desafío, me pidió que subiera a su despacho para "revisar" un informe. El ambiente entre nosotros era una mezcla de tensión y algo que ambos evitábamos nombrar. Casi podía sentir la electricidad en el aire. Apenas cerré la puerta, él soltó el informe en el escritorio y se apoyó en la mesa, observándome en silencio con esa mirada que parecía ver más allá de mis palabras, de mis gestos, de todo. —¿Qué pasa ahora? —pregunté, cruzándome de brazos. —Anny, no voy a mentir —comenzó, inclinándose hacia mí con una seriedad inusual—. Estoy harto de Zouse rondando como si no tuviera otra cosa que hacer. Solté una carcajada sarcástica, incapaz de contenerme. —¿Eso es todo? ¿Te molesta

