Carolle sintió cómo su cuerpo entero temblaba bajo su peso. Su mente le gritaba que debía resistirse, pero su cuerpo estaba traicionándola. Cada roce de Mateo, cada palabra pronunciada con esa voz grave y dominante, la desarmaba. —No puedo resistirme... murmuró él, como si estuviera hablando más consigo mismo que con ella. Entonces, sus labios la atraparon con una fuerza que bordeaba lo salvaje. No era un beso gentil; era como si estuviera devorándola, como si quisiera reclamarla de una forma que no dejara dudas de a quién pertenecía. Carolle intentó apartar el rostro, pero Mateo la siguió, sus manos abandonando las muñecas de ella para deslizarse por sus caderas. La intensidad era tal que sentía que apenas podía respirar. —¡Mateo! —logró decir en un jadeo cuando él se apartó por

