Carolle estaba condenada a Mateo

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Mateo la miró fijamente, leyendo en su rostro la urgencia de la situación. Sin decir palabra, se levantó con rapidez y corrió hacia la ventana. Mientras tanto, Carolle echó un vistazo hacia la puerta, asegurándose de que no hubiera señales de que Hilbraim ya había llegado. La ansiedad la invadió. Con un movimiento frenético, Carolle sacó sus ropas de la cama y las metió en la cesta de la ropa sucia. No podía dejar ningún rastro de lo que había ocurrido. La idea de que Hilbraim la encontrara en esa situación era impensable. Cuando el coche de su esposo ya estaba aparcado fuera, Carolle corrió hacia la regadera. —¡Dios mío! —murmuró, vaciando una buena cantidad de champú en su cabello. Sabía que el olor a Mateo no desaparecería fácilmente, pero tenía que intentarlo. Sabía lo que si

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