Capítulo 16

2137 Words
Zoe Miller No sé qué hacer, pero me doy cuenta que mi intento de pedir perdón por la indiscreción terminó ocasionando una situación peor. Samuel se queda unos segundos sin reaccionar, mientras la mujer que habla por el teléfono continúa gritándole que le dé la cara. Es raro ser la que mire de fuera, pero ahora mismo yo tampoco puedo moverme y alejarme, lo que siendo práctica, le resolvería parte del problema a Samuel. Escucho pasos en la escalera y la animada voz de Sammy, solo entonces mis pies me hacen caso y puedo alejarme. Le doy un último vistazo a Sam antes de irme y al hacerlo, veo que él me está mirando completamente derrotado. Suspira, sus hombros bajan y vuelve a enfocarse en el celular. No me quedo a escuchar qué dice, pero intercepto a Michael y a Sammy para que él pueda tener privacidad. Antes no me pasó por alto la cara de mi hija cuando se mencionó el compromiso de su padre, me hizo creer que de alguna manera ella sabe quién es Samuel en su vida. Pero eso sería demasiado por hoy, no sé cómo reaccionaría si Samira me pregunta la verdad antes de que acabe el día. Los llevo a la cocina y llamo la atención de Madeleine, es evidente que ella está molesta, pero finge delante de mi hija. Se disimula un poco la situación mostrándole a Sammy los juegos que antes fueron a buscar. Verla emocionada por jugar cosas que de niña yo también usaba, me hace sonreír a pesar del mal rato que acabamos de pasar. Es inevitable pensar en esos años que fui feliz, cuando creí que tenía una buena familia que me apoyaba, liderados todos por Sam, mi siempre protector mejor amigo. Ahora solo me queda un pasado lleno de suspiros, recuerdos que jamás podré dejar atrás estando aquí, porque aquí todo se reduce a él. Samuel regresa unos minutos después y su expresión no necesitaría saber leerla para entender que no está bien. No se siente bien, pero sonríe con verdadera alegría cuando mira a Sammy. —Hey, me gustaba jugar al Monopolio —dice mientras se acerca a la mesa donde sacaron el juego y Michael le está enseñando las reglas a Sammy—. Era demasiado bueno...creo que sigo teniendo el récord de victorias... Levanta la mirada y busca la mía. Una sonrisa entre cómplice y tímida se forma en su boca. —Siempre le ganaba a todos... —Hago una mueca, es evidente que esa declaración es para mí—. Puedo enseñarte si gustas, Sammy. ¿Quieres? Antes de que nuestra hija murmure su afirmación, que ya la espero, intervengo. —Tenías el récord en hacer trampa, Sam, no le enseñes eso, serás una mala influencia para Sammy... Él suelta una carcajada y por unos segundos todo se siente normal. Deja de mirarme y se enfoca en la niña, le habla al oído y cuando mi pequeña ríe con él, algo se afloja en mi pecho. —¿Qué te parece si jugamos, Zoly? Sammy va a vigilar mi juego y se asegurará de que no hago trampa. Si te gano, tienes que retractarte de esa absurda infamia... Se hace el ofendido y es algo tan normal, que no puedo dejar de sonreír. En momentos como este, rodeados de todo lo que una vez consideré hogar, no puedo sentirme incómoda. Es algo natural y me cuesta unos segundos entender que ya no es lo mismo, pero de todas formas mantengo la sonrisa por Sammy, que se ve más feliz que nunca. Acepto. No hay dudas de qué es lo que tengo que hacer. Solo quiero complacer a mi niña. Ella pidió su regalo de Navidad y sin saberlo, lo tiene justo enfrente. ---- Samuel Riley Me olvido de todo mientras juego contra Zoly, con Sammy observándome de cerca. No tenía idea alguna de lo que ser padre es, mucho menos si eso incluye de repente a una niña de diez años que es más observadora de lo que todos creen. Sin embargo, no hay ningún tipo de incomodidad o la sensación de estar haciendo algo mal; al menos no con ella. Samira Miller es mi hija y poco a poco voy descubriendo lo maravilloso que es eso. Solo han pasado horas desde que supe la verdad, no sé si es posible crear un sentimiento tan de repente, pero se siente como si ya no pudiera alejarme ni aunque lo intentara. «Nada en el mundo me apartará de Sammy de nuevo». Ya lo permití yo hace diez años y ahora estoy pagando las consecuencias de mis actos. No puedo repetir el mismo patrón. No soy un niño, soy un hombre que es consciente de sus actos y de lo que puede resultar tomar una mala decisión. Siento la mirada de todos sobre mí la mayor parte del juego, incluyendo la de Zoe. Sobre todo cuando mi padre habla de nuestra infancia juntos y todas las locuras que hacíamos. Yo era una mala cabeza que arrastraba a Zoe para todos lados. Recordarlo me hace reír solo y me gano la atención curiosa de quien fue mi mejor amiga, la chica que amé siempre y la madre de mi recién conocida hija. Lo que nadie sabía era que, detrás de esa niña de coletas y aparentemente ingenua, se escondía una diablilla que me incitaba a hacer las peores acciones. ¿Buscar ranas y dejarlas en el patio del vecino molesto que se quejaba de todo? Idea de Zoly, desarrollado por mí. ¿Enterrar una bufanda de su abuela porque la rompió jugando con ella luego de saber que no debía hacerlo? Pensado por ella, ejecutado por mí. ¿Escaparnos a la casa del árbol a medianoche porque Zoe necesitaba llorar la ausencia de sus padres por culpa de otra niña mala del colegio? Yo mismo trepé hasta su ventana y la ayudé a bajar después. Luego me encargué de que esa niña supiera que Zoe estaba en los límites de su maldad. «Aunque eso último no demuestra que ella era una mala influencia, sino que yo hacía todo por complacerla. ¿Por qué fui tan idiota años después?». De repente, la habitación se llena de gritos y vuelvo a concentrarme en el juego. Miro a mi alrededor y veo que todos me esperan, es mi turno de lanzar los dados. Miro mis probabilidades y no son buenas. Zoe tiene la mayor parte de sus inversiones en las casillas siguientes y una mirada a su expresión sobrada, me dice que sabe que estoy al punto de ir a la bancarrota por su culpa. Finjo que esto me pone serio, pero la realidad es que siento todo lo contrario. Después de años, vuelvo a sentirme pleno. La Navidad sin mi Zoly no era nada divertido, no tenía nada de especial, por más que me engañara. Y ahora, sabiendo que alguien importante llegó a mi vida, mucho más. Lanzo los dados y tapo mi rostro en el mismo momento que todos vociferan, ríen, gritan de júbilo y aplauden. «Definitivamente hasta mis padres se ponen de lado de Zoe, ¿cómo se supera eso?». —¿Puedes pagarme, Sam? —pregunta ella, con sus ojos brillando con la victoria, pícara y traviesa. No puedo dejar de sentir el cosquilleo que siempre me llevaba hasta ella, ese impulso casi estático, un hilo invisible que me ataba a su dedo y me arrastraba con ella cada vez. Miro mis billetes. Miro lo que le debo ahora. Vuelvo a mirarla a ella. Niego con la cabeza. —Ya valió —declaro y Sammy se levanta chillando para abrazar a su mamá. Todo es alegría por unos largos minutos. —Entonces… —me mira Zoe y sé que viene el momento de jactarse. Me cruzo de brazos y me dejo caer en la silla. Ella desvía sus ojos un segundo a mis brazos y luego vuelve a mirarme divertida—, ¿perdiste porque Sammy no te dejó hacer trampa? Deberías aceptarlo. Llevo tanto tiempo sin ver esta faceta de Zoe que no puedo enojarme, ni siquiera indignarme de broma. Ver su sonrisa dirigida a mí una vez más es una experiencia que creía muy lejana. —Perdí porque eres la mejor —declaro y no es broma. Siempre fue buena con los números—. ¿Cumpliste tu sueño de estudiar para ser parte de Wall Street? Conforme lo digo, mi sonrisa se congela, porque acabo de echar a perder todo lo que habíamos avanzado. Zoe me mira con resignación, mi madre dice algo de llevar a Sammy a buscar los álbumes de nuestras fotos de niños y mi padre se va al salón para seguir viendo algo en la televisión. Nos quedamos solos y no pasa ni un segundo cuando me estoy disculpando. —Lo siento, no quería arruinar el momento. Me levanto de mi lugar y voy con ella, cuando me agacho a sus pies, Zoe me mira con los ojos llenos de lágrimas. —¿Qué sigue a esto, Samuel? ¿De verdad pretendes quedarte en la vida de Sammy o te vas a ir como lo hiciste hace tanto tiempo? Su pregunta me golpea directo en el estómago, como un gancho de derecha bien ubicado. No la culpo, pero toda esta situación nos lleva al límite. —Dime tú qué sigue, Zoe, porque fui yo quien se enteró hace menos de veinticuatro horas que tenía una hija. Ni siquiera sé cómo actuar a tu alrededor, con la preocupación de decir o hacer algo mal, pero, ¡oh, sorpresa!, de igual forma termino arruinándolo. ¿Qué es lo que tengo que hacer yo? ¿Qué es lo que sigue? Esas son las mismas preguntas que yo quiero hacerte a ti. —No soy yo la que está comprometida y tiene una vida en otra ciudad. No fui yo la que empezó a girar esta rueda hace diez años, Samuel. —Me mira con lágrimas en los ojos, los dientes apretados y un dolor rabioso en su mirada—. Ya dejé mi vida de lado una vez, todo por huir de ti, de lo que me hiciste, no lo haré otra vez. Esas palabras llaman mi atención. —¿Huir de mí? ¿Qué te hice, Zoe? Hablemos claro de una vez, porque evidentemente tú y yo tenemos versiones diferentes de lo que pasó. ¡Y me estoy volviendo loco con todo, porque no entiendo absolutamente nada! —¿¡Qué me hiciste!? —exclama, enojada, más alto de lo que debería—. No fui yo la que rompió con todo y se olvidó de una historia, Samuel. No fui yo la que salió de este lugar y con un pie fuera, se dio cuenta de sus prioridades. Te dije que estaba embarazada y decidiste no creer que era tuyo, cuando el único hombre en mi vida, has sido tú, ¡carajo! Tú seguiste con tu vida como si nada, estudiaste, lograste tus sueños, ¡estás por casarte! ¿Dónde está tu sufrimiento? ¿Dónde está la parte de la historia en la que fui yo quien te arruinó? Me fui de aquí porque quedar embarazada del hombre que amaba y por el que todos me odiaron siempre, me hizo huir. Me hizo alejarme, antes de ser el hazmerreír de toda una generación que te adoraba y no creería jamás que eras tú quien había roto lo que éramos. Te convertiste en eso contra lo que tanto me defendiste por años. Te fuiste sin preocuparte siquiera de que el hijo que esperaba era tuyo. Cada palabra me golpea, me hace daño. Y me lo merezco, mucho de todo eso sigue doliendo, como brasas ardiendo sobre mi piel, aunque sigo sin entender qué pasó realmente. —Te acepto todo, Zoe, porque no puedo regresar el tiempo atrás y deshacerlo. Pero hay algo que me hizo alejarme cuando pensé las cosas y quise rectificar mi error. Yo sí vine a por ti, llegué a tu puerta, pero ya te habías ido. Fue Mariella quien me dijo que tú…habías perdido el bebé y me… —¿Qué acabas de decir? —La calma en ella es peligrosa, me mira como si pudiera acabar conmigo solo por lo que ella cree que estoy insinuando—. ¿Cómo te atreves a…? —¡Chicos, basta! —interviene mi padre cuando las cosas están por salirse de control—. Les aconsejo que tengan esta conversación en otro lugar, Sammy podría escucharlos. Nos quedamos quietos y siento el arrepentimiento calar mis huesos. Zoe se mira de la misma manera. Pero cuando vuelve a verme, sus labios apretados y el fuego en sus ojos me advierten que esto no ha acabado. —Vamos a mi casa. —Da media vuelta y se marcha.
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