Capítulo 15

2152 Words
Samuel Riley El clima no me permite salir de casa. Me siento encerrado y sin poder hacer nada para calmar esta ansiedad que me llena. Me pone mal recibir mensajes de Sandra, preguntando y quejándose de la distancia cuando no puedo hacer más que esperar que la nieve se apiade de nosotros. Aunque, siendo sincero conmigo mismo y completamente egoísta, no soy capaz de moverme ahora que mi vida dio un giro que no esperaba. «¿Cómo irme ahora que descubrí que tengo una hija? ¿Cómo querer escapar si dentro de mí sé que no podré hacerlo?». —Arggg —me quejo y me inclino hacia adelante para tapar mi rostro. Ya no me siento cómodo sentado en el sofá, me molesta hasta la alegre melodía de un Jingle Bell de fondo en la televisión. Mi padre está a mi lado y no ha dicho una palabra, no sé si está decepcionado de mí o qué le pasa, pero esta situación me está sobrepasando. ¿Debería ir a casa de Zoly y tratar de entender qué pasó hace tanto tiempo? ¿Acercarme a Sammy sin preguntarle a Zoe si ella está bien con eso? «Eso sería una mierda de mi parte, así que está descartado», me respondo yo mismo mis estúpidas preguntas. —¿Por qué estás tan impaciente, Sam? —La voz de mi padre se escucha extraña, como si me cuestionara, como si esperara más de mí. «Ya somos dos», quiero decirle, pero me quedo callado. —¿Qué harás ahora que sabes algo que has ignorado todo este tiempo? —insiste, cuando ve que me quedo callado, sin saber qué responder. Levanto la cabeza y lo miro dolido. —No lo hice a propósito, papá. De haber sabido que tenía una hija de diez años, no hubiera estado ausente toda su vida. —Incluso yo soy capaz de notar el martirio en mi voz. —¿Zoe nunca te dijo que estaba embarazada? —Vuelve a la carga y esta vez da en el blanco. Me quedo callado. Esta es la parte que no puedo perdonarme ni yo mismo. Vuelvo a bajar la cabeza, sin poder responder. Explicar ahora que vine a buscarla para intentar apoyar lo que sabía que podía ser mi responsabilidad también, pero que me encontré con su ausencia y una mala noticia, se siente estúpido. Una justificación de mierda que ni siquiera yo puedo soportar. —Me lo dijo —acepto. Mi padre hace un ruido que reconozco como decepción. —Entonces ve con ella y trata de arreglar el futuro. El pasado ya es imposible de cambiar. Se levanta y me deja solo en el sofá. Yo miro el árbol de Navidad, las decoraciones, las fotos que siguen colgadas en las paredes como si Zoly y yo nunca nos hubiéramos distanciado. ¿Aquí yo estaba dispuesto a traer a Sandra? ¿A un lugar donde idolatran a la mujer que más amé en la vida y que nos rompimos el corazón ambos sin remedio? Nunca fui capaz de pedirle a mamá que quitara las fotos, pero cómo hacerlo si ni siquiera la he sacado de mi propia cartera. Zoe, a pesar de todo, la distancia, los años, ha sido una constante en mi vida…y ahora, con nuestra hija, lo estará para siempre. Miro mi celular y busco el número de Sandra. Tengo que decirle al menos lo que está pasando, no quiero que ella se lleve la impresión equivocada de lo que han sido las últimas horas y hacerle más daño del que ya le estoy haciendo solo con mantenerla alejada. Pienso en llamar, pero eso sería un caos. Mejor será enviarle un mensaje de texto donde pueda explicarle lo más grave de la situación, al menos. Pero no alcanzo a hacer nada, porque llaman a la puerta y mi corazón se dispara. Me levanto rápidamente, tengo una idea clara de quiénes pueden ser y no creo que dejarlas en el exterior por más tiempo del que deben con este frío sea lo mejor. Abro la puerta sintiendo que mis pulmones no logran llenarse del oxígeno que necesitan y cuando veo a Zoe, de la mano de Sammy, me quedo sin aliento. Pasarme la mañana pensando en todo nuestro pasado hace esto. Que unos nervios del tamaño del Everest ocupen todo mi cuerpo. —Hola, Sam. ¿Pasarás la cena de Navidad con nosotros? —pregunta Sammy con una increíble sonrisa emocionada y un brillo en sus ojos que provoca el mío, aunque por unas razones diferentes. Trago en seco el nudo en mi garganta y asiento. Abro la puerta del todo para que puedan pasar. —Claro que sí —alcanzo a decir cuando me recupero—. Entren, antes de que se congelen. Sammy suelta una risa fácil y yo me hincho como pavo al saber que eso lo hice yo. Que mi hija ríe conmigo solo porque le nace hacerlo. —No nos vamos a congelar, tonto —declara entre risas y Zoe la reprende por el mote—, estamos abrigadas y no ha pasado ni un minuto. ¿Verdad, mamá, que no nos vamos a congelar? Miro a Zoe, que no sabe dónde meterse ni qué decir. Ella me mira con los ojos brillantes también, solo que para mí parece un cervatillo perdido. Pero se recompone y mira a Sammy. —No, por un minuto en el porche no nos vamos a congelar, pero no probemos esa teoría. Entra y quítate el abrigo, cariño. Sammy entra corriendo y nos deja solos a Zoe y a mí. Ella da un paso adelante y yo me muevo a duras penas, no porque quiera molestarla, sino porque me siento pegado al suelo, incapaz de moverme. —Pensé que no estarías aquí, siento mucho si Sammy y yo… La interrumpo antes de que diga algo que no va. Tomo su mano y aunque ella lleva guantes, no puedo resistirme al estremecimiento que me recorre. —No, no acabes esa frase —pido, con voz baja y a manera de ruego, más que una orden—. No sabía nada, Zoe, te juro. No estuve ausente porque quise y puedo asegurarte que ahora lo menos que quiero es mantenerme así. Es aquí donde ustedes tienen que estar, Sammy merece ocupar su lugar… Esa última palabra la digo en un susurro. Zoe me mira y a pesar de los años, puedo entender lo que me cuentan sus ojos. Quiere gritarme, quiere mostrarme lo enojada que está, pero no lo hace. Se muerde el interior de su mejilla y se traga sus emociones. —Te equivocaste en algo, Sam. Sí es el lugar que debe ocupar Sammy, pero no es el lugar donde tengo que estar yo —declara y sin dejarme decir una palabra, pasa por mi lado, dando por cerrada la conversación. Podría insistir, a fin de cuentas está a solo dos pasos quitándose el abrigo y dándome la espalda. Pero su postura y su actitud me advierten que no lo hagan y no tengo el derecho a exigirle otra conversación. Ya ella y yo no somos quienes solíamos ser. No somos los mejores amigos, no somos los chicos que se amaban con locura. Solo nos une Sammy y todavía tengo que hacerme a la idea de lo que eso significa. Vuelvo a mirar mi teléfono, recordando que estaba por escribirle un mensaje a Sandra. Mi padre regresa al salón y saluda a Zoe con alegría. Mi madre llega pidiendo su ayuda para la cena. —Made, yo creo que Sammy y yo podemos pasar la cena en casa, no necesitas cocinar para nosotras también. Si la prometida de Sam viene estarán en familia y… «Oh, por Dios, ella no acaba de decir eso», me reclamo interiormente y siento todas las miradas sobre mí antes de que se desate el caos. —¿Cómo? —pregunta mi mamá y su tono de voz se acerca bastante a un chillido. Me giro para verla y no puedo leer sus emociones, su rostro se ve sorprendido, confuso y también, extrañado. Detrás de ella asoma Sammy y me mira intentando contener un puchero. «¿Qué acaba de pasar aquí?». —¿Te comprometiste con Sandra, hijo? ¿Cuándo pensabas decirnos? —Ahora es mi padre quien habla y no se nota muy emocionado, solo intenta romper el tenso silencio. Zoe mira a todos, con las mejillas rojas y sin saber dónde meterse. Es evidente que pensaba que mis padres estaban al tanto, lo que está bastante alejado de la realidad. Mis padres saben de Sandra porque llevamos dos años de relación, pero no porque la haya traído conmigo alguna vez. Lo que para ellos significa que no voy en serio y esto, ha sido chocante, cuando menos. Vuelvo a mirar a Sammy, que ahora está de espaldas a mí. Por algún motivo siento que la decepcioné y mi pecho duele por eso. Ella no sabe que soy su papá, no confirmado, al menos; pero en su postura es evidente que entiende lo que un compromiso significa en mi vida. —Lo siento, Sam, pensé que… Suelto un suspiro. Niego con la cabeza. —No, no te disculpes. Es mi culpa por no haberles dicho y no aclararte a ti que ellos no estaban al tanto. Zoe se muerde el labio inferior, avergonzada y mis ojos se dirigen a su boca. Pestañeo varias veces para intentar cambiar mi atención. —Sí, mamá, papá, me comprometí con Sandra y teníamos planeado venir a decirles. Pero ella se quedó en un hotel de la ciudad esperando unos regalos que quería darles a ustedes y a mí, bueno…ya saben lo que me pasó para quedarme atrapado aquí con este clima. Mi madre me mira sin decir nada. Aprieta la boca y asiente. Regresa a la cocina sin mirar atrás ni una vez. Nos quedamos nosotros cuatro en el salón, hasta que Zoe se excusa y la sigue. Mi padre me mira y niega con la cabeza, vuelve a estar decepcionado y ni siquiera intento evitarlo. —Sammy, ¿quieres jugar un juego? —le pregunta a la niña callada que está a pocos pasos de mí—. Sam tiene muchos juegos de mesa guardados en su habitación. ¿Los buscamos? Es tradición en nuestra familia jugar en cada Navidad. Su carita cambia y una sonrisa radiante aparece. Asiente y luego vuelve a mirarme. —¿Jugarás con nosotros? —su pregunta me derrite el corazón en el pecho. Le sonrío y deshago la distancia entre los dos. Me arrodillo a sus pies para que vea y sienta que no hay otro lugar en el que quiera estar ahora mismo. —Todo lo que quieras. Pero no te dejaré ganar. Sammy suelta una carcajada y me mira con la competitividad que solía adorar ver en el rostro de su madre. —No necesito que me dejes ganar, soy muy buena jugando. Asiento, riendo. —Por supuesto que sí —aseguro y la veo irse con mi papá para buscar la caja repleta de juegos que hace años no usamos. Esa tradición era constante año tras año, hasta que Zoly se fue de nuestras vidas. Me quedo solo y me incorporo, pensando en qué carajos puedo hacer con todo lo que está pasando en mi vida. Vuelvo a mirar el teléfono y mi mensaje a medio escribir. Estoy por retomar, cuando una llamada de Sandra aparece en la pantalla. Es una videollamada, por lo que dudo. Pero si voy a hacer esto, es mejor ahora que estoy solo. —Hola, San. —¿Sam? ¿Qué tanto escribes y no acabas de enviar? Estuve revisando las predicciones del tiempo y quizás pueda tomar un taxi antes de la hora de la cena. Según dice, se espera que deje de nevar. Me recorre un escalofrío al escucharla decir que vendrá. —¿Eso dijeron? —murmuro en voz baja sin saber qué más decir, es evidente que no he estado pendiente del tiempo. —Sí, ¿no has visto las noticias? Sé que querrías venir por mí, pero creo que será más peligroso y prefiero tomar algo yo hasta allá. Solo envíame la dirección exacta para poder… Se interrumpe en el mismo instante que siento pasos a mi espalda. —¿Samuel? —La voz de Zoe se escucha un segundo antes de que su rostro aparezca en la pantalla, por detrás de mí y Sandra la vea. No me da tiempo bajar el teléfono antes del desastre, pero lo hago de todas formas. Me giro y veo a Zoe, que no entiende nada. No sé qué decirle, de qué manera gestionar esto ahora. Pero un chillido proveniente del celular la hace entender todo. —Samuel Riley, ¿ella es quien creo que es? Yo solo cierro los ojos y suspiro. «¿Esto no va a parar de empeorar?».
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD