Capítulo 12

1903 Words
Samuel Riley Abro los ojos y lo primero que veo es la nieve acumulada en la ventana. Todo está inquietantemente oscuro. Reviso mi celular para ver la hora y doy un salto cuando me doy cuenta que son más de las siete de la mañana. Me pongo rápido los pantalones de chándal que mamá me dio anoche para poder estar más cómodo y salgo del cuarto sin pensar mucho en la razón por la que parece que es aún de madrugada. El pasillo está oscuro y la escalera también, pero siento a mi madre haciendo lo suyo en la cocina. El olor del café me llega y mis tripas suenan con las ganas de tener su primera dosis del día. —Buenos días —saludo y siento nostalgia cuando mi madre se gira con una sonrisa. Verla ante mí, de esta manera, me lleva años atrás. Cuando vivíamos todos bajo el mismo techo y mi única preocupación era no suspender ninguna materia en el instituto. De eso han pasado diez largos años y mucho, demasiado, ha cambiado. —Buenos días, cariño. ¿Cómo dormiste? Le doy un beso en la frente cuando llego ante ella y la veo tomar mi taza para prepararme mi café. Su olor a canela me envuelve y disfruto de la sensación de hogar que siempre rodea a mi madre. —La cama se encogió un poco —bromeo con ella y acepto el café que me ofrece con un resoplido. Aspiro con fuerza para que el aroma delicioso se impregne en mis sentidos y cierro los ojos para magnificar mucho más esta sensación. Cuando bebo el primer sorbo, aún hirviente, gimo sin poder contenerme. No hay nada como el café, y menos, como el café preparado por mi mamá. —Ya extrañaba usar tu taza. La voz de mi madre llega clara, pero se siente grave. Cuando la miro tiene un ceño fruncido marcando su frente. Sé que no es un reclamo, pero entiendo la indirecta. —Trataré de venir más, mamá. Lo digo ahora y mientras lo hago, pienso en todo lo que cambió en solo unas horas. Estoy aquí porque pretendía pasar la Navidad con mi prometida y mis padres, pero resulta que ahora también tengo una hija y a la mujer que amé y me destrozó el corazón a solo metros de distancia. Todavía no me acostumbro a la idea, no sé cómo debo reaccionar o qué hacer en primera instancia. Lo que creía terminó desmoronándose. Estos diez años han sido muy largos y aunque mi decepción por Zoe fue dura y dolorosa, hubo momentos en los que quise flaquear. Las circunstancias, sin embargo, me llevaron a reconsiderarlo todo varias veces. Ahora me doy cuenta que eso fue un error. La historia que conozco, la que viví y en la que confié, no es real. Tuvieron que pasar diez eternos años para que yo lo averiguara. Aprieto los dientes cuando recuerdo retazos de conversaciones, la mentira que ahora se desliza por mis venas y me hace querer arder. Mis intentos de saber más cuando el dolor se volvió insoportable, el mensaje que ella me dejó y la falsa sinceridad de quien me lo entregó. El peso en mi pecho se expande cuando realmente pienso en las consecuencias de todo esto. Por más que le doy vueltas a todo lo que sucedió, no acabo de entender nada, no importa que mis suposiciones sean muchas, son demasiado complejas de creer. —¿Sam? —La voz de mi madre me hace salir de mi estupor y la veo, me mira con los ojos tristes y preocupados. Le doy un sorbo a mi café cuando me doy cuenta que se me está enfriando. —¿Me vas a explicar por qué aparentemente tengo una nieta y no lleva nuestros apellidos? Un golpe directo a mi cara, el maldito café caliente sobre mi piel, hubiese sido menos doloroso que esa pregunta. Me estremezco y todavía no sé cuál emoción es la culpable de esa reacción. —¿Alguna vez sentiste que la abuela de Zoe me odiara? La pregunta sale de mis labios antes de poder detenerla. Los pelos de mi nuca se erizan cuando los ojos de mi madre se posan en los míos con desconcierto, primero, luego sus cejas se fruncen con un poco de confusión. —Tú y Zoe eran uno solo, nunca nos opusimos a eso. Mariella era un poco reservada, pero siempre nos entendimos bien. No creo que ella...tuviera algo... —entrecierra más sus ojos en mi dirección— contra ti. Un suspiro se me queda atascado en la garganta. No creo en eso ahora. —¿Por qué? Mi madre quiere saber. Abrí una puerta que ahora no puedo cerrar. No me dejará en paz porque esto es más grande que los secretos. Pero me cuesta decir en voz alta todo lo que está pasando por mi cabeza. No puede ser posible. Yo tengo que estar dando vueltas a toda la información que aún recuerdo de la manera incorrecta. De seguro hay algo que paso por alto. Sin embargo, dentro de mi pecho sé que no es así. —¿Sabías que Zoe estaba embarazada? Es un tanto desconcertante que mi madre asuma a Sammy como mi hija, sin siquiera tener la seguridad de que Zoe y yo fuimos más allá en nuestra relación. En eso que escondimos de todos porque ella me lo pidió. No puedo evitar sacudirme con la respuesta. Con la verdad. Bajo la cabeza y miro el líquido n***o en mi taza. Casi que puedo verme, o al menos sé que esa sombra soy yo. Asiento. Cuando encuentro la fuerza para aceptar ese hecho. Mi madre ahoga un jadeo. —La señora Miller me dijo que Zoe lo había perdido, cuando le pregunté por ella a mi regreso de Boston. Decir semejante aberración en voz alta se siente como una mentira. Es el primer motivo por el que no puedo darle forma a mis suposiciones. La expresión horrorizada de mi madre muestra cuán mal se oye realmente lo que acabo de decir. —Mariella no hubiera hecho eso —jadea con la confusión y la tristeza vagando por sus ojos. Yo termino mi café de un largo sorbo y dejo la taza sobre la barra con un poco más de fuerza de lo que debo. No sé la razón de que la señora Miller me dijera eso, pero es mi verdad. Y es evidente que fui un hijo de puta, idiota y egoísta, desconfiado y cabrón, pero ese día todo cambió dentro de mí. Recuerdo mis dudas y luego recuerdo mi determinación. No puedo regresar el tiempo atrás, pero si hubiera sabido la verdad, no me hubiera mantenido diez años lejos de Zoe. —Todo pasó mientras estaba en mi mes de adaptación antes de entrar a la universidad. —Trago en seco cuando recuerdo todo lo que pasó—. Zoe y yo estábamos juntos desde Navidad, pero decidimos no confirmar nada por un tiempo. La primera semana en Boston estuve tentado a dejarlo todo tirado, solo quería estar con ella. Desesperado, vine al pueblo una noche y vi algo que me...me confundió... Suelto el suspiro desgarrado cuando acepto esas últimas palabras. Todo este tiempo, esa imagen se había quedado en mi retina, ahora se difumina y no logro ver todo lo que antes estaba tan claro. Pero no quiero que sea delante de mi mamá que yo recuerde la manera en que vi a Zoe con otro. Carraspeo y sigo adelante, quizás si suelto todo esto que he llevado atorado en el pecho, sea capaz de respirar mejor. —Regresé sin decirle a nadie y una semana después, Zoe me llamó. —Sacudo la cabeza cuando esa llamada se reproduce en mis recuerdos. Me estremezco ahora al ver sus ojos color miel mirándome con esperanza—. Me pidió que habláramos y yo vine... —Eso lo recuerdo. Ustedes no se veían bien, pero pensé que sería un drama entre jóvenes —interviene mi madre y la bola de fuego en mi estómago crece y crece cada vez más. —Zoe me dijo que estaba embarazada. Yo pensé que ella me había engañado. —Hago el resumen de la historia que me deja como un cabrón. No puedo minimizar el mayor error que he cometido en mi vida—. Todo se acabó entre nosotros. Se rompió todo lo que habíamos sido por años... «Por mi culpa», termino para mí mismo. Ni siquiera puedo ver la expresión de mi madre. Sus jadeos indignados son suficiente muestra de su decepción. —No llegamos a ningún lugar en la discusión, yo me fui. A mi regreso ya Zoe no estaba y Mariella me dijo que había perdido al bebé. Me dijo más cosas, me entregó algo más, pero eso lo guardo para mí. Siento una rabia visceral amenazando mi cordura. Sé que todo es mi culpa, que el imbécil fui yo, pero me obligué a alejarme por una razón. Y ahora resulta que todo fue falso. —Sam... —La voz de mi madre es grave y baja. Levanto la cabeza y la miro. Sus ojos están brillantes, su boca tiene un rictus extraño. Está molesta y también triste. —Sammy es tu hija. Lo supe desde el primer momento en que la vi. Mi pecho se encoge y se expande, varias veces, antes de que yo sea capaz de exhalar lo que se acumula allí. —Yo también la reconocí —acepto, sin vergüenzas, sin tapujos. Mi madre me conoce y estoy abriéndome a ella como debí hacerlo hace diez años atrás—. A pesar de todos mis pensamientos, también lo sentí. El silencio se hace en la cocina. No sé qué decir, ni cómo hacerlo, porque siento que me han arrancado la voz y la posibilidad de comunicarme. Sigo pensando que todo esto es una locura. Que yo viviera engañado tanto tiempo es cuando menos, increíble. —Samira, qué nombre más hermoso, ¿verdad? El tono orgulloso y complacido de mamá no me pasa por alto. Voy con ella y acepto el abrazo que me ofrece. Cuando me envuelve con sus brazos cierro los ojos y suelto un suspiro. El ardor en mis ojos es suficiente muestra de lo mucho que esto me afecta. —Has sido una constante en la vida de tu hija sin saberlo, Sam...Sammy —se ahoga con el último apelativo. Zoe me decía Sammy cuando quería molestarme. Yo odiaba y amaba ese mote a partes iguales. —También lo sé —susurro y recuerdo lo que esa pequeña hermosa me contó. El dolor de Zoe estaba escrito en cada una de las palabras de esa historia. Ella siempre fue mi princesa y yo su príncipe salvador. Pero a pesar de haberme convertido en el villano, se mantuvo fiel a nuestra historia. Ella no falló, no lo hizo aún cuando nuestra hija necesita un padre y sigue esperando uno. No necesito preguntar para saber que Zoly sería incapaz de hablarle mal a Sammy de mí. ¿En qué momento de esta vida Zoe Miller me demostró lo contrario? Nunca. Pero aún así yo fui capaz de hacerle daño. No importa lo que siguió, lo que me hizo alejarme y los motivos que me llevaron a no buscarla más. No importa nada cuando era yo el que debía creer. Pero no lo hice.
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