Samuel Riley
Me alejo de mamá con la intención de llamar a Sandra. Con este tiempo es imposible regresar con ella, pero no puedo olvidarme que sigue en el hotel. Que este día esté siendo una locura total, no es culpa suya.
Regreso a la habitación para tener privacidad y en cuanto me responde, su voz esperanzada hace que me duela el pecho.
—¿Ya estás de camino? —El tono ronco me asegura que acaba de abrir los ojos, lo más seguro es que no se haya fijado en que las condiciones del tiempo no son nada favorables.
Suelto un suspiro al saber que esto la hará sentir mal.
—No, cariño. Está nevando y no puedo salir. Lo siento mucho, San.
El gemido que deja salir me hace cerrar los ojos. Me dejo caer en mi cama y tapo mi rostro con mi mano libre, a la espera de que ella diga algo.
—Esto no está saliendo como esperaba —susurra, con voz rota, como si estuviera conteniendo el llanto.
—Me levanté temprano, para mí también fue una sorpresa. —Pienso en que, en cuestión de sorpresas, hay más de una, pero no creo que sea el momento para mencionarlo.
—Se suponía que debía conocer a tus padres. Debí dejar los regalos para después. Quiero estar contigo allí y ahora, pareciera que voy a pasar la víspera de Navidad completamente sola...
La culpa se extiende. Desde anoche eso es todo lo que soy capaz de sentir.
—Puedo decirles a mis padres que estamos comprometidos. ¿O prefieres esperar?
Ella duda. Casi que puedo ver su expresión pensativa.
—Podemos mantener al menos la intención. Así no pareceré una estúpida por estar aquí en vez de contigo.
Me contengo de soltar un resoplido.
—No eres estúpida, San. No sabíamos que esto podía suceder —murmuro, siendo lo más comprensivo que puedo.
Pero escucho su resoplido del otro lado, antes de soltar esa sonrisita burlona que avisa de que tiene algo que aportar a ese tema.
—Yo te dije que... —insiste, ahora con su tono de abogada. Ese que pretende continuar una batalla que cree ganada.
—No podía mentirles a mis padres y ya sabían que estaba en la ciudad —la interrumpo, antes de que diga algo que me haga perder la paciencia. No se merece que yo llegue a ese nivel—. Pudiste venir conmigo, no era opción quedarme en el centro.
Me sale más duro de lo que pretendía, me arrepiento al instante. Pero Sandra es implacable cuando se encuentra acorralada en situaciones donde no tiene el control. Su forma de ser fue una de las cosas que me llamaron la atención en ella en primer lugar, pero puede ser un arma de doble filo.
—No tienes que ser cruel, Samuel...
—No lo estoy siendo y lo sabes —suspiro y me paso la mano por la cara—. Cuando decidiste que nos quedáramos en un hotel, para esperar lo que compraste, sabías bien cómo sería la historia. No podemos manipular el tiempo y tampoco somos adivinos. Las previsiones cambiaron demasiado pronto.
Escucho un suspiro de su lado. Es su manera de mostrar la derrota, pero que no lo aceptará en voz alta.
—Por favor, en cuanto puedas venir a buscarme, hazlo. Estaré pendiente del tiempo. Te amo.
Corta la línea antes de que pueda despedirme. Miro el teléfono en mi mano, a la pantalla donde ya no está su nombre. Ni siquiera pude decirle lo que estaba pasando. Puede que yo no entienda del todo qué sucede, pero la realidad es que tengo una hija de la que debo y voy a ocuparme. Y no me dio tiempo decirle nada de esto.
Dejo el teléfono sobre la cama y me siento, me quedo inclinado hacia adelante, apoyo mis codos en mis piernas y me tapo el rostro. Es demasiado temprano para sentir que el mundo se me viene encima, pero es justo eso lo que está pasando.
Me costó conciliar el sueño después de todos los descubrimientos de la noche anterior. Se suponía que a esta hora estaría con mi novia, porque a eso vine, pero ahora no me puedo mover de aquí, aunque eso no me molesta tanto como debería.
«¿Qué mierda me pasa?».
Pero la curiosidad, la incertidumbre, las dudas...me carcomen. No puedo dejar de pensar que estoy aquí por un motivo más importante que cualquier otro plan que haya hecho y aunque la culpa persiste, no puedo dejar de sentirme así. Tengo una hija. Mi hija. Con Zoe.
No puedo solo salir de aquí y darle la espalda a ese tema.
Las palabras de mi mamá se repiten en mi cabeza. Esa conversación que antes tuvimos y en la que yo dije parte de la verdad.
La participación de la abuela de Zoe en este malentendido no acabo de gestionarlo. Nunca me dio la impresión de que ella no me quisiera con su nieta; fuimos tan unidos, en parte, porque íbamos de una casa a otra como si fuéramos uno solo.
Suelto el aire que retienen mis pulmones con más fuerza de la que quiero. Mi resoplido se escucha en toda la habitación. Miro la mesa de noche y mi billetera ahí está. En ella guardo las pruebas de lo que he creído todo este tiempo. O, por lo menos, lo que considero el motivo de que me mantuviera alejado por diez largos años.
Me estiro y alcanzo la cartera de cuero. Mis manos tiemblan cuando la abro y busco en uno de los tantos bolsillos ocultos. Cuando mis dedos rozan el papel desgastado de la carta que me entregó Mariella, empiezo a recordar todo lo que pasó hace años. Como si una película se desarrollara detrás de mis párpados caídos.
La música retumba en la casa de Kellan. Todo el lado sur de Lowell está aquí. El clima fresco queda olvidado en cuanto atravieso las puertas y el calor de la gente bailando y saltando me golpea con fuerza.
Un tema de Snoop Dogg suena por los altavoces y el bajo de la música hace vibrar todo. Yo cierro mis manos en puños cuando pienso en el motivo por el que estoy aquí y en lo difícil que será encontrar a Zoe en esta fiesta, con toda la gente que hay.
Los vasos rojos están por todos lados. Esto parece una fiesta de casa de fraternidad, más que un tranquilo encuentro de jóvenes al borde de los dieciocho años en una casa de pueblo.
«La abuela de Zoe tiene que estar equivocada. Ella no debe estar aquí».
Zoe nunca ha sido de fiestas y definitivamente no estaría aquí sin mí. Durante años intenté arrastrarla conmigo, el que esté buscándola en casa de Kellan, sobre todas las personas, es casi impensable.
Me abro paso entre los cuerpos sudorosos y miro por encima de las cabezas en movimiento, buscando el cabello castaño con tonos dorados de mi novia. Ella no sabe que yo estaba de regreso hoy, le dije que esta noche no podíamos hablar porque estaba en un taller nocturno de la universidad, pero la verdad era que solo quería darle una sorpresa.
Una semana en Boston, lejos de Zoe, ha sido tortura. Sigo preguntándome cómo voy a resistir todo el tiempo que me queda, cuando apenas comienza el mes de adiestramiento.
Suspiro irritado cuando me detengo en el medio del salón. Miro arriba y la lámpara de techo, de cristales, se ve tan imponente en la oscuridad, que me roba la atención por varios minutos. Necesito calmarme antes de seguir mi búsqueda.
—¿Samuel? —La irritante voz de Felicity se escucha por encima de la música, a la misma vez que su mano me rodea el brazo.
Me giro a tiempo de ver su cabello rubio platino, perfectamente planchado, a mi lado. Pero en mi cambio de ángulo de visión, me parece ver un destello de cabello dorado y tostado en las escaleras. Pero desaparece tan pronto como vuelvo a fijarme.
—¿Qué estás haciendo aquí, Sam? —insiste la rubia a mi lado—. Pensé que estabas en Boston.
De su rostro se fue la sorpresa y ahora sus ojos brillan con algo reconozco. Necesidad, alegría, satisfacción.
Hace tiempo que dejé de verme con Felicity, pero sigo siendo capaz de leerla a la perfección. Y para no darle la impresión equivocada y librarme de problemas futuros con Zoe, le frunzo el ceño y me cruzo de brazos, después de quitar la mano que seguía tocándome.
—Vine a ver a Zoe —aseguro, y no me pasa por alto su sorpresa. Tampoco su molestia.
Sé que esto es algo así como ir en contra de todo lo que Zoe quiere, pero si me ayuda a quitarme de encima a una ex que le cuesta entender la palabra no, entonces que así sea.
—¿La has visto? —pregunto y ella mira por encima de mi hombro, antes de rodar sus ojos con fastidio y apoyar todo su peso en un solo pie.
—¿Vienes de Boston a cuidar a tu dulce princesa? ¿Será siempre así? ¿Ella haciendo que te arrastres por sus huesos todo el tiempo, aunque estés a kilómetros de distancia?
Cierro los ojos y aprieto los dientes. Me contengo de darle la maldita respuesta que lleva, porque a fin de cuentas es una mujer y debo respetarla.
—Lo que yo haga por Zoe, Felicity, no es tu problema. Pero ya que estás tan interesada —bajo mi mirada y doy un paso adelante, amenazante—, ella puede usarme de felpudo si le da su reverenda gana, tiene todo el poder para hacer de mí lo que quiera. Y, ¿qué crees? No me quejo ni lo haré jamás.
Ella abre mucho los ojos y tal parece que acabo de golpearla, por su expresión. Veo la furia antes de lanzar su veneno.
—Tú tan dedicado y ella tan puta. ¿Sabes que ha estado toda la noche con Kellan? —Sus ojos brillan cuando ve mi postura, la tensión en mis hombros con la mención de ese idiota—. No te merece y no lo ves. Siempre la has protegido de todo, pero nunca has visto su verdadera cara.
—Te recomiendo que te calles, no voy a permitir que hables mierda de mi novia y menos, que insinúes que la conoces mejor que yo.
En cuanto me escucha, toda su postura se vuelve de acero, la sorpresa, la incredulidad y la rabia se muestran en su rostro y en sus puños cerrados.
—¿Tu novia? ¿Te escuchas, Sam? —Suelta una carcajada nada divertida y saca su teléfono de su escote—. ¿Quieres ver lo que ha estado haciendo toda la noche tu novia?
—No me interesa... —comienzo a decir. Pero ella planta su celular en mi cara.
Una foto de Zoe bajo el brazo de Kellan ocupa la pantalla.
—Mira a tu santa princesa. En esto estaba antes de subir las escaleras. ¿Sabes lo que hay arriba? Habitaciones...
Veo rojo y solo porque me recuerdo que es Felicity no golpeo con todas mis fuerzas. Esto tiene que ser una treta. Una broma de mal gusto.
Yo conozco a Zoe. Ella no haría eso. Ni siquiera le gustan las fiestas.
«Pero está aquí», me recuerda una voz insidiosa de la que quiero deshacerme al instante.
—Compruébalo tú mismo. Sube y verás a tu adorada dejándose follar por Kellan.
Da media vuelta y me deja plantado donde mismo. Yo siento que en cualquier momento voy a explotar. La ira me reclama, se siente como llamas de fuego lamiendo mi piel.
Esto tiene que ser un malentendido.
«Pero antes vi su cabello. Era ella en las escaleras».
Doy media vuelta y voy al segundo piso. No puedo quedarme con una foto, tengo que ser mejor que eso. Ella no haría algo así; ella es mía, yo soy suyo.
Llegar al pie de las escaleras me cuesta, pero cuando lo logro, subo lo escalones corriendo y sintiendo que el corazón se me quiere salir del pecho. Me repito sin parar que ella no está aquí arriba con Kellan y si lo está, tiene que haber una explicación.
Yo conozco a Zoe. Sé de lo que es capaz.
El primer paso en la segunda planta se siente como si caminara sobre el lodo con los zapatos atacados por completo. Mis piernas duelen y mi pecho se aprieta, pero sigo adelante.
«Confío en ti, Zoly».
Abro la primera habitación de la izquierda, la puerta está sumida en las sombras. Un respiro de alivio me recorre cuando veo que no hay nadie. Pero me quedan dos más.
La del medio tiene un cartel amarillo en la puerta. Un símbolo de peligro. No necesito abrirla para saber que es del idiota de Kellan. Y cuando mi mano se coloca en el pomo, dudo.
La música sigue sonando, alto y fuerte. Aquí arriba se escucha mucho más eco, mucho más el bajo, mucho más se siente la vibración.
Ignoro el impulso de pegar la oreja a la madera. No tendría sentido y eso es de cobardes.
—Zoe no está aquí —me digo, a la vez que respiro profundo y abro la puerta.
Me recibe una espalda desnuda, con unos pantalones bajados a duras penas. Las caderas del idiota empujan y rebotan contra un trasero que no puedo ver. Pero su puño...
Su puño está rodeando un cabello largo y castaño, con destellos dorados que son visibles por las luces que entran por las ventanas e iluminan la habitación en penumbras.
Mi corazón se detiene. Luego se rompe.
«Zoe».
—Eso es, mi zorrita. Tómame completo y olvida al idiota que te dejó abandonada.
No puedo moverme. Tampoco puedo escuchar mucho más. La voz ronca de Kellan es lo único que se repite sin cesar en mi cabeza. Gemidos y jadeos llenan la habitación.
Mis ojos no se mueven del puño, del cabello dorado y tostado que vine a buscar, aunque esperaba no encontrarla.
Kellan mira por encima de su hombro y sus ojos se conectan con los míos. Una sonrisa diabólica, de reconocimiento, se forma en su boca sucia.
Yo retrocedo. No puedo hacer esto ahora.
Cierro la puerta lo más calmado que puedo. Actúo solo por pura fuerza de voluntad. Me tambaleo y me alejo, hasta la oscuridad del final del pasillo, donde las sombras pueden absorber mi dolor antes de enfrentarme al mundo. A ese mundo que hay debajo, que se ríe de mí y me hace sentir estúpido.
La foto de Felicity, el puño de Kellan, el cabello de Zoly.
«Mi Zoly, que ya no es solo mía».
Me recuesto a la pared más alejada de todo. Cierro mis ojos y respiro, cuento cada inhalación, intento controlarme. No voy a darles el gusto de entrar y exponerme, ya tengo suficiente con Kellan riéndose de mí.
Mi teléfono suena en mi bolsillo. Un mensaje de Brian me espera. Es el único que estaba al tanto de mi escapada no pensada. Y solo con él hablé de mi relación con Zoe.
»¿Cómo va todo? Supe que había fiesta en casa de Kellan, si te pasas por allí vigílame a Tiffany ;)
Aprieto el celular tan fuerte que lo escucho traquear. No estoy para velar novias de otros, cuando la mía anda haciendo de todo en esa misma fiesta.
Las lágrimas pican en mis ojos, pero me niego a llorar. Me niego a dejar salir toda la frustración, el dolor y las ganas de gritar que se acumulan en mi pecho.
Me siento como si estuviera en shock. A pesar de lo que vi, siento que no es real. Sigo diciéndome que no puede serlo. Porque Zoe no es así. Ella no me engañaría.
Un ruido llama mi atención. Levanto la cabeza en el mismo instante que la puerta se abre.
Zoe sale de la habitación. Se ve agitada, perdida. El cabello lo tiene revuelto y sus mejillas están rojas; se tapa la boca, ahogando un sollozo. Mira con ojos desorbitados a su alrededor, pero no ve nada. Ni siquiera se da cuenta que estoy a solo pasos de ella.
Luego sale corriendo.
Y con ella se va mi corazón.