Camila Durante toda la comida apenas probé bocado. No era falta de hambre; era la frase dando vueltas como una moneda que no se quiere quedar plana: quiero besarlo. Ni más ni menos. Gael hablaba de un cliente que le había cambiado el código a última hora, del ruido raro de la cafetera, del calor que se estaba metiendo en la casa; yo asentía y movía el tenedor en círculos, como si así pudiera distraer al cuerpo de lo que ya había decidido querer. —¿Está buena? —preguntó Gael, señalando mi plato. —Sí —dije, y tardé un segundo en acordarme de masticar—. Mucho. Se inclinó para llevarse su plato a la cocina. El jersey se le tensó en la espalda y yo aparté la vista como quien apaga un incendio con un vaso de agua. Aun así, el calor se quedó. Volvió con dos vasos y dejó uno a mi lado. —¿Pel

