Camila Eran casi las doce y ni Gael ni yo habíamos conseguido trabajar en serio: los dos fingíamos frente a las pantallas, pero en la casa latía un “después hablamos” que no dejaba espacio a nada más. —Pausa —dije, cerrando el portátil de un golpe suave. —Pausa —repitió Gael desde su mesa, como quien agradece que alguien diga lo obvio. Saqué dos vasos de agua, llevé la lista al salón y la dejé sobre la mesa baja, cara A arriba. “Besar por impulso” ya estaba tachado con ese trazo que tiembla lo justo. “Bañarse sin ropa” seguía limpio, como si no supiera que la noche de playa nos pertenece. —Hoy toca —dije, señalando otra línea—. “Decir lo que piensas sin filtro”. Gael apoyó los codos en las rodillas. No se hizo el distraído, asintió despacio. —Pon reglas —pidió. —Vale. Tres reglas:

