Camila Me desperté antes que Gael, un milagro doméstico. Me quedé en el marco de su puerta un segundo. Dormía de costado, el brazo fuera de la sábana, la respiración honda. Tenía el pelo de batalla y esa paz de quien no sabe que lo están mirando. Me hice una promesa pequeña y peligrosa: hoy iba a provocarlo, solo un poco. Elegí ropa con coartada: shorts de algodón, camiseta suelta, coleta alta con dos mechones rebeldes. Nada de maquillaje, apenas brillo en los labios. Quería verme casual y que lo casual hiciera su trabajo. En la cocina, batí huevos, corté pan, puse café. Cuando entró, aún con voz de mañana, me sostuvo la mirada medio segundo, lo justo para que yo notara que había notado. —¿Dormiste? —preguntó. —Más de lo que necesitaba —contesté. Me incliné para alcanzar las tazas de

