Gael La tarde tenía luz de viernes aunque fuera martes. Camila se estaba poniendo el pendiente pequeño frente al espejo, ese que usa cuando quiere ir “casual” y termina viéndose imparable. Yo me ajusté las mangas y la miré un momento más de lo necesario. —¿Muy arreglada? —preguntó sin apartar la vista del espejo. —Muy tú —dije, y se me escapó la sonrisa. Hoy íbamos a contarlo en voz alta: “somos novios”. A Mateo, que lo sospechaba desde antes que nosotros; y a Verónica, amiga de Camila del instituto, recién vuelta a la ciudad con la promesa de recuperar risa y rutina. No estaba nervioso; estaba feliz. Como cuando por fin pones nombre a algo que llevas años cuidando por dentro. La palabra “novia” se me movía en la lengua como una llave recién cortada: encajaba perfecta, pero quise proba

