Gael Desperté con la luz que entraba por la ventana. Camila dormía cruzada sobre mí, media cama ocupada por ese cuerpo pequeño que me cabe perfecto entre los brazos: mejilla en mi pecho, una mano tibia abrazándome la cintura, la pierna colgada sobre mi cadera como si le estuviera asegurándose de que no me iba a mover. Y no pensaba moverme. Me acordé de la noche anterior: “novio”, “novia”, el baile bajo la lluvia, el sofá convertido en límite y faro. Me acordé, sobre todo, del instante en que me pidió “más cerca” y yo obedecí hasta el borde de una frontera que llevo tiempo custodiando. Mi cuerpo tiene memoria; también tiene alarmas. Acaricié, besé, paré. Buen chico. Buen amigo. Buen… novio. Y sin embargo, ahí, con el alba, noté la otra verdad: estaba duro contra su muslo y no había argume

