Camila El aire llevaba horas prometiendo tormenta. No era una amenaza: era una invitación. La casa estaba tibia y eléctrica a la vez; cada vez que Gael pasaba cerca de mí, sentía chispazos mínimos. —Huele a lluvia —dijo, asomándose a la ventana. —Apuesta —respondí—: cae a cántaros… y salimos a mojarnos. —Hecho —sonrió, y ese “hecho” me calentó el estómago. Trabajamos lo justo para poder fingir que lo intentamos. Comimos ligero —ensalada fría, pan crujiente, melón— y después cada uno volvió a lo suyo, pero mi cabeza estaba fuera, escuchando el cielo. A las cinco, el primer trueno sonó como una risa grave. Me levanté con el impulso de un resorte. —Ahora —dije. —Vamos —respondió Gael, ya de pie. Bajamos con lo puesto: yo en short y camiseta; él, en vaqueros y una camiseta clara que me

