Camila Desperté tarde, con esa claridad que ya no te deja fingir que sigues dormida. Miré el techo, escuché el silencio, sentí el cansancio acomodado en los músculos… y el recuerdo del pasillo me cayó encima como un cubo de agua fría. Me levanté porque quedarme en la cama era peor. Me até el pelo en alto, me puse una camiseta larga cualquiera y fui a la cocina. Gael ya estaba ahí. Preparó dos cafés sin mirarme demasiado. Lo hacía todo en modo automático, como si las manos supieran el camino mejor que nosotros. —Buenos días —dijo, correcto. —Buenos días —respondí, igual de correcta. Tostadas con mantequilla. Dos platos. Nos movimos alrededor del otro sin tropezarnos, como si la coreografía hubiera sido ensayada. El silencio no era cómodo ni hostil; era una cuerda tensa que ninguno quer

