Capitulo 6 “Operación identidad falsa”

1365 Words
Camila Después de dejar la señal de tráfico en mi salón, pasamos el domingo entre series, comida basura y silencios cómplices. Gael dijo que no quería verla en su casa cada vez que entrara al salón, así que me la traje yo. No hablamos del vídeo. Él no mencionó nada, y yo, que normalmente soy la que mete el dedo en la llaga, decidí dejarlo estar. El lunes amaneció con esa energía rara de los días que no tienen nada especial pero podrían acabar siéndolo. Yo tenía un par de encargos atrasados, pero no los toqué. Gael apareció a las 9:10, como siempre, con café y panecillos, como si nada de lo que habíamos hecho el sábado fuera remotamente ilegal. —¿Preparada para el siguiente? —preguntó, dejando el café sobre la mesa sin esperar respuesta. —¿El siguiente qué? —me hice la tonta, solo por costumbre. —Reto. Lista. Adolescencia simbólicamente despedida, ¿recuerdas? —Ah, claro. Nuestra crisis de los veintitantos en versión divertida. Tomé un sorbo de café y cogí la hoja arrugada de la lista que habíamos dejado colgada con un imán en la nevera. Tenía algunas manchas de grasa y una esquina doblada, pero seguía cumpliendo su función de recordatorio constante de que habíamos decidido hacer locuras estructuradas. —“Fingir ser otra persona por un día” —leí en voz alta—. Este me gusta. Gael me miró como si acabara de anunciar que quería ser presidenta de un país tropical. —¿Eso te gusta? —Claro. ¿A ti no? —Depende. ¿Fingir qué exactamente? ¿Que somos astronautas? ¿Agentes secretos? ¿Hermanos de una secta? —Dios, no. Eso sería mucho trabajo. Algo simple. Realista. —¿Qué tal contables? —¿Y aburrir hasta a los camareros? Gael se apoyó en la encimera y cruzó los brazos. —¿Qué tienes en mente? —Una pareja. Enamorados, muy enamorados. Prometidos, incluso. De esos que se hablan con diminutivos y miradas de “todo lo que necesito está en ti”. —¿Quieres que nos hagamos pasar por eso? —Claro. ¿Por qué no? —Porque no somos eso —dijo, sin mirarme. Me encogí de hombros. —Justamente. Ese es el reto, ¿no? Fingir. Actuar, crear otra versión de nosotros. Él no dijo nada. Yo aproveché el silencio para ponerme creativa. —Vale. Escenario: entramos en una librería-cafetería. Pedimos dos cafés, uno con leche de avena, otro con demasiada azúcar. Nos sentamos juntos, muy cerca. Leemos un libro como si fuera lo más profundo que hemos compartido. Reímos. Jugamos a tocarnos las manos con sutileza. Y hablamos sobre nuestra boda. Gael parpadeó dos veces. —¿Nuestra qué? —Nuestra boda imaginaria. ¿Qué tipo de pastel queremos, a cuántos amigos invitaríamos, cómo vamos a sobrevivir a la tía Pilar que critica todo? —¿Tía Pilar? —Una mujer imaginaria con muchos prejuicios. Es indispensable para construir tensión dramática. Él soltó una risa, baja pero sincera. —¿Tú ya tienes todo el guion montado? —¿Acaso no me conoces? —Demasiado. Tomó su café, pensativo. No lo dijo, pero ya estaba dentro. Gael no necesitaba dar un “sí” explícito cuando empezaba a analizar la logística. Lo conocía. Y ya estaba pensando en qué librería sería la ideal, qué ropa deberíamos llevar, qué nivel de detalle necesitaba el plan para no colapsar en contradicciones. —Vale —cedió al fin—. Pero nada de nombres ridículos ni historias imposibles. Tiene que ser creíble. —Ya los estaba escribiendo —contesté, abriendo una libreta. —Camila. —Solo escúchalos, ¿vale? ¿Qué te parece que yo sea Julieta? Y tú… Mateo. Gael me miró como si estuviera decidiendo si reír o echarse por la ventana. —¿Mateo? —Un clásico. Funciona. Nadie sospecha de un Mateo. —¿Y Julieta? —Romántico, trágico, inevitable. —¿Sabes que eso no acabó bien, no? —Sí, pero nuestra versión tiene mejores decisiones y menos veneno. Apoyé la libreta sobre la mesa y empecé a escribir: Julieta y Mateo. Prometidos desde hace tres meses. Se conocieron en una clase de escritura creativa. Ella odiaba el final de “Cumbres borrascosas”. Él la defendió. Hubo gritos. Luego, una cita. El resto es historia. Gael se sentó a mi lado para leerlo. —Esto parece el resumen de una comedia romántica mediocre. —Gracias, era el objetivo. —¿Y si alguien nos pregunta más detalles? —Los improvisamos. Tú eres bueno improvisando bajo presión. —No, no lo soy. —Entonces esto será tu arco de personaje. Pasamos la siguiente hora creando nuestro historial amoroso ficticio. Era absurdo y completamente innecesario, pero nos reímos tanto que por un momento olvidamos que íbamos a tener que hacerlo de verdad. Nos enfrascamos en elegir la canción que sonaría en nuestra boda (él dijo algo clásico, yo propuse reguetón lento), el número de hijos que fingiríamos querer (cero, por decisión unánime), y el destino de luna de miel (él propuso Japón, yo dije un pueblo sin wifi). Cuando quise darme cuenta, la libreta estaba llena de notas y garabatos, de frases tachadas y nombres inventados. Y de pronto, ya no parecía solo un juego. Parecía algo que podríamos haber sido en otro universo. —¿Dónde lo hacemos? —pregunté, bajando la voz sin querer. —¿El qué? —El reto. ¿Dónde vamos a actuar? Gael se lo pensó. —Hay una librería nueva en el centro. Tiene cafetería, mesas pequeñas, mucha luz natural y poca gente entre semana. —Perfecto, vamos mañana. —¿Tan pronto? —Claro. Si lo pensamos demasiado, vamos a rajarnos. —Eso lo dirás por ti. —No, lo digo por ti. Yo ya estoy comprometida con Mateo. Gael sonrió, cansado pero divertido. —¿Tienes algo para grabar? —Tu móvil. —Ya, pero… ¿quién va a grabar? Nos quedamos en silencio. —¿Y si dejamos el móvil apoyado en una estantería? —propuse—. Que se vea de lejos. Sin rostros. Solo manos, gestos, voces. —¿Y si nos pillan? —Decimos que es para una práctica de interpretación, o un trabajo de clase. Gael suspiró. —Esto es una locura. —Sí. Y por eso me encanta. Él me miró un segundo más de lo habitual. No dijo nada. Yo tampoco. Solo marqué con un círculo el reto número dos en la lista. “Mañana somos otros”, pensé. Y esta vez, íbamos a fingirlo tan bien… que por un rato, quizá hasta se sintiera real. Gael se quedó un rato más conmigo repasando los detalles, aunque intentara fingir que todo era por obligación. Le gusta hacerse el escéptico, pero sé que en el fondo le divierte. Hay algo en ese equilibrio extraño entre mi caos y su control que le resulta cómodo. Cuando se fue, el salón quedó en silencio, salvo por el zumbido de la nevera y el eco residual de nuestras risas. Miré la señal apoyada contra la pared como si fuera una obra de arte moderna, absurda y completamente innecesaria. A su lado, la caja con la lista encima, que seguía abierta. Tomé el papel y pasé el dedo por la siguiente línea. Fingir ser otra persona por un día. Fruncí los labios. ¿Qué tipo de persona querría ser? ¿Y qué tan lejos estaba eso de lo que ya era? Volví a mi habitación y abrí el armario, como si en él estuviera escondida alguna respuesta. Saqué ropa que había olvidado: un vestido largo que siempre me pareció “demasiado”, una blusa que no me atrevía a usar, pendientes que no combinaban con nada pero me hacían sentir distinta. Los dejé sobre la silla. Uno al lado del otro. Como si fueran parte de un personaje que aún no existía del todo, pero que empezaba a tomar forma. No sabía aún qué iba a inventarme. Si sería alguien sofisticada, exagerada o simplemente alguien sin filtros. Pero sentí una chispa de emoción por la libertad de probar, de jugar.
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